'Tambien se proyecta entregar imagenes de la Virgen del Pilar a todas las oficinas de las Bancas oficiales'.
Etcetera.
Imprevisible ano 1941… ?Que ocurriria? Cada hombre sabia que la vida no era un lago, que era un mar. Que en cualquier momento podian servirle carne congelada o arrestarlo, como era el caso de Sir Oswald Mosley. Que se despertaban apetencias dormidas y que otras morian para siempre. Y asi Solita, la enfermera del doctor Chaos, advirtio que sentia por este una admiracion tal que empezo a alarmarse. Y Pablito, enamorado mas que nunca de Gracia Andujar, cada dia al salir del Instituto se iba a la Biblioteca Municipal a leer las historias de Pablo y Virginia, ?y de Romeo y Julieta! Y el bueno de Cacerola, el amigo de Ignacio, llevaba ya tres semanas de inspector en la Fiscalia de Tasas y todavia no habia levantado un solo atestado ni se habia sentido con animo para imponer ninguna sancion.
Tia Conchi fue, inesperadamente, el mejor testimonio de que, en un segundo cualquiera, las apetencias podian morir para siempre. Porque tia Conchi murio. ?Ah, si, Jaime hubiera podido subrayar tambien la noticia! Tia Conchi murio en un estupido accidente de tren, cerca del pueblo de Sils, en la linea Gerona-Barcelona; uno de los muchos accidentes que ocurrian a diario y que habian obligado al mando militar a hacer publico que cuidaria de investigar las causas, por si se trataba de sabotaje.
Tia Conchi habia salido de madrugada, por encargo del patron del Cocodrilo, en busca de aceite para venderlo al margen de la ley. Y he aqui que en una curva unos cuantos vagones se salieron de los rieles, dieron una vuelta y acabaron incendiandose. Tia Conchi fue llevada en una ambulancia al Hospital, pero fallecio en el camino.
Fue una noticia cortante como una navaja cabritera. Luto en la familia, que desfilo entera por el Hospital. Pero tia Conchi habia sido ya bajada al deposito de cadaveres y no todos sus allegados se atrevieron a penetrar alli para verla.
Paz y el pequeno Manuel se abrazaron llorando, incapaces de admitir del todo que el hecho fuese real. En el cuarto de tia Conchi todo estaba intacto, pobre y sucio, como esperando el regreso de la mujer: revueltas las ropas de la cama y un par de horquillas en la almohada, colocada de traves al borde del colchon.
Carmen Elgazu se tapo la cara con las manos, pensando que a su cunada no le habria dado tiempo a confesarse. Matias recibio una impresion fortisima. Era quien mejor se llevaba con la que fue mujer de su hermano. Sabia tratarla e incluso arrancar de ella alguna sonrisa. Precisamente por Reyes la habia obsequiado, sin decirselo a nadie, con un modesto reloj de pulsera.
El problema era el siguiente: ?donde enterrarla? Descartose la fosa comun, pero no habia nichos disponibles en el cementerio. El Municipio ampliaba constantemente los pabellones, pero las muertes se daban prisa en invierno y todo estaba siempre abarrotado, como en la Gran Feria.
No cabia sino una solucion: el nicho de Cesar. La idea broto… y parecio un escopetazo. En el piso de la Rambla corrio como un escalofrio. ?Cesar! ?No habria algo sacrilego en aquel emparejamiento, en aquella promiscuidad?
Pero ?quien se atrevia a decir en voz alta una cosa asi? Matias planteo el asunto con tal autoridad, que ni siquiera Pilar se atrevio a oponer ningun reparo.
Celebrose el entierro. Las mujeres se quedaron en casa sentadas en semicirculo, sin apenas hablarse. Los hombres acompanaron la carroza funebre. El pequeno Manuel presidio el cortejo, con un traje que en cuestion de horas fue tenido de negro. Matias, Ignacio y Eloy se compraron corbata negra y se colocaron un brazal. En la comitiva formaban tambien Mateo, Pachin, el dueno de la Perfumeria Diana, el patron del Cocodrilo, los amigos de Matias y todos los componentes de la Gerona Jazz, los companeros de Paz.
El momento en que se descubrio el nicho en que descansaban los restos de Cesar fue particularmente dramatico. Otra vez los albaniles en accion… La lapida cedio por fin. Manuel miro con ojos desorbitados el feretro de su primo. Matias e Ignacio se mordieron los labios hasta casi hacerlos sangrar. El ataud de tia Conchi quedo depositado encima del de Cesar y el nicho fue cerrado de nuevo. Hacia frio en el cementerio. Todas las coronas en torno se habian marchitado y los cipreses se elevaban como siempre, destacando sin fuerza contra el cielo grisaceo. Mosen Alberto rezo: 'Padre nuestro, que estas en los cielos…' Y todo el mundo contesto a coro, con voz muy queda. Los albaniles se habian retirado empujando la carretilla.
La ceremonia concluyo. ?Con que rapidez sucedian las cosas eternas…! Alla quedaban, unidos para siempre, Cesar y tia Conchi. Si, el maridaje era extrano, insolito. La vida -y la muerte- realizaban carambolas de fantasia.
En dos coches volvieron los hombres a la ciudad. En la calle de la Barca, los que no pertenecian a la familia se dispersaron. Los demas se reunieron en el humedo piso de Paz. Pachin subio tambien… por vez primera. Faltaban sillas, de modo que el futbolista se situo al lado de la chica y le puso la mano en el hombro, como protegiendola. De pronto, un tanto cohibido, se despidio de todo el mundo y se fue.
Nadie sabia que decir. La expresion de Paz, vestida tambien de negro, era indefinible. Una mezcla furiosa de rabia y de dolor. De vez en cuando decia: 'Esto es absurdo… La vida es absurda…' Carmen Elgazu no se atrevia a proponer que se rezara en voz alta el rosario.
Pilar, viendo a su prima enlutada y sin pintar, sintio pena por ella. La vio… huerfana, sobre todo a partir del momento en que Pachin se despidio. Su sangre tuvo una noble reaccion y se ofrecio para prepararle a Paz una taza de cafe. Paz miro sorprendida a Pilar y le dijo: 'Si, gracias, me sentara bien…'
Matias e Ignacio hubieran querido consolar a Manuel; pero de ello se encargaba Eloy, sentado a su lado, quieto, con las manos sobre las rodillas. Por otro lado, Manuel parecia como hipnotizado. Sin duda reflexionaba profundamente. El traje, tenido de prisa, se le habia empequenecido y le daba un aspecto que en otras circunstancias hubiera sido risible.
De repente se oyo como un gemido, proveniente del cuarto que habia ocupado tia Conchi. Alli estaba el gato. Gol, acurrucado. Ignacio fue por el y se lo entrego a Paz, que tomo en sus manos al pequeno animal y lo sento en su falda, acariciandolo.
Se hizo de nuevo el silencio. Y todo el mundo miraba a Gol, como si fuera el verdadero protagonista de la tragedia.
CAPITULO XLVII
Los temores de Ana Maria y de Ignacio se revelaron bien fundados: el padre de la muchacha se opuso a las relaciones de esta con Ignacio. Don Rosendo Sarro, fundador de Sarro y Compania, ex cautivo, hombre 'de grandes apetencias' y 'que hacia continuos viajes a Madrid', aspiraba a que su hija se casara con un hombre adinerado, a ser posible de Barcelona y de su misma condicion social.
Hacia ya algun tiempo que don Rosendo Sarro husmeaba que Ana Maria tenia 'su' secreto; pero no habia prestado al asunto la atencion debida. Finalmente, la muchacha, a raiz de la carta de Ignacio, le confeso a su madre sus amores 'con un muchacho residente en Gerona, pasante de abogado e hijo de un funcionario de Telegrafos'. 'Por favor, mama, ayudame… No se trata de un capricho; mi decision es firme'.
A los dos dias el padre oyo la noticia de labios de la mujer. Don Rosendo Sarro reacciono de acuerdo con su idiosincrasia, que le aconsejaba no tomar ninguna resolucion sin antes tener en la mano todos los datos pertinentes. En este caso nada iba a resultarle mas facil, puesto que su amigo y colaborador Gaspar Ley estaba en Gerona. Le pidio a este un informe completo sobre Ignacio; y el informe de Gaspar Ley fue ecuanime… y determinante. 'Conozco personalmente a Ignacio. Muchacho inteligente, sano. Algo inestable y confuso… Pero brillante y bien dotado para su profesion. Bien relacionado. Ambicioso. Puede asegurarsele un porvenir holgado, pero, por supuesto, siempre dentro de los limites de la clase media'.
Aquello le basto a don Rosendo Sarro. Su sentencia fue: no.
Un no tan rotundo como la voz de mosen Obiols, catedratico del Seminario.
Llamo a Ana Maria. A lo primero intento disuadirla por las buenas; pero ante la insistencia de su hija, don Rosendo Sarro, que no estaba acostumbrado a perder, se decidio a cortar por lo sano.
– Esta bien. Te prohibo que prolongues este asunto un dia mas. Escribe a ese muchacho despidiendolo y se acabo. Dale cualquier excusa. Dile que te vas a vivir al Japon o algo asi…
Ana Maria le contesto, con serenidad casi majestuosa:
