desposara al conde de Trapani, su hermano (y tio de Isabel II). Pero Narvaez le puso el veto, lo que condujo a la dimision del presidente en febrero de 1846, aunque siguio controlando el ejercito y regreso a la presidencia un mes mas tarde, para volver a dejarla en abril. Por otra parte, los carlistas pretendian que la reina se casara con Carlos Luis, conde de Montemolin, e hijo de Carlos Maria Isidro, que habia abdicado en el de sus derechos dinasticos. Pero Montemolin no aceptaba ser solo rey consorte, con lo que al final la reina se caso en octubre de 1846 con otro primo, Francisco de Asis, hombre de voz atiplada y buen caracter, pero escasa energia, a quien se acabaria conociendo con el hiriente apodo de Paquita. La segunda guerra carlista estaba servida.

Los elementos carlistas no habian dejado de infiltrarse en las regiones fronterizas, y por las tierras del Pais Vasco, Navarra, Cataluna y el Maestrazgo circulaban agitadores y partidas que pronto toparon con la Guardia

Civil. En Cataluna esta se empleo con prudencia (por su escasez de efectivos)

contra los trabucaires, que en seguida se percataron de que hacian frente a un ene

migo mucho mas organizado, motivado y capaz que el ejercito. Esa experiencia

sirvio a los guardias para tomar conocimiento del terreno, lo que les seria extremadamente util para enfrentar la revuelta de los matiners, termino con el

que se conoceria la segunda guerra carlista y que procede de la premura con que se alzaron y de la necesidad que tenian estas partidas guerrilleras de levantar los campamentos de madrugada para no ser sorprendidos.

La revuelta fue instigada por Montemolin desde Londres, donde estaba refugiado tras haberse fugado de su confinamiento en Francia. Las primeras acciones, a comienzos de 1847, encabezadas por los jefes guerrilleros Tristany y Ros de Eroles, tuvieron como objetivo preferente a los destacamentos de la Guardia Civil, que se defendieron con denuedo. Tomaron el relevo jefes como los autonombrados coroneles Boquica Gonfaus, contra los que lucharon los generales Pavia y Gutierrez de la Concha. Este, como habia hecho en Galicia frente a los rebeldes progresistas, recurrio a los disciplinados guardias, que entraron con frecuencia en refriega con los montemolinistas y fueron, de nuevo, profusamente condecorados. El gobierno trato de combinar la dureza con las ofertas de indulto, pero los recalcitrantes matiners no solo no cedian, sino que se permitian provocaciones como la entrada en abril en la ciudad de Barcelona, en lo que hoy es el barrio de Sants, donde sembraron el panico. En julio, Ramon Cabrera, designado por los rebeldes como capitan general de Cataluna, Aragon y el Maestrazgo, cruzo la frontera de Francia. Traia con el unos mil montemolinistas, que pronto aumentaron hasta diez mil, con la recluta que iba haciendo a su paso por los pueblos. Formo cuatro pequenas divisiones y diecisiete partidas que denomino batallones. Al frente puso a los jefes guerrilleros que habian brillado en las escaramuzas previas.

En el mando de las tropas gubernamentales se sucedieron los generales Pavia y Fernandez de Cordoba, con resultados bastante poco alentadores, que culminaron en el descalabro de noviembre en Avino. Ello condujo al nombramiento, de nuevo, del general Gutierrez de la Concha, que empezo a invertir el curso de la campana, hasta que, en abril de 1849, Montemolin, que pretendia pasar a Espana para alentar la revuelta, fue detenido por unos aduaneros franceses. Su captura provoco el desanimo de sus partidarios. En el Maestrazgo, las partidas de Gamundi y Rocafurt sucumbieron ante el destacamento especial que la Guardia Civil envio a Caspe, donde el sargento del cuerpo Jose Buil se distinguio en la defensa del castillo, asaltado por los montemolinistas aprovechando que el grueso de las tropas se hallaban en mision de reconocimiento. En Cataluna, Cabrera logro eludir el acoso gubernamental, pero el 18 de mayo de 1849 se vio obligado a cruzar nuevamente en retirada la frontera. Los hombres del duque de Ahumada, el mismo que ya lo pusiera en fuga una decada atras, tuvieron no poca intervencion en su derrota. Y no solo en el teatro de operaciones donde actuaba el llamado Tigre de Tortosa, sino en los demas lugares donde logro prender la rebelion montemolinista. En Burgos mantuvieron a raya al coronel Arnaiz, mas conocido como Villasur que en Hontomin trato en vano de reducir a los pocos guardias que defendian la casa-cuartel a las ordenes del cabo Juan Manuel Rey. Incluso llego a fusilar ante sus ojos al guardia Calixto Garcia, puesto de rodillas para la ejecucion. En Leon, el capitan Villanueva acabo con la partida de Munoz Costales, despues de que este se apoderase de dos cuarteles. En Toledo los benemeritos neutralizaron al comandante Montilla y al brigadier Bermudez. Y en Navarra y Pais Vasco, los hombres del cuerpo desmantelaron la partida de Andres Llorente en Estella y apresaron en Zaldivia al jefe de la rebelion en ese territorio, el general Alzaa, gentilhombre de Montemolin, que fue expeditivamente fusilado.

La efectividad de la Benemerita para librar al gobierno de todos sus adversarios politicos quedaba pues acreditada, hasta extremos que llegaron a preocupar al propio Ahumada. La significacion de los guardias en la lucha contra progresistas y carlistas los hizo tan queridos a los ojos de los afines al gobierno como objeto de aversion por buena parte de la poblacion, lo que iba en perjuicio no solo de su mision esencial, el mantenimiento del orden publico, sino de su necesaria aceptacion por parte de la ciudadania. El duque asi lo advirtio al Gobierno, que desoyo sus protestas, lo que movio al fundador a pedir el relevo de su cargo, aunque su peticion no fue atendida.

Otro frente, mas neutral desde el punto de vista politico, pero no menos exigente para los hombres del cuerpo, fue la represion del contrabando. Esta tarea, encomendada fundamentalmente al cuerpo de Carabineros, en tanto que responsable principal del resguardo fiscal de las fronteras, tambien la asumio la Guardia Civil, con arreglo al criterio expuesto por el duque en el capitulo XI de la cartilla: al ser una infraccion de la ley, los guardias estaban obligados a perseguir todo contrabando del que tuvieran noticia, sin perjuicio de la competencia del cuerpo fronterizo. Y no se trataba de un empeno de segundo orden. Los contrabandistas de la epoca estaban bien organizados y eran en extremo violentos. Desde Gibraltar pasaban tabaco y tejidos, por la frontera pirenaica atravesaban el ganado y las armas, y en el interior del pais se traficaba con moneda falsa y polvora. A veces se hacia a gran escala, con alarde cuasi-militar. El 4 de junio de 1846 un contingente de 600 hombres de a pie y 200 a caballo se presento en el puerto de Guainos (Almeria) para proteger el paso de un gigantesco alijo. Sobra decir que los carabineros del lugar fueron impotentes para evitarlo. Desde su despliegue, los guardias se emplearon en reducir este fenomeno, no muy diferente en su mecanica armada de la lucha contra bandoleros y guerrilleros carlistas, cosechando exitos como del cabo Molero, del puesto de Huercal-Overa (Almeria), que marchando a pie hasta Pechina (es decir, unos cien kilometros) logro, tras interceptar un contrabando de polvora, localizar la fabrica que la producia, para luego, sin arredrarse por el esfuerzo, volver a pie al punto de origen. Otra dificultad que hubo que vencer fueron los frecuentes intentos de compra por parte de los contrabandistas, como los tres mil quinientos duros que le ofrecieron al cabo Gonzalez, comandante del puesto de Alhabia (Almeria), tras encontrar en una cueva cuarenta y cuatro fardos. El cabo rechazo el soborno, que representaba unos veinte anos de su sueldo, como rechazarian los guardias que apresaron a cuatro contrabandistas en el caserio de Matasanos (Cordoba) los cuatro reales ofrecidos por estos. Segun las cronicas, uno de los guardias respondio, despectivo: «No hay oro en todo el mundo para comprarnos».

Pero de todos los servicios que le toco asumir a la Guardia Civil su decada fundacional, quiza ninguno fuera tan ingrato como las condiciones de presos. Antes de que existiera el ferrocarril, los traslados de presos eran una verdadera odisea, que complicaba el sistema penitenciario espanol de la epoca: depositos correccionales para las condenas hasta dos anos, carceles peninsulares para delitos castigados con hasta ocho anos y presidios de Africa para penas superiores. Como consecuencia, los guardias tenian que emprender con los reclusos, prendidos en la famosa «cuerda de presos», viajes de cientos de kilometros a pie, sometidos a las inclemencias del tiempo y expuestos a toda suerte de accidentes. Una experiencia infrahumana para unos y otros, como lo eran las prisiones a que los conducian. Bien podia suceder que antiguos complices de algun prisionero los atacare en despoblado, para liberar al compinche, como le sucedio en julio de 1848 al guardia Miguel Prades, de Valencia, que resulto gravemente herido en la refriega, pero mantuvo al reo bajo su custodia. Tampoco cabia excluir que la gente reaccionara con violencia hacia los asi conducidos, lo que llevo al duque de Ahumada, siempre escrupuloso y previsor, a dictar sus instrucciones para el particular: «Todo preso que entre en poder de la Guardia Civil debe considerarse asegurado suficientemente y que sera conducido sin falta alguna al destino que las leyes le hayan dado: asi como ellos mismos deberan creerse justamente libres de insultos, de cualquiera persona, sea de la clase que fuese, y de las tropelias que a veces suelen cometerse con ellos. El guardia civil es el primer agente de la justicia, y antes de tolerar que estas tengan lugar, debe perecer, sin permitir jamas que persona alguna los insulte, antes ni despues de sufrir el castigo de la ley por sus faltas» (art. 2 del Capitulo XII de la Cartilla). Viendo el espectaculo que en nuestros dias se produce con los detenidos a la puerta de los juzgados, se comprende que,

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