Jose, de Madrid. Con la diferencia de que Jose era un terremoto -con preservativos en la maleta- y Moncho un campo fertil, que daria sus frutos.

Al dia siguiente Ignacio enseno Gerona a Moncho con el mismo entusiasmo con que se la habia ensenado a Ana Maria. 'Ese barrio antiguo no lo teneis en Lerida… ?Que le vamos a hacer! Tampoco teneis ese Montilivi, ni esas casas colgando sobre el rio. ?Bueno! La verdad es que en Lerida no teneis nada… Que me perdone el senor obispo, pero aquello es ya un poco Aragon…'

– Eres un tramposo, Ignacio -replico Moncho-. Me ensenas la cara buena de la medalla. ?Por que no nos damos una vuelta por la Gerona moderna? Nunca vi nada mas horrible.

Ignacio se rio.

– No te lo niego.

Subieron hacia la ermita del Calvario, cuyo paisaje, por los olivos, los penascales y el recuerdo de los Viacrucis alli celebrados -Carmen Elgazu cantando: '?Perdonanos, Senor!'-, continuaba pareciendose al de Palestina. Sentaronse en la cumbre, dando vista al valle. Y alli se pusieron a revisar sus propias vidas.

Ignacio le detallo a su amigo lo que ya le comunicara por carta: su ruptura con Marta y su noviazgo con Ana Maria. Tambien le describio a Manolo, su jefe y amigo. 'Aprendo mucho a su lado. Creo que dentro de un par de anos podre abrir bufete por mi cuenta. ?Y agarrate!; en diciembre he de defender yo solito, en la Audiencia, mi primer pleito… Precisamente contra los dos estraperlistas mas conspicuos de la ciudad…'

Moncho lo felicito. Entendia que Ignacio tenia todas las cualidades necesarias para triunfar en la abogacia. 'Tienes buena presencia, buena voz, facilidad de palabra… e integridad. ?Ideas un tanto confusas! Contra eso habras de luchar'.

Ignacio y Moncho estaban tan solos alla arriba, cerca del monticulo llamado de las dos Oes, que a no ser por la indumentaria les hubiera parecido que montaban guardia, como antano, en el frente de Brazato y Bachimana.

– ?Y tu, Moncho, que haces? Anda, cuentame… ?Continuas renido con tu padre… porque denuncio a mas de cien personas? Moncho hizo una mueca de desagrado.

– Si, continuamos renidos… -Luego anadio-: No consigo olvidar aquello.

Ignacio se rasco con la una una ceja.

– Te comprendo… -dijo-. De todos modos, fuimos unos ingenuos pensando que eso no iba a suceder, ?no crees?

– ?Oh, por supuesto!

– Recuerdo que tu mismo, cuando te preguntaban por que luchabas con los nacionales, contestabas: porque los militares garantizan el orden publico…

Moncho movio la cabeza.

– Si, es verdad. Entonces no me daba cuenta de que mantener el orden publico costase tan caro…

Ignacio lo miro con fijeza.

– Hablas como si te arrepintieras de algo…

– ?Arrepentirme? No es la palabra exacta, pero en fin… -Moncho modifico su semblante. Miro a su alrededor. Todo aquello era hermoso-. ?Que te pareceria si abandonaramos el tema?

– Me pareceria muy bien -acepto Ignacio.

Hablaron de la profesion de Moncho. Ahi este se movio a sus anchas, mientras arrancaba una brizna de hierba y se la llevaba a los labios. El era analista. Al terminar la carrera dudo entre la cirugia, la anestesia, que era lo suyo -'?recuerdas el Hospital Pasteur, con tanto toxicomano?'-, y el analisis. Por fin descubrio que lo que de verdad lo apasionaba era esto ultimo, el analisis. 'Mi idea es esa: estudiar bichitos en el microscopio. Ahi dentro se esconde la verdad. Hay personas que por la calle parecen atletas; analizas su orina y su sangre y dices: dentro de seis meses, la muerte. ?Te das cuenta? Los analistas somos la policia secreta de los demas…'

A Ignacio no le sorprendio en absoluto la especialidad elegida por su amigo. Moncho era un observador implacable. Lo felicito a su vez porque entendio que habia acertado con lo idoneo para el.

– Dime una cosa -prosiguio Ignacio-: ?Bisturi… te ha ayudado mucho?

Moncho solto una carcajada.

– ?Huy, Bisturi…! Se ha dedicado a comer bombones y ahora parece un tonel.

Ignacio se rio tambien.

– Entonces… ?a quien le dedicas ahora poesias de Becquer?

Moncho hizo un mohin expresivo. Titubeo un momento. Por fin contesto:

– A lo mejor te escandalizas; pero vivo con una chica alemana…, con la que me entiendo muy bien.

Ignacio se quedo atonito. Aparte las razones de orden moral, recordo que Moncho, durante la guerra, sentia verdadera alergia por todo lo aleman.

Moncho se anticipo a sus objeciones.

– No vayas a creer que es una chica nazi… ?Oh, no! En realidad es todo lo contrario. Huyo de Alemania. La conoci en Barcelona, en el Hospital.

Ignacio se pregunto si, en Figueras, en el Servicio de Fronteras, no habria visto el la ficha de la muchacha. Y le paso por las mientes si no seria judia.

Moncho parecio adivinar su pensamiento., -No hagas demasiadas cabalas, ?sabes? De hecho es todo muy sencillo: es una criatura que detesta las guerras, como yo.

Ignacio hubiera deseado conocer mas detalles, pero no le parecio el momento oportuno.

– ?Bien! -exclamo-. Es lo ultimo que hubiera podido imaginar…

Moncho sonrio.

– El dia que la conozcas -concluyo-, comprenderas perfectamente por que le recito poesias de Becquer.

Continuaron charlando, haciendo caso omiso del frio del crepusculo que empezaba a penetrarles en los huesos.

Ignacio le dijo a su amigo que estaba leyendo a Freud. Moncho hizo un signo aprobatorio.

– Ahi tienes -apunto- a un analista de primer orden. Aunque a veces se pasa de la raya.

– ?Tu crees?

– Claro…

Ignacio ladeo la cabeza.

– Pues a mi casi todo lo que dice me parece verdadero. Somos impenetrables. Cuando pienso profundamente en mi me doy cuenta de que los demas no tienen idea de como soy por dentro…

Moncho ironizo:

– Tanto mejor para ti…

El frio era ya tan intenso que los echo de la cumbre. Bajaron por las murallas, por detras de la Catedral, asomandose un momento al mirador desde el cual se dominaba el meandro del rio Ter.

Moncho comento:

– ?Ves? Me hubiera quedado a gusto alla arriba, con una tienda de campana y un saco de dormir.

Ignacio caminaba por las callejuelas empedradas, con las manos en los bolsillos y fumando.

– Moncho, ?puedo hacerte una pregunta?

– Naturalmente…

– ?Que les pedirias a los Reyes Magos, si estuviera en tu mano elegir?

Ignacio supuso que Moncho se tomaria algun tiempo para contestar. Y no fue asi.

Con gran rapidez dijo:

– Conservar todas las facultades hasta los setenta anos, y luego morir de repente.

Ignacio se paro un momento.

– No estoy seguro de haber oido bien.

Moncho se detuvo a su vez.

– ?Por que? ?Tan raro es lo que he dicho?

Ignacio tiro el pitillo y lo aplasto con el pie.

– No, claro…

Regresaron a casa. La cena en el piso de la Rambla fue tan cordial como la de la vispera. Al terminar, Matias escucho la BBC, de Londres, y luego Carmen Elgazu, fiel a si misma, propuso rezar el rosario.

Moncho se paso la mano por la rubia cabellera.

– ?No faltaria mas!

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