Matias, como de costumbre, se paseo todo el rato a lo largo del pasillo -ahora, por culpa del reuma, daba la vuelta con menos rapidez- y al contestar rutinariamente la letania, se comia el ora, diciendo solo pro nobis.

Ignacio habia trazado un plan para el dia siguiente. Queria que Moncho conociera a sus antiguos amigos el profesor Civil y mosen Alberto, de quienes tanto le habia hablado, y por supuesto, a Manolo y Esther. Tambien queria que conociera a Pilar y a don Emilio Santos.

Moncho, con toda franqueza, le indico que lo unico que le ilusionaba era conocer a Pilar.

– Por favor, no me hagas subir tantas escaleras… ?Si quieres cogemos la mochila y nos vamos a Rocacorba! Pero eso de las visitas no se me da bien.

Ignacio se sorprendio. Se desayunaban y la luz entraba suave por los cristales del balcon que daba al rio.

– Pero… ?es que te has vuelto insociable?

Moncho protesto:

– ?Nada de eso!

La expresion de Ignacio lo obligo a explicarse un poco mas. Habia ido a Gerona a hablar con el, con Ignacio, y a conocer la ciudad. 'Con eso y con saludar a tu familia me basta'. No le gustaba vivir de prisa, atiborrandose de imagenes. '?Es que ya no te acuerdas? Prefiero saborear las cosas'.

Ignacio asintio. Pero le dolia no poder exhibir a su amigo, sobre todo en lo respectivo a Manolo y Esther. Insistio, pero fue en vano.

– Entonces, ?que es lo que te apetece?

– Nada. Dar otra vuelta por ahi. Por la Dehesa, por ejemplo.

– Esta bien. Luego almorzaremos en casa de Pilar.

Salieron rumbo a la Dehesa. Moncho cogio su maquina fotografica y aprovechando que la manana era soleada disparo varias veces. Primero, los soportales de la Rambla; luego, el Onar, desde el puente de San Agustin; ?luego, el edificio de Telegrafos! Ignacio le miro con simpatia… Y le resultaba gracioso que Moncho disparase con la mano izquierda.

La Dehesa, desnuda por obra y gracia del otono, ofrecia un aspecto impresionante. Moncho comento:

– No es moco de pavo, la verdad…

Anduvieron sin descanso, charlando. ?Ah, si, Moncho habia evolucionado en aquellos anos! Habia llegado a determinadas conclusiones. Las dudas permanentes de Ignacio le parecian inutiles y fatigosas. Era preciso creer en algo. Y para ello un sistema eficaz era proceder por eliminacion. '?Andar diciendo 'tanto gusto' y 'he pasado una velada deliciosa'? Ni hablar… ?Escuchar palabras altisonantes como 'heroismo', 'misticismo', 'futuro mejor'? Manotazo limpio…' 'Hay que elegir, Ignacio. Pero elegir cosas humildes, que esten a nuestro alcance: el trabajo, los amigos, la marca de tabaco… Con eso es suficiente'.

Ignacio objeto:

– Entonces ?hay que renunciar a la ambicion?

– ?Ambicion? Yo soy mas ambicioso que tu: ambiciono vivir a la medida de mis fuerzas.

Lo bueno de Moncho era que predicaba con el ejemplo. Alli mismo lo demostro. El muchacho era capaz de pasarse cinco minutos contemplando el tronco de un arbol. Si, Moncho era un enamorado de lo inmovil, aunque tambien, e Ignacio lo sabia, le gustaba ver correr el agua clara de los arroyos. 'Fijate en un detalle: eso de no tocar, peligro de muerte, lo ponen en los postes electricos, nunca en los arboles. ?Tambien los insectos se tragan unos a otros! Pero luego no sueltan discursos. Hay cierta diferencia, ?no te parece?'.

Otra alusion a la guerra. Ignacio comprendio. A Moncho la contienda civil lo habia marcado profundamente. Y ahora, con la chica alemana fugitiva de su pais… El chico admitio que aquello era cierto. Las personas seguian siendo lo que fueron siempre: mitad angeles, mitad diablos. Rubias como el, morenas como Ignacio. Pero el mundo, el mundo colectivo y amorfo, se habia vuelto loco. No habia mas que leer el periodico cada manana. ?Bombardeos, tanques, bajas enemigas! ?Enemigas de quien? Un perpetuo combate de leucocitos. Nada tendria arreglo si la sociedad volvia la espada a la naturaleza. Lo peor de las guerras era eso, que impedian amar los pequenos detalles y la naturaleza. Realizaban un lavado de cerebro en esa direccion. Conducian hacia las maquinas y hacia el apelotonamiento en las grandes urbes. Las guerras eran la promiscuidad. Mataban lo intimo y ello era muy grave.

Ignacio, que escuchaba atento, estaba impresionado. Sin embargo, veia en Moncho un peligro: que desembocara en la inhibicion.

– De todos modos, debemos contribuir a mejorar las cosas, ?no? Mandar el projimo al cuerno -negarse a decir: 'tanto gusto'-, resulta un poco egoista. Proceder por eliminacion puede conducir a esa serenidad de que tu gozas, pero al mismo tiempo a la vanidad personal. Tampoco me gustaria volverles la espalda a los demas…

– Yo no he dicho eso, Ignacio. He hablado precisamente de prestar atencion. Mas importante que hacer, es sentir. ?Comprendes adonde voy?

– Creo que si… Lo unico, que en el fondo la actitud es pesimista. Eso de que el dolor purifica ?te suena tambien altisonante?

– No, es otra gran verdad. Pero lo que no purifica en modo alguno es el odio.

– ?Y crees que todos los que hicimos la guerra odiamos por definicion?

– Si, sin darnos cuenta. Y tambien odiaran todos los que la hacen ahora.

– ?Pues mira por donde -afirmo Ignacio- a mi me parece que soy mejor que antes!

Moncho, en aquel momento, enfocaba con su maquina un alto cipres. No sabia si fotografiar su base o la punta afilada hacia el cielo, muy parecida al campanario de San Felix.

– No digas tonterias. Antes de la guerra eras ya un ser puro. Tu estas inmunizado. Te lo dice un medico… Y ahora, despues de haber conocido a tus padres, comprendo el porque.

Eso ultimo emociono a Ignacio. Por un instante se sintio efectivamente un santo. Amaba a aquel cipres, al mundo colectivo, amorfo y loco, a sus padres, a Moncho… ?Lo amaba todo!

– Gracias por el piropo, Moncho.

– No hay de que.

Por fin se sentaron. Y guardaron un largo silencio. La memoria los llevo de nuevo a recordar las horas que habian pasado juntos en la alta montana, al lado de una hoguera y bajo el firmamento estrellado. Les llegaba tenue el rumor del Ter que bajaba acariciando, puliendo, afinando los guijarros.

Ignacio rompio la pausa.

– Pensando en todo lo que has dicho, me pregunto si querras tener hijos…

Tambien en esta ocasion Ignacio supuso que Moncho se tomaria un tiempo para contestar. Y tampoco acerto. Moncho dijo:

– Rotundamente, no.

Ignacio hizo una mueca.

– Ahi esta. Me lo temia… Y va a ser una lastima.

– Gracias por el piropo, Ignacio.

Llego la hora de ir a casa de Pilar. ?Paradojica situacion! Pilar, ajena a las opiniones de Moncho, estaba a punto de dar a luz. El doctor Morell calculaba que faltaba un par de semanas para el gran acontecimiento. La hermana de Ignacio preparo en honor del huesped un almuerzo de postin. Moncho procuro en el dialogo tratar temas frivolos, pero resultaba dificil. Amanecer, dando razon cumplida a sus argumentos, habia publicado aquel dia la noticia del primer divisionario muerto: el camarada Luis Alcocer Moreno, teniente de aviacion, hijo del alcalde de Madrid. Pilar aludio al hecho, aunque consiguio hacerlo sin llorar. Moncho se abstuvo de aplicar sus teorias. Se dedico a cantar las excelencias del crio que iba a nacer. '?Estoy seguro -profetizo- de que se parecera a Cesar!'.

La alusion fue del agrado de Pilar, que a medida que iba observando y oyendo a Moncho pensaba: '?Marta seria feliz con ese hombre! Si pudiera concertar una entrevista…' Don Emilio Santos quedo tambien prendado de Moncho, entre otras razones porque este se intereso mucho por el, por su enfermedad ya superada y por su estancia en la carcel. Don Emilio Santos acabo contandole lo que siempre contaba desde que 'La Voz de Alerta' le informo: que las cruces que el habia grabado en la pared con la una del pulgar, los detenidos de turno la habian convertido en hoces y martillos. Moncho exclamo: '?Oh, claro! Es la ley'.

El almuerzo se prolongo. Moncho se puso en el cafe tal cantidad de azucar que Pilar se llevo las manos a la cabeza. El muchacho dijo: 'No te preocupes… Dulce veneno, ?no te parece?'.

Pilar asintio. Y luego, inesperadamente, anadio:

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