drogados. Pero el los convencio de que era preferible escuchar antes lo que teniamos que decir… De hecho, lleva ayudandonos desde hace anos. No solo organizo este encuentro: tambien el anterior. ?Recuerdas el mensaje musical? -Elisa asintio: ahora comprendia de donde habia procedido aquel mensaje tan impropio de las habilidades de Blanes.

– Debo aclararles algo -dijo Carter-: ustedes me gustan tanto como yo a ustedes, es decir, ni pizca. Pero si me dan a elegir entre Eagle y ustedes, los prefiero a ustedes… Y si me dan a elegir entre el y ustedes, sigo prefiriendolos a ustedes, -agrego-. No se quien o que cono es, pero ha eliminado a todos mis hombres, y ahora, supongo, viene a por mi.

– Esta eliminando a todos los que estuvimos en esa isla, hace diez anos… -susurro Jacqueline-. A todos.

– ?Usted tambien lo ve? -pregunto Elisa a Carter, tremula.

– Claro que lo veo. En suenos, igual que usted. -Tras una pausa se corrigio, y su voz temblo ligeramente-: Es decir, no, no lo veo: cierro los ojos cuando aparece.

Se aparto de Elisa y se aflojo el nudo de la corbata mientras, hablaba.

– Eagle les esta mintiendo: no pretenden ayudarlos. En realidad, estan esperando otra muerte… Creo que quieren estudiarnos, ver que sucede cuando eso elija al siguiente de la lista. A mi tambien me han hecho examenes en Imnia, pero aun confian en mi, lo cual es una ventaja, claro. De modo que, les guste o no, ustedes no son cuatro, contando con Silberg, sino cinco. Tendran que incluirme en sus planes.

– Seis.

Las miradas se trasladaron a Victor, que parecia tanto o mas sorprendido que los demas con su propia intervencion.

– Yo… -Titubeo, trago saliva, respiro hondo y logro dotar a sus palabras de una inesperada fuerza-. Tendran que incluirme tambien.

– ?Se lo han contado todo? -pregunto Carter, como si no estuviera muy seguro acerca de la valia de aquella nueva incorporacion.

– Casi todo -dijo Blanes.

Carter se permitio distender los labios.

– Pues tomese su tiempo, profesor. Aun debemos esperar a Silberg.

– Estoy deseando que llegue -confeso Blanes-. Los documentos que trae son la clave.

– ?A que te refieres? -inquirio Elisa.

– En ellos esta la explicacion de lo que nos ocurre.

Jacqueline se adelanto un paso. En su voz se percibia una renovada ansiedad.

– David, solo dime esto: ?existe el? ?Es real o se trata de una vision colectiva…, una alucinacion?

– No sabemos aun lo que es, Jacqueline, pero es real. Los de Eagle lo saben. Es un ser completamente real. -Los miro como si pasara revista a los ultimos supervivientes de alguna catastrofe. En sus ojos Elisa advirtio el brillo del miedo-. En Eagle lo llaman «Zigzag», como el proyecto.

Casi por primera vez en su vida, Reinhard Silberg estaba pensando en si mismo.

Todos aquellos que lo conocian sabian que pecaba mas bien de altruista y abnegado. Cuando su hermano Otto, cinco anos mayor y director de una empresa de instrumentos opticos en Berlin, le llamo un dia para explicarle que le habian diagnosticado un cancer cuyo nombre no era capaz de pronunciar, Silberg hablo con Bertha, pidio un permiso en la universidad y se marcho a casa de Otto. Estuvo cuidandolo y apoyandolo hasta que se produjo su muerte al ano siguiente. Dos meses despues hizo la maleta y se fue a Nueva Nelson. Eran tiempos dificiles, con paletadas emocionales de cal y arena: en aquellos dias creia que el Proyecto Zigzag era la feliz compensacion que Dios le otorgaba en Su infinita bondad para paliar la tragedia de su hermano.

Ahora pensaba de forma muy distinta.

En cualquier caso, hasta que las cosas cambiaron definitivamente, Silberg nunca habia tenido miedo de lo que pudiera ocurrirle. No por poseer una valentia especial sino por lo que Bertha llamaba «cuestiones glandulares». El sufrimiento de los seres que le rodeaban le dolia mas que el suyo propio; asi era, llanamente. «Si alguien tiene que caer enfermo en esta casa, lo mejor es que sea Reinhard -solia decir su esposa-. Si soy yo, enfermamos los dos, y el mas que yo.»

Te quiero tanto, Bertha… Al pensar en ella, volvia a verla en su mente: los ojos ajenos podian decir que ya no era la chica rellenita aunque esbelta que habia conocido en la universidad casi medio siglo antes, pero para Silberg seguia siendo la mujer mas deseable del mundo. Pese a que no habian logrado tener hijos, treinta anos de feliz matrimonio lo habian convencido de que el unico paraiso que existe sobre la Tierra, el, unico que de verdad merece tal nombre, consiste en poder vivir junto a quien se ama.

Sin embargo, durante algun tiempo esa armonia habia estado a punto de quebrarse. Anos atras, horrorizado con sus suenos, Silberg habia tomado una decision muy similar a la que, le habia impulsado a marchar a casa de su hermano: irse para ayudar a otro. Hizo las maletas y se traslado al pequeno apartamento de soltero que poseian cerca de la universidad, y que solian alquilar a los estudiantes. No podia vivir junto a su mujer temiendo cada noche despertarse y comprobar que le habia hecho todo lo que le hacia en aquellas visiones grotescas… A Bertha le habia dado muchas excusas: desde la necesidad de plantearse las cosas «desde la distancia» hasta que se encontraba mal de los nervios. Pero fue ella la que empezo a encontrarse mal y removio cielo y tierra para que Silberg regresara a su lado. El habia terminado accediendo, aunque sus temores no habian hecho sino incrementarse.

Esa tarde se habia despedido de Bertha. No queria que nada de lo que le ocurriera a partir de entonces, fuera lo que fuese, le sorprendiera junto a ella. No le habia dado un abrazo muy fuerte, pero habia envuelto su cuerpo y acariciado la espalda que la martirizaba tanto ultimamente diciendole que habia surgido «un nuevo proyecto» y que se necesitaba su colaboracion. Tendria que ausentarse unos dias. No le importo decirle que iba a reunirse con David Blanes en Madrid: sabia que Eagle se habria enterado ya, y mentir a su mujer era correr el riesgo de que la interrogaran.

Por supuesto, no le habia contado toda la verdad, ya que, en Madrid, Blanes, el y el resto del equipo tendrian que tomar algunas decisiones drasticas. Sabia que pasaria mucho tiempo antes de que volviera a ver a su esposa (si volvia a verla), de ahi la importancia que habia otorgado a la breve despedida.

Pero en aquel momento ni siquiera pensaba en Bertha. Estaba aterrorizado por el, por su propia vida, por su futuro. Tenia tanto miedo como un nino pequeno en la profundidad de un pozo.

En el maletin que llevaba en el portaequipajes se encontraba el origen de su terror.

Volaba en un jet privado Northwind a velocidad de crucero de quinientos veinte kilometros por hora, dentro de una cabina de doce metros de longitud con siete asientos que olian a cuero y metal nuevos. Los otros dos unicos pasajeros, sentados frente a el, eran los hombres que Eagle habia enviado para acompanarlo desde su pequeno despacho en la facultad de Fisica de la Technische de Berlin, en Charlotenburg. Silberg ocupaba desde hacia anos la catedra de un departamento cuyo nombre obligaba a los creadores de tarjetas de visita a hacer piruetas con el espacio libre: Philosophie, Wissenschaftstheorie, Wissenschafts und Technikgeschichte. El departamento estaba adscrito a la facultad de Humanidades, ya que se dedicaba al estudio de la filosofia de la ciencia, pero, en calidad de fisico teorico, ademas de historiador y filosofo, contaba con una base de operaciones en la facultad de Fisica. Alli habia terminado de leer y anotar las conclusiones que habia estado elaborando a lo largo de todo el dia, y que albergaba bajo el cierre informatico de aquel maletin.

Silberg esperaba la llegada de los hombres de Eagle, pero pese a ello fingio sorpresa. Le explicaron que habian sido designados para escoltarle hasta Madrid. No era preciso que utilizara el billete de avion que habia adquirido: viajaria en un jet privado. El sabia muy bien la razon de aquella «jaula de oro». Carter ya le habia advertido que Harrison iba a detenerlo en el aeropuerto y quitarle el maletin. Confiaba en que Carter lo recuperase, pero aun si no era asi, ya habia tomado medidas para que sus conclusiones llegaran a las manos adecuadas.

– Iniciamos el descenso -informo el piloto desde los altavoces.

Reviso su cinturon de seguridad y siguio sumido en sus pensamientos. Se preguntaba, no por primera vez, la

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