encuentro aparentemente casual que nos llevo a entablar conversacion: cuando descubrio, con sincera alegria, que yo residia en Leonito, insistio para que pasara una velada en su hogar.
Aurelio Ferrer era un hombre culto, refinado y ciertamente agradable, pero hube de ponerme en guardia ante la instintiva animadversion que su esposa, una india leonitense de peligrosa inteligencia natural, abrigo hacia mi a pesar del despliegue de encanto del que hice gala durante aquella reunion en la que no compareceria el adolescente Luis porque se hallaba ingresado en el hospital para la exploracion rutinaria de algun dolor abdominal. Durante la velada mi curiosidad cientifica no dejo de preguntarse que ocurriria si encerrase en la misma celda a los dos hermanos, como reaccionarian las personalidades ya formadas de ambos ante el impacto emocional de verse ante otro yo fisicamente identico pero de caracter por completo opuesto. ?Abandonaria mi enloquecido Nino la torre de soledad en la que se habia encerrado ante la presencia del hermano gemelo que, me constaba por determinadas manifestaciones de sus ocasionales crisis de melancolia, seguia pesando en su recuerdo y su corazon? Y por otro lado, ?que reacciones provocaria la visita al infierno en las maneras del ejemplar muchacho madrileno que en las fotografias familiares que pululaban por el salon de los Ferrer evidenciaba un asombroso parecido fisico con su doble del otro lado del oceano? Sopese, mientras alababa el postre, las posibilidades reales de ese instructivo secuestro, y si finalmente preferi descartarlo fue porque su ejecucion exigia un sacrificio de tiempo y esfuerzo que no podia dedicarle. No obstante, me resistia a abandonar Madrid sin haber visto al menos una vez a la version angelical de mi monstruo, y por eso al dia siguiente, apenas amanecio, me dirigi a la clinica y haciendome pasar por un amigo pregunte por el joven Ferrer.
En la habitacion individual, a la que accedi oculto tras mi sonrisa mas bondadosa y mundana, acontecia un inesperado revuelo de medicos y enfermeras: el aparentemente inocuo dolor de Luisito era en realidad una traidora apendicitis que por haber sido desatendida durante dias amenazaba ahora, de pronto, con degenerar en peritonitis de consecuencias impredecibles, trataba de explicarme un ayudante medico cuando llegaron, congestionados, Aurelio y su mujer. Sus rostros podrian haber ilustrado un catalogo de expresiones paternas de miedo, desolacion y amorosa preocupacion: aquellos seres amaban brutalmente a su hijo. Si moria, podian morir con el… Morir de pena, de dolor. De amor. Decidido a contemplar la resolucion del espectaculo, oculte mi excitacion tras la mascara de una desolacion solidaria y me dispuse a observar. Fatal error… Todavia hoy me arrepiento, todavia hoy recuerdo neblinosamente los detalles de lo que ocurrio… Todavia hoy ignoro por que actue como actue. Apenas media hora despues de la llegada de Aurelio al hospital, y como si se tratara de un cronometrado encadenamiento de sucesos ensayados, entro el doctor lanzando frases precisas como bombas: la situacion se habia agravado. Era preciso realizar a Luisito una transfusion de AB negativo en cuestion de minutos. Las existencias del hospital estaban agotadas. La sangre solicitada a otros centros podia llegar tarde… Aurelio asimilo la informacion tratando de mantenerse firme y no lo consiguio; su esposa se dejo caer sobre una silla, golpeada por algo invisible que le absorbio el color de la tez. En cuanto a mi, que facil hubiera sido sentarme tambien y aguardar compungido el desenlace. Era evidente y diafano que esa, y no otra, tenia que haber sido mi actuacion: ?por que entonces me desabotone el puno de la camisa para revelar que mi sangre pertenecia al precioso AB negativo? ?Por que ofreci la vena? Nunca lo he sabido. Tumbado en la camilla instantes despues, miraba transitar la sangre desde mi brazo hacia el del enfermo insconsciente, oia sin escucharlas las palabras de amistad eterna de Aurelio y percibia como mi corazon amenazaba con explotar a cada latido, desbocado por excitaciones inconcretas que era incapaz de definir… De todas las sensaciones de aquella manana, hay una que permanece particularmente imborrable: la mirada de la madre del enfermo. Se irracionalmente que lo intuia todo sobre mi persona, que estaba viendo con nitidez de inexplicable proyeccion cinematografica la esencia de mi biografia y acaso de mis actos, que podia radiografiar los verdaderos sentimientos que guardaba hacia su hijito. Los ojos de la enconada indiecita ardian durante la transfusion, evidenciandolo, y luego, cuando esta concluyo, emitieron una silenciosa advertencia que, mareado por el desgaste fisico, capte y acate, apresurandome a abandonar el hospital -podemos decir que hui de el- en direccion al aeropuerto.
Durante el vuelo de regreso, me sacudieron pensamientos complejos e inclasificables que se volvian mas furiosos a medida que el avion me alejaba de Espana: ?por que habia salvado a Luis Ferrer? ?Por que no permaneci callado, aguardando el fatal desenlace? ?Que me impulso a regalarle mi sangre? Nunca he podido dar respuesta a esas preguntas, aunque me inquieto entonces y durante mucho tiempo que el imparable impulso de generosidad hubiese venido a sumarse a otra circunstancia que ya conoces, el disparo del flash fotografico. Habia salvado al padre en 1947, salvaba al hijo en 1968. ?Casualidad? ?O, de nuevo, capricho del azar?
Ferrer hizo un esfuerzo de memoria: tras la convalecencia de aquella intervencion, sus padres habian dejado transcurrir unos meses antes de explicarle lo cerca que habia estado de la muerte, y solo pasado ese tiempo supo que debia la vida a la sangre de un amigo de Aurelio que casualmente se hallaba de visita en el hospital; pero nunca hicieron hincapie en la identidad de ese amigo, que permanecio asi en el recuerdo como un salvador etereo, anonimo y desdibujado cuyo misterio habia servido al joven Ferrer para relatar con cierto toque epico el relato de su curacion. Ahora, mas de dos decadas despues, aquel rostro adquiria de pronto los rasgos siniestros -pero, ademas, desconocidos- de Victor Lars.
El motor de la barca comenzo a detenerse. Huertas reducia la marcha mientras dirigia el timon hacia la orilla derecha, en la que se divisaba el pequeno muelle construido en madera.
Ferrer guardo el manuscrito y se unio a sus companeros en la proa de la barca. El alivio por la proximidad de la tierra firme fue breve: lo rompio enseguida un nitido chasquido metalico que sono a su espalda, alertandole; volvio los ojos sigilosamente, sin mover la cara: Soas, silencioso como siempre, habia amartillado el revolver que llevaba consigo. Ferrer se palpo el bolsillo del pantalon: la pequena pistola que le habian entregado seguia alli, y comprendio con un escalofrio que no era imposible que tuviera que utilizarla. Apreto sobre ella la mano sudorosa como si fuera un salvoconducto que no lo tranquilizo: el origen de su desasosiego no se encontraba en los indios que podian aguardarles emboscados, sino en la imagen de la transfusion de sangre, especialmente morbosa en su evocacion porque, mientras el dormia anestesiado, sus padres observaban la escena y agradecian al destino la llegada de Lars, el benefactor.
Al pararse el motor se hizo un silencio tan denso que Ferrer pudo escuchar con claridad como uno de los otros dos hombres tragaba saliva; enseguida comprendio que tal vez habia sido el mismo quien produjo ese sonido. La serenidad paradisiaca del entorno, excesiva de puro nitida, casi presagiaba inconcretas amenazas: el tableteo de una ametralladora oculta, la inminencia de un grito guerrero que lanzase a los feroces indios contra la barca… Soas permanecia inmovil, clavada la mirada en la tupida vegetacion de la orilla y con el cuerpo erguido, muy derecho, como si considerase que agacharse era, mas que una prudencia, una indignidad inutil caso de que efectivamente empezasen los disparos.
Tras unos segundos que parecieron eternos, Soas salto a tierra. Huertas y Ferrer, como si temieran quedarse solos a bordo, se apresuraron a imitarle. Nadie les disparo, nadie les asalto: estaban solos en el pequeno claro de terreno al que se accedia desde el muelle.
Un sendero artificial bordeado de arbolillos que alguna vez merecieron la atencion de un jardinero se abria frente a ellos, y una camarera portando un cesto de frutos exoticos, dibujada sobre un cartel oxidado por la misma mano a la que se debia la surfista en biquini de un trecho antes, les invitaba a seguir el consejo del texto oxidado: «Bienvenidos al Hotel Paraiso en la Tierra».
Ninguno de los tres dijo una sola palabra. Avanzaron por el sendero con cuidado, como si cada pisada pudiese desatar inimaginados peligros.
En el tercer recodo del camino aparecio, a lo lejos, la techumbre roja, semioculta por la vegetacion, de un edificio bajo: el primer vestigio de la antigua presencia humana. Los tres hombres se consultaron con las miradas y fue de nuevo Soas quien se decidio a dar el primer paso; los otros, tambien de nuevo, se apresuraron a seguirle.
La casa era un bungalow tipicamente turistico, el primero de una urbanizacion que ocupaba el espacioso llano donde desembocaba el sendero. Mas alla se divisaba un edificio principal blanco, de varias plantas, y hacia el se dirigieron avanzando alerta por entre los bungalows desiertos. Ferrer observo que Huertas, cada poco, se volvia repentinamente hacia atras, como si esperase sorprender a sus inexistentes perseguidores. ?O eran simplemente sigilosos?
Llegaron hasta el edificio de sucia blancura y se desperdigaron por la explanada frontal tratando de no perderse de vista unos a otros. Soas camino hacia la piscina. Huertas entro en el edificio. Ferrer se planto frente a la fachada principal. Recordaba a la del Madre Patria, pero el abandono convertia en inhospitas y siniestras las construcciones erigidas en otro tiempo para satisfacer en cada detalle a los selectos clientes: innumerables hojas
