– Esa es una buena idea.

Berrington tomo un cuaderno de notas y empezo a escribir. Necesitaba algo que Jeannie no pudiera aceptar, algo que hiriese su amor propio y la sacara de sus casillas. Escribio que la Universidad Jones Falls reconocia haber cometido errores. Presentaba sus excusas a todas aquellas personas cuya intimidad hubiera sido violada. Y prometia interrumpir el programa a partir de la fecha de hoy.

Tendio la nota a la secretaria de Maurice y le encargo que la pasara enseguida por el procesador de textos.

Jeannie llego rebosante de efervescente indignacion. Vestia una holgada camiseta verde esmeralda, cenidos vaqueros negros y la clase de calzado al que tiempo atras llamaban botas de mecanico y que ahora volvian a estar de moda. Llevaba su aro en la perforada nariz y la espesa cabellera negra recogida detras de la cabeza. A Berrington le parecio guapisima, pero su indumentaria no impresionaria al presidente de la universidad. A los ojos de este, Jeannie pareceria la clase de irresponsable subalterna academica susceptible de crear dificultades a la UJF.

Maurice la invito a tomar asiento y le informo de la llamada del periodico. Sus modales eran rigidos. Berrington penso que Maurice se sentia comodo con los hombres maduros; pero las jovenes con pantalones vaqueros cenidos eran algo extrano para el.

– La misma mujer me llamo a mi -dijo Jeannie, sulfurada-. Esto es un disparate.

– Pero usted accede a bases de datos medicos -senalo Maurice.

– Yo no miro las bases de datos, eso lo hace el ordenador. Ningun ser humano ve historial clinico alguno. Mi programa se limita a sacar una relacion de nombres y direcciones, agrupados por parejas.

– A pesar de todo…

– No vamos mas alla sin antes pedir permiso a los sujetos potenciales. Ni siquiera les decimos que son gemelos hasta que han aceptado ser parte de nuestro estudio. ?Que intimidad se invade, pues?

Berrington simulo que la respaldaba.

– Ya te lo dije, Maurice -tercio-. El Times esta equivocado de medio a medio.

– Ellos no lo ven asi. Y debo pensar en la reputacion de la universidad.

– Creame si le digo que mi trabajo acrecentara esa reputacion -asevero Jeannie. Se habia inclinado hacia delante y Berrington capto en su voz la pasion por los descubrimientos que impulsa a todos los buenos cientificos-. Este es un proyecto de importancia trascendental. Soy la unica persona que ha encontrado el modo de estudiar la genetica de la criminalidad. Cuando publiquemos los resultados, sera algo sensacional.

– Tiene razon -confirmo Berrington.

Era cierto. El estudio de Jeannie hubiera sido fascinante. Destruirlo constituia un acto desgarrador. Pero el no tenia otra opcion.

Maurice denego con la cabeza.

– Mi obligacion es proteger del escandalo a la universidad.

– Tambien es su obligacion defender la libertad academica -replico Jeannie con insensata temeridad.

Era una tactica equivocada. De pascuas a ramos, en otra epoca, sin duda hubo algunos presidentes de universidad que combatieron en defensa del derecho a difundir libremente la cultura, pero aquellos tiempos habian concluido. Ahora, los presidentes de universidad eran recaudadores de fondos, pura y simplemente. Lo unico que conseguiria Jeannie mencionando la libertad academica era ofender a Maurice.

El doctor Obell se erizo.

– Jovencita, no necesito que me de usted ninguna leccion respecto a mis deberes presidenciales -dijo, sofocado.

Con gran satisfaccion por parte de Berrington, Jeannie paso por alto la puntada.

– ?Ah, no? -contesto a Maurice, sin apartarse del tema-. Aqui tenemos un conflicto directo. De una parte, una periodista al parecer con una historia mal orientada; de otra, una cientifica en pos de la verdad. Si un presidente universitario va a plegarse a esa clase de presion, ?que esperanza hay?

Berrington exultaba de jubilo. Jeannie estaba maravillosa, arreboladas las mejillas y fulgurantes las pupilas, pero cavaba su propia tumba. Cada palabra hacia aumentar la inquina de Maurice.

Luego, Jeannie parecio percatarse de lo que estaba haciendo, porque, de pronto, cambio de tactica.

– Por otra parte, ninguno de nosotros desea publicidad perniciosa para la universidad -observo en tono mas apacible-. Comprendo perfectamente su preocupacion, doctor Obell.

Maurice se suavizo automaticamente, al tiempo que crecia la disgustada desilusion de Berrington.

– Me hago cargo de que esto la situa en una posicion dificil -dijo el presidente- La universidad esta dispuesta a ofrecerle una compensacion, en forma de una subida de salario de diez mil dolares anuales.

La sorpresa aparecio en el rostro de Jeannie.

– Eso te permitira -intervino Berrington- sacar a tu madre de esa residencia que tanto te preocupaba.

Jeannie titubeo solo unos segundos.

– Se lo agradezco profundamente -dijo-, pero eso no resolveria el problema. Subsiste el hecho de que debo conseguir gemelos para mi investigacion. De no ser asi, no habra nada que estudiar.

Berrington ya pensaba que Jeannie no iba a dejarse comprar.

– Seguramente habra algun otro sistema para encontrar sujetos convenientes para su estudio, ?no? -aventuro Maurice.

– No, no lo hay. Necesito gemelos identicos, que se hayan criado separadamente y uno de los cuales sea un delincuente. Lo cual parece demasiado pedir. Mi programa informatico localiza personas que ni siquiera saben que tienen un hermano gemelo. No existe otro metodo para hacerlo.

– No lo habia comprendido -dijo Maurice.

El tono era ya peligrosamente amistoso. En aquel momento entro la secretaria de Maurice y entrego a su jefe una hoja de papel. Era la nota de prensa que Berrington habia esbozado. Maurice se la paso a Jeannie, a la vez que manifestaba:

– Es preciso que formulemos hoy mismo una declaracion de este tipo, si queremos eliminar el reportaje.

Jeannie leyo la nota y su colera se reavivo.

– ?Pero esto es una barbaridad! -estallo-. No se ha cometido ningun error. No se ha violado la intimidad de nadie. ?Hasta el momento nadie se ha quejado!

Berrington disimulo su delectacion. No dejaba de ser paradojico que fuese tan apasionada y, sin embargo, tuviese la infinita paciencia y perseverancia que se requeria para llevar a cabo la tediosa investigacion cientifica que estaba desarrollando. La habia visto trabajar con los sujetos seleccionados: nunca parecian irritarla ni fatigarla, ni siquiera se mostraba molesta cuando embrollaban las pruebas. Con ellos, las malas conductas le parecian tan interesantes como las buenas. Jeannie tomaba nota de cuanto decian y al final les daba sinceramente las gracias. Sin embargo, fuera del laboratorio, la menor provocacion la convertia en una traca.

Berrington interpreto el papel de pacificador desasosegado.

– Pero, Jeannie, el doctor Obell considera que debemos hacer una declaracion firme.

– No pueden decir que se interrumpe mi programa de ordenador -dijo Jeannie-. ?Eso equivaldria a cancelar todo mi proyecto!

La expresion de Maurice se endurecio.

– No puedo permitir que el New York Times publique un reportaje en el que se afirme que los cientificos de la Jones Falls invaden la intimidad de las personas -dijo-. Nos costaria millones de dolares en donativos perdidos.

– De con un camino intermedio -rogo Jeannie-. Diga que esta estudiando el problema. Nombre un comite. Si es necesario, crearemos un sistema de seguridad perfeccionado que garantice la intimidad.

Oh, no, penso Berrington. Eso era alarmantemente razonable.

– Tenemos un comite de etica, naturalmente -dijo. Trataba de ganar tiempo-. Es un subcomite del claustro. -El claustro era la junta rectora de la universidad y la formaban todos los profesores numerarios, pero el trabajo lo realizaban los comites-. No puedes anunciar que les traspasas a ellos el problema.

– No vale -dijo Maurice bruscamente-. Todo el mundo sabra que es un subterfugio.

– ?No quiere darse cuenta -protesto Jeannie- de que al insistir en la accion inmediata esta descartando practicamente cualquier debate reflexivo!

Berrington decidio que aquel era un buen momento para dar por concluida la reunion. Maurice y Jeannie estaban a matar, ambos atrincherados en sus posiciones. Habia que cortarlo antes de que empezaran a pensar de

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