la rue Buffault. Esperaba con ansiedad la fecha senalada para zarpar, no solo por el viaje en si, que por capricho de los pasajeros (que al fin y al cabo costeaban la expedicion casi en su totalidad) incluia un breve crucero por el Mediterraneo desde Marsella hasta Esmirna, con escalas en Italia y Grecia, para regresar, bordeando la costas del norte de Africa, hasta Gibraltar: entonces adentrarse en un oceano escandalosamente vasto, sino tambien por la satisfaccion -que le depararia el dia de la marcha- de encontrarse con sus buenos amigos Esmond y Clara Handl, los dos comediografos mas brillantes e ingeniosos que Inglaterra habia dado hasta el momento. Conversadores deliciosos e infatigables, sus libretos de canciones eran conocidos por toda Europa y parte de America, y su presencia a bordo, tan dichosa para Arledge que ya la saboreaba de antemano, daba a la travesia un toque de amenidad y agudeza que la hacia aun mas prometedora. Confiaba Arledge, ademas, en que una vez puestos los pies en el barco, podria instalarse confortablemente en un camarote, recobrar su natural y pacifico ritmo de vida y dedicarse a pasear por cubierta con sus mejores galas siempre y cuando el cielo y el vaiven del velero lo aconsejaran. Todo esto hizo que su paciencia, inquebrantable y duradera por lo general, empezara a agotarse. Durante la espera se vio forzado a mantener contacto con personas que no eran de su agrado, a contestar numerosas cartas de editores alemanes, polacos, espanoles e italianos que al saber de su participacion en la aventura le escribian con el fin de contratar los derechos de traduccion sobre la novela que, como era de esperar, escribiria a su regreso; tuvo que hacer un enojoso recorrido en tren para despedirse de sus padres, y otro, en un pequeno buque de vapor, para hacer lo propio con su hermana; y durante cinco dias no pudo salir de su casa, ocupado en ordenar y archivar sus papeles, esparcidos sin concierto por mesas, cajones, carpetas y secretaires.

Huelga decir que Arledge no tuvo nada que a ver con los preparativos y la organizacion del viaje: para eso estaban los expertos y Arledge se limito a escuchar, de vez en cuando, las quejas de Kerrigan, que se desahogaba con el cuando las dificultades que iban sucediendose parecian insuperables. Gracias a el supo que el gobierno ingles, a traves de una empresa privada, habia aportado una considerable cantidad de dinero, y que casas de tejidos, pieles, jabones, calzados, patines, bujias, raquetas, alimentos, fosforos, bebidas alcoholicas y un sinfin de articulos mas habian ofrecido sus productos completamente gratis, con lo cual los gastos de los expedicionarios se reducian sensiblemente. Supo tambien que Kerrigan habia tenido grandes problemas para encontrar tres docenas de poneys de Manchuria, bestias que se le antojaron, en el momento, un tanto inadecuadas para sus propositos; y durante aquellos dias estaba tan harto de preambulos y tan deseoso de emprender la marcha que se abstuvo de preguntar cual era su finalidad. Recibio la desagradable visita de un sastre, petulante y ambicioso, encargado de confeccionar los fuertes ropajes que habrian de utilizar al llegar a las zonas frias, y la de un zapatero, cordial en exceso, que le calzo con gran destreza y sin previo aviso, sin que Arledge pudiera impedirlo, varios pares de botas casi informes por su extremada sencillez y su desmedido grosor, tras de lo cual, sin ningun motivo aparente que lo justificara, pues todas ellas, a pesar (o quiza por ello) de los defectos resenados, eran igualmente comodas y calidas, aparto dos pares de color hueso y decidio adjudicarselos. Desfilaron por su casa, asimismo, un medico, que lo sometio a un severo reconocimiento; diversos funcionarios del gobierno que trataron de cobrarle impuestos especiales sin resultado alguno a pesar del admirable despliegue que de terminos burocraticos y amenazas hicieron; un empleado de Franchard cuyo objetivo era lograr un seguro de vida de elevado presupuesto; su banquero; su notario, que, alarmado por su partida, insinuo la conveniencia de dejar hecho testamento antes de que se embarcara en tan arriesgada aventura, y un largo etcetera de personajes mas, como Arledge los llamaba: viles estafadores y advenedizos protegidos por las leyes, a los que primero escucho con indiferencia y mas tarde despacho sin contemplaciones y con no muy buenos modales.

Pero no todo fue malestar: durante aquellos dos meses y medio Arledge gozo de la compania de Kerrigan con mas frecuencia de la acostumbrada. Poco sabia de el, pero su conversacion, y mas aun los relatos con que le obsequiaba, expuestos siempre de la manera mas abstracta que pueda concebirse y sin localizar nunca ni en el tiempo ni en el espacio, representaban para Arledge un libro interminable de aventuras y peligros que hacia revivir con toda intensidad las emociones suscitadas por sus lecturas de infancia; y la imaginacion de Arledge, a falta de datos concretos que le permitieran situar sus andanzas en algun punto determinado del globo, le presentaba la audaz figura de Kerrigan en los mas variados escenarios o atuendos; tan pronto lo veia con una gorra blanca de capitan surcando los mares de China como vistiendo un uniforme gris en Vicksburg, burlando a los aduaneros de Liverpool o junto a los anarquistas de la Mano Negra, en medio de los desiertos arabes o vagando por los muelles de cualquier ciudad portuaria del mundo, cicerone en Florencia en compania de bellas damas, como unico superviviente de la voladura del Maine o con Gordon Baja en el Sudan. De el solo sabia cuatro cosas seguras: que era americano, que en su primera juventud habia trabajado como piloto de un barco de vapor en el rio Mississippi, que en una ocasion habia sido protagonista de una apasionada historia de amor - aunque por desgracia desconocia los pormenores, tragicos sin duda-, y que habia descubierto una isla en el Pacifico de cuya existencia solo Kerrigan sabia y que guardaba algo muy querido para el, motivo de extranos viajes y largas ausencias. Aquello era todo lo que las disimuladas y corteses indagaciones de Arledge habian podido averiguar: su familia, su pasado, sus ocupaciones, y por encima de todo, el origen de su fortuna, necesariamente inmensa, que le permitia vivir con holgura sin tener que hacer nada en absoluto, todo ello era un misterio por desvelar. Su ingles, muy maleado seguramente por los constantes viajes, conservaba aun, sin embargo, un acento que delataba su elevada procedencia social, y su conversacion, siempre agil e ingeniosa, revelaba unos conocimientos dificiles de adquirir entre oceanos, desiertos, batallas y conspiraciones. Aunque el blanco y el amarillo se confundian en su cabello y en su frondoso bigote, no debia de rebasar los cincuenta anos, y su figura, todavia esbelta y erguida, hacia pensar en menos. Su manera de vestir, llamativa en exceso, denotaba cierta falta de buen gusto y sus incondicionales botas altas hacian demasiado ruido al andar, pero lo que a ademanes y a costumbres se refiere era un perfecto caballero sin tacha. Su popularidad en Paris, ciudad en la que residia desde 1899, era enorme, y su presencia, requerida en las grandes ocasiones, hacia las delicias de insoportables damas entradas en anos que, como Mme D' Almeida, alimentaban sin tregua su vanidad y ponian en peligro su vida, merced a sus indiscretos comentarios, con mas frecuencia de la deseada.

Kerrigan, sin embargo, no se llevaba muy bien con la mayoria de los ilustres expedicionarios franceses; el gozaba de sus simpatias pero ellos no de la suya. Solia tratarlos con una reservada tolerancia que a veces rayaba en un soterrado desprecio que se manifestaba mediante un repentino laconismo que los demas tomaban por excentricidad, cuando mas bien respondia -eso al menos intuia Arledge- a un estado de tremenda desilusion y tristeza. En tales momentos nada podia hacerle recuperar su amplia sonrisa; buscaba un sillon y permanecia alli durante largo rato, casi acurrucado, meditativo; su mirada despedia insatisfaccion por todo lo que habia a su alrededor. Estos mutismos, que por lo general iban seguidos de una de sus subitas partidas hacia tierras banadas por el mar, eran escasos, pero en los meses que precedieron a su visita matinal a la rue Buffault se habian hecho mas frecuentes, suceso tal vez motivado por un articulo sobre los americanos instalados en Europa que habia aparecido poco antes, bajo pseudonimo, en una revista britanica y en el que le eran dedicadas unas frases descorteses («…envejecido hombre de accion, intenta que la atencion recaiga sobre su persona mediante la explotacion de pequenas incognitas que rodean a su vida, cuando su imagen, tras cinco anos de sosegada y confortable estancia en Paris, se ha convertido en la de un potentado en conservador de la sociedad de medianoche, falto de ambiciones y enemigo del riesgo…»), y por ello, dejando de lado la natural excitacion que su plan, una vez aceptado, desperto en Arledge, este no pudo dejar de sentir una inmensa alegria al contemplarle de nuevo lleno de vitalidad y entusiasmo, derrochando energias, los ojos brillantes. Este desden por el resto de los viajeros llevo a Kerrigan a confiar al escritor ingles afincado en Francia los problemas con que se iba topando a medida que el tiempo avanzaba y la fecha senalada se aproximaba; y aunque Arledge no podia ayudarle a resolverlos, le ofrecia la oportunidad de retroceder en el pasado y de regresar a los paisajes en que habia transcurrido su juventud, con lo que su momentaneos abatimientos encontraban un rapido fin. La distante amistad de Arledge y Kerrigan se intensifico y se hizo mas cordial durante aquella temporada, sin que ello significara que los extremos siempre molestos que invitan a la confianza fueran alcanzados.

A esta serie de inconvenientes e incentivos (todos ellos de identica consecuencia: avivar el deseo de partir) se anadio, entre los segundos, uno que, enriquecido por una mala costumbre, llego a arrebatarle el sueno a Arledge mas de una noche. La curiosidad, pues de ella se trataba, fue en Victor Arledge, desde nino, mas que una caracteristica, un metodo, y entre sus futuros companeros de viaje habia un personaje que llamaba su atencion en este sentido con mas fuerza de lo normal. Era un expedicionario ingles, residente en Londres, llamado Hugh Everett Bayham, pianista joven y prometedor, hijo de un acomodado terrateniente, asiduo de la vida nocturna londinense, casado con la conocida actriz Margaret Holloway. Pero no eran estos datos, vulgares y carentes de atractivo, los que hacian que los oidos de Arledge se agudizaran cada vez que aquel nombre era mencionado en

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