– Ah, querida -dijo Dick Minsky, y parpadeo-. En ese caso mucho me temo que haya hecho usted el viaje en balde.

– ?Por que?

– No conservamos historiales tan antiguos. Es norma de nuestra empresa, segun la politica de la direccion en cuanto a documentos.

Jeannie le miro con los parpados entrecerrados.

– ?Tiran a la basura los historiales antiguos?

– Rompemos las fichas, si, transcurridos veinte anos, a menos, claro, que se readmita al paciente, en cuyo caso su historial se transfiere al ordenador.

Era una desilusion que dejaba hundido el animo de Jeannie y era tambien una perdida de un tiempo precioso, que necesitaba para preparar su defensa en la audiencia de disciplina del dia siguiente.

– Resulta muy extrano -expreso con amargura- que el senor Ringwood no me lo dijera cuando hable anoche con el.

– La verdad es que debio hacerlo. Quiza no hizo usted ninguna alusion a las fechas.

– Estoy segura de que le especifique que las dos mujeres recibieron aqui tratamiento hace veintitres anos.

Jeannie recordaba que habia anadido un ano a la edad de Steve para que el periodo fuese el correcto.

– Entonces cuesta trabajo entenderlo.

Sin saber exactamente por que, a Jeannie no le sorprendia demasiado el giro que tomaba el asunto. Con su exagerada afabilidad y su pestaneo nervioso, Dick Minsky era la personificacion caricaturesca del hombre con una conciencia culpable.

El director de la clinica volvio a colocar la pantalla del ordenador en su posicion original. Puso cara de lamentarlo profundamente y dijo:

– Me temo que no puedo hacer nada mas por usted.

– ?Podria hablar con el senor Ringwood y preguntarle por que no me dijo que las fichas se destruian?

– Me temo que Peter se ha puesto enfermo y hoy no ha venido.

– ?Que extraordinaria coincidencia!

Minsky trato de parecer ofendido, pero el resultado fue una parodia lastimosa.

– Espero que no este insinuando que intentamos ocultarle algo.

– ?Por que iba yo a pensar tal cosa?

– No tengo ni idea. -Minsky se levanto-. Y ahora, me temo que no dispongo de mas tiempo que dedicarle.

Jeannie se puso en pie y le precedio hacia la puerta. Dick Minsky la siguio escaleras abajo, hasta el vestibulo.

– Buenos dias -deseo, rigido el tono.

– Adios -se despidio Jeannie.

Una vez en la calle titubeo. Rebosante de combatividad, sentia la testacion de hacer algo provocativo, de demostrarles que no podian manipularla hasta la anulacion. Decidio curiosear un poco por alli.

La zona de aparcamiento estaba repleta de automoviles de medicos, BMW y Cadillac ultimo modelo. Doblo la esquina por un lado del edificio. Un negro de barba canosa limpiaba la basura con una ruidosa barredera. Por alli no habia nada digno de atencion o interes. Acabo delante de una tapia que cortaba la salida y volvio sobre sus pasos.

A traves del cristal de la puerta de la fachada vio a Dick Minsky, todavia en el vestibulo, que decia algo a la desenvuelta secretaria. Miraba con inquieta ansiedad mientras Jeannie pasaba por delante de la puerta.

Jeannie rodeo el edificio por la direccion contraria a la de la primera vez y fue a dar con el deposito de desechos. Tres hombres con las manos protegidas por gruesos guantes cargaban la basura en un camion. Esto es estupido, penso Jeannie. Se estaba comportando como un detective de novela dura de misterio. Iba a dar media vuelta cuando algo le llamo la atencion. Los hombres levantaban sin esfuerzo las enormes bolsas de basura, de plastico marron, como si no pesaran gran cosa. ?Que podia tirar la clinica que abultase tanto y pesara tan poco?

?Papel cortado en tiras?

Oyo la voz de Dick Minsky. Parecia asustado.

– ?Tendria la bondad de marcharse ya, doctora Ferrami?

Jeannie dio media vuelta. Dick Minsky doblaba la esquina del edificio, acompanado de un hombre ataviado con el uniforme estilo policia que usaban los guardias de seguridad.

Ella se acerco con paso rapido al monton de bolsas.

– ?Eh! -grito Dick Minsky.

Los basureros se la quedaron mirando, pero Jeannie prescindio de ellos. Rasgo una de las bolsas, introdujo la mano por el boquete y saco un punado de su contenido.

Comprobo que sostenia en la mano un fajo de tiras delgadas de tarjetas de color pardo. Al mirar con mas atencion aquellas tiras vio que tenian cosas escritas, unas con pluma, otras a maquina. Eran las fichas destrozadas de los historiales del hospital.

Solo podia haber un motivo para que se llevaran tantas bolsas precisamente aquel dia. Habian destruido los archivos aquella manana… solo horas despues de que ella hubiese llamado. Dejo caer en el suelo los jirones de papel y se alejo. Uno de los basureros le chillo algo, indignado, pero Jeannie no le hizo caso. Ya no habia duda.

Se planto delante de Dick Minsky, con las manos apoyadas en las caderas. Habia estado mintiendola y de ahi que ahora fuese una nerviosa calamidad humana.

– Tienen aqui un secreto vergonzoso, ?verdad? -grito Jeannie-. ?Algo que tratan de ocultar por el sistema de destruir estos archivos?

El hombre estaba absolutamente aterrorizado.

– Claro que no -pudo articular-. Y esa sugerencia es ofensiva.

– Naturalmente que lo es -convino Jeannie. Su genio sacaba a la superficie lo mejor de ella. Apunto al hombre con el enrollado folleto de la Genetico que aun llevaba en la mano-. Pero esta investigacion es muy importante para mi, y obraria usted muy sensatamente convenciendose de que quienquiera que me mienta va a acabar jodido, pero bien jodido, antes de que yo haya terminado.

– Por favor, larguese -dijo Dick Minsky.

El guardia de seguridad la cogio del codo izquierdo.

– Ya me voy -se avino Jeannie-. No es preciso que me agarre.

El guardia no la solto.

– Por aqui, tenga la bondad -dijo.

Era un hombre de edad mediana, con el pelo gris y una barriga voluminosa. Jeannie no estaba dispuesta a dejarse maltratar por el. Cerro la mano derecha sobre el brazo que la sujetaba. Los musculos del guardia eran mas bien fofos.

– Haga el favor de soltarme -dijo Jeannie, y apreto. Sus manos eran mas potentes y su presa era mas fuerte que la de la mayoria de los hombres. El guardia intento mantenerla cogida por el codo, pero el dolor que le producia la mano de Jeannie era excesivo para su capacidad de resistencia y al cabo de un momento la solto-. Gracias -dijo Jeannie.

Se alejo. Se sentia mejor. Estuvo en lo cierto al suponer que en aquella clinica habia una pista. Los esfuerzos que hicieron para impedir que ella averiguase alli algo constituian la confirmacion mas solida posible de que ocultaban un secreto inconfesable. La solucion al misterio se relacionaba directamente con aquel lugar. Pero ?adonde la conducia eso?

Llego a su coche, pero no subio en el. Eran las dos y media y aun no habia almorzado. Estaba demasiado sobre ascuas para comer mucho, pero le hacia falta una taza de cafe. En la acera de enfrente se abria una cafeteria, al lado de un centro evangelico. Parecia limpia y barata. Cruzo la calle y entro.

La amenaza que dirigio a Dick Minsky era mero farol; no podia hacer nada para perjudicarle. Irritarle tampoco le habia servido de gran cosa. A decir verdad, se delato a si misma al dejar claro que sabia que la estaban enganando. Los puso sobre aviso y ahora tendrian alta la guardia.

El silencio reinaba en el local, salvo en la parte donde unos cuantos estudiantes terminaban de almorzar.

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