de hierba cubrian la pista de tenis y la lona negra que ocultaba de la vista la piscina, los cristales de puertas y ventanas de la fachada estaban meticulosamente hechos anicos y del rotulo que senalaba el camino del «Gimnasio Sueco» se habian descolgado la «S» mayuscula y una «i». Todo era sucio, todo estaba desgastado: el saldo del paso del ciclon de 1971 sumado a veinte anos de soledad rigurosa. Pero ademas, las paredes estaban renegridas por zonas, como si hubiesen sufrido la accion de un incendio que no parecia antiguo. Tal vez, tras el abandono definitivo, se habia propagado el fuego a causa de alguna tormenta u otro fenomeno natural.

– ?Soas! ?Soas!

Era la voz de Huertas. Soas y Ferrer lo buscaron con la mirada. El capitan les llamaba desde la puerta de acceso al hotel.

– ?Conque no han estado aqui! -espeto Huertas a Soas apenas llegaron junto a el. Parecia exultante, como si disfrutase de una victoria largamente esperada. Con fuego demente en los ojos, invito a los otros a entrar.

El vestibulo del hotel habia sido, como el exterior, redecorado por el abandono y el paso del tiempo. Tambien por las huellas del incendio que se percibia en el exterior. Pero alguien habia anadido un elemento discordante, reciente y aterrador sobre la moqueta sucia de la rotonda central: los cadaveres de cinco hombres desnudos yacian en caprichosas formas bajo la estructura metalica que alguna vez sostuvo una cupula de cristal. Cinco reconocibles cuerpos de hombre, no cinco trozos de carne en descomposicion ni cinco esqueletos: cinco muertos recientes.

– ?Que dices ahora? -repetia Huertas-. ?Eh? ?Que dices ahora? ?Yo tenia razon! ?Y es La Japonesa! ?La Japonesa!

Soas no le contesto; tal vez tampoco le escuchaba. Se acerco a los cadaveres y los observo sin decir nada.

Eran cadaveres de hombres jovenes. Todos llevaban al cuello medallas identificativas del ejercito de Leonito: reclutas bisonos, como los que habian muerto en el asalto al tren. Los cinco tenian la piel de todo el cuerpo caprichosamente salpicada de quemaduras negruzcas provocadas por la accion de antorchas o sopletes, y estaban encadenados por el pie a una argolla clavada en el centro de la rotonda; la cadena les daba cierta libertad de movimiento, pero no les permitia huir del circulo en el que habian sido torturados hasta morir. Habia una sexta cadena sujeta a la argolla del centro, pero en su otro extremo faltaba el cadaver correspondiente.

Soas la agarro, sopesandola; parecia reflexivo. Fe-rrer se acerco a el.

– ?Que es eso de La Japonesa?

– No sabes lo que es, ?verdad? -le grito Huertas-. Tranquilo, que ya te enteraras… Tu y este. Y yo. ?Todos!

Ferrer interrogo con la mirada a Soas, que se habia arrodillado junto a una maquina metalica cuadrangular similar a una cortadora de cesped.

– ?Y bien? -le insto.

– La Japonesa es… -Soas dudo.

– Exijo saberlo -dijo gravemente Ferrer, esforzandose por amagar una sonrisa convincente de camaraderia viril-. Lo resistire, te lo aseguro…

– Es una forma de tortura de los indios de la Montana. Se encadena a los reos de forma que no queden inmovilizados del todo, que mas o menos puedan defenderse. Los verdugos se ensanan con ellos sin prisas.

– ?Hasta parando para comer su harina cocida! ?Te miran con sus ojos muertos mientras comen! ?Y tu, mientras, despellejado vivo! -Huertas parecia aliviar su propio miedo al intentar trasladarselo a Ferrer.

– En este caso han usado el fuego, pero valen tambien cuchillos y latigos -enumero, contrastadamente frio, Soas-. La cosa puede durar dias. Cuando los presos estan ya muy quebrados se les obliga a torturarse entre ellos.

– Entre ellos… -ese giro inesperado si impresiono a Ferrer.

– Te asombrarias -explico Soas- de las fierezas que despierta el afan de supervivencia… Los indios contemplan el espectaculo, imagino que haran apuestas… La cosa esta en que el preso que sobreviva a los demas es liberado, se le concede una oportunidad de escapar. Los indios le dan unas horas de ventaja y van a por el. Normalmente no escapa, claro. Pero la desesperacion le da fuerzas para alargar el juego. Ese -Soas senalo hacia la sexta cadena, que pendia de la mano de Ferrer-debe de estar ahora mismo corriendo por ahi, con los indios detras.

– A lo mejor ya lo han cogido -tercio Huertas, acercandose a ellos-. A lo mejor ya lo han cogido y en estos momentos estan volviendo a casa. ?Que alegria les vamos a dar cuando nos encuentren!

Soas se planto frente a el y le miro fijamente, retador.

– Vamos a pasar la noche aqui -dijo, vocalizando con claridad.

– ?Aqui? -interrumpio Huertas. Era obvio que no podia controlar su perpetuo enfado pueril. Tampoco, aparentemente, la inminencia de una crisis nerviosa-. ?Estas loco! La Montana esta solo a cinco horas andando. ?Por que vamos a…?

Soas chasqueo los labios, mojandoselos con la lengua, tres veces seguidas; Ferrer penso que era un recurso para controlar el acceso de ira que se cernia sobre su expresion.

– ?Huertas! -escupio, repentinamente cuartelario. El capitan, paralizado por la sorpresiva voz de autoridad, escucho el resto en silencio-. Dentro de un par de horas oscurecera, y no pienso correr el riesgo de perderme de noche. Otros riesgos puedo correrlos; ese no. Pero tu puedes hacer lo que quieras -zanjo Soas, dandole la espalda.

– ?Dame el revolver! -le grito entonces Huertas.

Soas paro en seco y se volvio en silencio, expresando una sorpresa casi divertida ante la pretension del capitan. Huertas, aun mas serio en respuesta, extendio hacia el la mano derecha.

– ?El revolver! -repitio-. Voy a explorar y lo necesito.

– ?Explorar? -el deje ironico de Soas, demoledor, cabia en la breve sonrisa que se regodeo en dibujar despacio en los labios; Huertas dio dos pasos hacia el con decision insospechada hasta unos instantes antes. Soas, igualmente resuelto, asio la culata del arma que sobresalia de su cintura, la saco y dejo caer el brazo hasta dejarlo reposar paralelo al muslo, alerta y aparentemente dispuesto a utilizar el revolver contra el capitan.

– ?Si, explorar! Asegurarme de que no nos siguen. O de que no vuelven. Y no puedo ir desarmado.

Parado frente a Soas, Huertas alargo aun mas la mano extendida. Por toda respuesta, Soas amartillo con ostentacion el revolver. Ferrer, mas que oirlo, lo vio. No quiso averiguar si Soas seria capaz de disparar al capitan: saco del bolsillo del pantalon su propia pistola y la puso sobre la palma abierta de Huertas.

– Tenga. Yo no voy a usarla -dijo por todo comentario. Huertas aferro la pistola, lanzo una ultima mirada a Soas, que no parpadeo, y se alejo por el sendero que conducia hacia el muelle. Ferrer dedico una explicacion complementaria a Soas:

– De todas formas, no sabria dispararla.

Soas lanzo un suspiro para dar por terminada la situacion.

– Voy a encender esto, nos hara falta luz -dijo arrodillandose de nuevo junto al mueble metalico.

– ?Que es? -pregunto Ferrer.

– Un grupo electrogeno portatil -dijo Soas mientras conectaba el encendido; un murmullo sordo inundo la estancia, en alguna parte se encendieron puntos dispersos de luz-. Ha servido a los indios para soltar descargas a estos desgraciados. Y por lo que parece -anadio senalando los cables que sobresalian del aparato y se bifurcaban hacia distintos puntos del vestibulo-, tambien para dar luz. Voy a ver…

– Roberto… -Ferrer agarro a Soas por la manga; llamandole por primera vez con su nombre de pila delato la gravedad de los pensamientos que le asaltaban. Soas lo capto y se detuvo para prestarle toda su atencion.

– ?Crees que Huertas tiene razon? En lo de que pueden volver.

Soas resoplo.

– Puede que si y puede que no. Pero nosotros vamos a esperar aqui el amanecer, no podemos hacer otra cosa. Y si es que no, que no vuelven, todos contentos.

– ?Y si volviesen?

– Mira -atajo Soas, contundente al ver la angustia en el rostro de Ferrer-, el peligro objetivo, el peligro seguro, es salir a la jungla de noche. Ahi si nos pueden pillar. Quedarnos aqui tiene mas garantias, lo que pase dependera del azar. Pueden venir o no, de acuerdo. Nosotros estaremos atentos, es todo lo que podemos hacer. Y ahora vamos a ver que suite nos apetece. Ya que es gratis…

Inicio el camino hacia la escalera central que conducia hacia las habitaciones. Ferrer le siguio tras echar una

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