Gracias a Dios, penso alborozadamente Berrington; ?Hank Stone ha tirado adelante! Imprimio a su voz un tono solemne:

– Ya me temia que surgiese algo asi -respondio-. En un minuto estoy contigo.

Colgo y continuo sentado unos instantes, entregado a la meditacion. Era demasiado pronto para cantar victoria. El proceso no habia hecho mas que empezar. De lo que se trataba ahora era de conseguir que Maurice y Jeannie se condujesen tal como el deseaba.

Maurice parecia preocupado. Buen principio. Berrington tenia que encargarse de que siguiera asi: preocupado. Era imprescindible que Maurice creyera que se produciria una catastrofe si Jeannie no dejaba inmediatamente de utilizar su programa de busqueda en las bases de datos. Una vez decidiera Maurice que era preciso tomar medidas drasticas, Berrington tenia que asegurarse de que se mantuviera firme en su resolucion.

Por encima de todo, debia impedir cualquier clase de compromiso. Por naturaleza, Jeannie no era muy dada a los compromisos, el lo sabia muy bien, pero con su futuro en juego, la muchacha probablemente intentaria cualquier cosa. Berrington tendria que echar lena al fuego del agravio de Jeannie y mantenerla en estado de combatividad.

Ademas, debia hacerlo sin dejar en ningun momento de parecer bien intencionado. Caso de que resultara evidente que intentaba ponerle la zancadilla a Jeannie, se despertarian las sospechas de Maurice. Tenia que dar la impresion de que apoyaba a la doctora.

Salio de la Loqueria y cruzo el campus. Dejo atras el Teatro Barrymore y la Facultad de Bellas Artes, camino de la Hillside Hall. En otro tiempo casa solariega del primer benefactor de la universidad, era actualmente el edificio administrativo. El despacho del presidente del centro universitario ocupaba el antiguo salon de la vieja casona. Berrington dedico una amable inclinacion de cabeza a la secretaria del doctor Obell y manifesto:

– Me espera.

– Pase, profesor, tenga la bondad -indico la mujer.

Maurice estaba sentado ante el ventanal que dominaba el cesped. Era un hombre de escasa estatura y pecho abombado, que volvio de Vietnam en una silla de ruedas, paralitico de cintura para abajo.

A Berrington le resultaba facil tratar con el, acaso porque ambos tenian un historial de servicio castrense comun. Tambien compartian la pasion por la musica de Mahler.

A menudo, Maurice ofrecia el aire de persona abrumada. Para mantener en funcionamiento la UJF, debia sacar un millon de dolares anuales a benefactores particulares y empresas comerciales y, en consecuencia, le aterraba la publicidad negativa.

Dio la vuelta a la silla y rodo hasta su escritorio.

– Dijo que estan preparando un gran reportaje sobre etica cientifica. Berry, no puedo permitir que la Jones Falls sea la primera que figure en ese trabajo con un ejemplo de ciencia poco etica. La mitad de los que nos otorgan donativos importantes se echarian atras. Tenemos que hacer algo.

– ?Quien es esa individua?

Maurice consulto un cuaderno de notas.

– Naomi Freelander. Es la responsable de etica. ?Sabias que los periodicos tienen responsables de etica? Yo no.

– No me sorprende que el New York Times lo tenga.

– No dejaran de actuar como la maldita Gestapo. Estaban a punto de mandar el reportaje a maquinas, dicen, pero ayer recibieron un soplo acerca de esa doctora Ferrami.

– Me gustaria saber de donde les llego ese aviso -dijo Berrington.

– Debe de haber por aqui mas de un bastardo hijo de Satanas.

– Supongo.

Maurice suspiro.

– Dime que no es cierto, Berry. Dime que la doctora Ferrami no invade la intimidad de la gente.

Berrington cruzo las piernas e intento parecer relajado, aunque lo cierto era que estaba sobre ascuas. Alli era donde tenia que avanzar por la cuerda floja.

– No creo que haga nada incorrecto -dijo-. Explora bases de datos clinicos y localiza a personas que ignoran que tienen hermanos gemelos. Es una muchacha muy inteligente, la verdad…

– ?Examina historiales medicos de personas sin su permiso?

Berrington fingio que respondia a reganadientes.

– Bueno… algo asi.

– Entonces tendra que dejarlo.

– Lo malo es que realmente necesita esa informacion para llevar a cabo su proyecto investigador.

– Quiza podamos ofrecerle alguna compensacion.

Sobornarla era algo que a Berrington no se le habia ocurrido. Dudaba de que diera resultado, pero nada se perdia con intentarlo.

– Buena idea.

– ?Es numeraria?

– Ingreso este semestre, como profesora auxiliar. Le faltan seis anos al menos para alcanzar la permanencia. Pero podemos ofrecerle un aumento de sueldo. Se que necesita el dinero, ella misma me lo dijo.

– ?Cuanto gana ahora?

– Treinta mil dolares al ano.

– ?Cuanto crees que deberiamos ofrecerle?

– Tendria que ser una cantidad sustancial. Ocho o diez mil.

– ?Hay fondos para eso?

Berrington sonrio.

– Creo que podria convencer a la Genetico.

– Entonces eso es lo que haremos. Llamala ahora mismo, Berry. Si esta en el campus, que se presente aqui enseguida. Zanjaremos este asunto antes de que la policia etica llame otra vez a nuestra puerta.

Berrington descolgo el auricular del telefono de Maurice y marco el numero del despacho de Jeannie. Contestaron al instante.

– Jeannie Ferrami.

– Aqui Berrington.

– Buenos dias.

El tono de Jeannie era cauteloso. ?Acaso adivino su intencion de seducirla la noche del lunes? Tal vez se estaba preguntando si planeaba intentarlo de nuevo. O quiza se habia enterado ya del problema que estaba planteando el New York Times.

– ?Puedo verte ahora mismo?

– ?En tu despacho?

– Estoy en el del doctor Obell, en Hillside Hall.

Jeannie dejo escapar un suspiro de indignacion.

– ?Es acerca de esa mujer llamada Naomi Freelander?

– Si.

– Es una tonteria absurda, supongo que lo sabes.

– Lo se, pero hay que afrontarlo.

– Voy para alla.

Berrington colgo.

– Estara aqui dentro de un momento -transmitio a Maurice-. Parece que ya ha tenido noticias del Times.

Los minutos inmediatos iban a ser cruciales. Si Jeannie se defendia con eficacia, era posible que Maurice cambiase de estrategia. Berrington tendria que ingeniarselas para, sin parecer hostil a Jeannie, lograr que Maurice se mantuviera firme. Era una muchacha de temperamento fogoso, energica y segura, no del tipo conciliador, especialmente cuando consideraba que le asistia la razon. Era muy probable que se ganase la enemistad de Maurice sin la ayuda de Berrington. Pero, por si se daba el caso de que Jeannie se manifestase suave y persuasiva, Berrington necesitaba un plan de retirada.

Un golpe de inspiracion le indujo a proponer:

– Mientras esperamos a que venga, podemos redactar un borrador de comunicado de prensa.

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