acaudalados, todos los cuales pagaban un alquiler a papa, inclinaron la cabeza en senal de cortesia; y la clase media, el doctor Rowan; el coronel Smythe y sir Alfred, saludaron respetuosamente con un movimiento de cabeza. Este ridiculo ritual feudal exasperaba y turbaba a Margaret cada vez que ocurria. En teoria, todos los hombres eran iguales ante Dios, ?verdad? «?Mi padre no es mejor que cualquier que ustedes, pero si mucho peor que la mayoria!», deseaba gritar. Algun dia reuniria el valor. Si hacia una escena en la iglesia, quiza no tendria que volver jamas. Pero la posible reaccion de papa la asustaba demasiado.

– Llevas una corbata muy bonita, papa -dijo Percy, con un susurro estruendoso, cuando entraban en su banco, seguidos por las miradas de todos los presentes.

Margaret reprimio una carcajada, pero sufrio un acceso de risas histericas. Percy y ella se sentaron precipitadamente y ocultaron sus rostros, fingiendo que rezaban, hasta que el acceso paso. Despues, Margaret se sintio mejor.

El sermon del vicario giro en torno al Hijo Prodigo. Margaret penso que el viejo chocho bien podia haber elegido un tema mas acorde con las preocupaciones de todo el mundo: la inminencia de la guerra. El primer ministro habia enviado un ultimatum a Hitler, al que el Fuhrer no habia hecho caso, y se esperaba una declaracion de guerra de un momento a otro.

Margaret temia la guerra. Un chico al que amaba habia muerto en la Guerra Civil espanola. Habia ocurrido justo un ano antes, pero todavia se despertaba llorando por las noches. Para ella, la guerra significaba que miles de chicas mas experimentarian el dolor que ella habia padecido. La idea le resultaba casi intolerable.

Pero otra parte de ella ansiaba la guerra. La cobardia de Inglaterra durante la guerra espanola la habia torturado durante anos. Su pais habia hecho el papel de espectador pasivo, mientras el gobierno progresista electo era derribado por una pandilla de asesinos armados por Hitler y Mussolini. Cientos de jovenes idealistas procedentes de toda Europa habian ido a Espana para luchar por la revolucion, pero carecian de armas, y los gobiernos democraticos del mundo se habian negado a proporcionarselas. Los jovenes habian perdido sus vidas, y las personas como Margaret se sentian airadas, impotentes y avergonzadas. Si Inglaterra se alzaba ahora contra el fascismo, podria volverse a sentir orgullosa de su pais. Su corazon saltaba ante la perspectiva de la guerra por otro motivo. Significaria, casi con toda seguridad, el fin de la vida mezquina y asfixiante que llevaba con sus padres. Estaba aburrida, harta y frustrada de sus ritos invariables y de su absurda vida social. Deseaba escapar y vivir su vida, pero le parecia imposible: era menor de edad, no tenia dinero y no sabia trabajar en nada. Claro que, pensaba esperanzada, todo sera diferente en tiempos de guerra.

Habia leido fascinada que, en la ultima guerra, las mujeres se habian puesto pantalones y trabajado en fabricas. Actualmente, ya existian cuerpos femeninos del ejercito, la armada y las fuerzas aereas. Margaret sonaba con presentarse voluntaria al Servicio Territorial Auxiliar, el ejercito de las mujeres. Una de las pocas habilidades que poseia era saber conducir. El chofer de papa, Digby, la habia instruido en el Rolls, y Ian, el chico que habia muerto, la habia dejado montar en su motocicleta. Hasta sabia manejar una lancha a motor, pues papa tenia un pequeno yate anclado en Niza. El STA necesitaba conductores de ambulancia y repartidores de mensajes. Ya se veia en uniforme, llevando un casco, a lomos de una motocicleta, transportando informes urgentes de un campo de batalla a otro a toda velocidad, con una fotografia de Ian en el bolsillo de su camisa caqui. Estaba segura de que, si le daban la oportunidad, se comportaria con valentia.

Segun descubrieron despues, la guerra se declaro durante el servicio. Hasta se produjo una senal de ataque aereo a las once y veintiocho minutos, en pleno sermon, pero no llego al pueblo, y en cualquier caso era una falsa alarma. La familia Oxenford volvio a casa ignorante de que estaban en guerra con Alemania. Percy queria coger una escopeta para ir a cazar conejos. Todos podian disparar; era un pasatiempo familiar, casi una obsesion. Papa, por supuesto, se nego a la peticion de Percy, porque no estaba bien disparar los domingos. Percy se disgusto, pero obedecio. Aunque muy travieso, aun no era lo bastante hombre para desafiar a papa abiertamente.

Margaret amaba las picardias de su hermano. Era el unico rayo de sol que iluminaba las tinieblas de su vida. Deseaba a menudo burlarse de papa como Percy lo hacia, y reirse a sus espaldas, pero se enfurecia demasiado para bromear sobre ello.

Al llegar a casa, se quedaron estupefactos al ver a una camarera descalza que regaba las flores del vestibulo. Papa no la reconocio.

– ?Quien es usted? -pregunto con brusquedad.

– Se llama Jenkins y ha empezado esta semana -dijo mama, con su suave acento norteamericano.

La muchacha hizo una reverencia.

– ?Y donde demonios estan sus zapatos? -pregunto papa. Una expresion de suspicacia cruzo el rostro de la chica, que lanzo una mirada acusadora a Percy.

– Su senoria, por favor, fue el joven lord Isley. -El titulo de Percy era conde de Isley-. Me dijo que las camareras deben ir descalzas los domingos para santificar la fiesta.

Mama suspiro y papa emitio un grunido de exasperacion. Margaret no pudo reprimir una sonrisa. Era la broma favorita de Percy: dar instrucciones imaginarias a los nuevos criados. Podia decir lo mas ridiculos del mundo con el rostro imperturbable, y como la familia tenia fama de ser excentrica, la gente se creia cualquier cosa.

Percy hacia reir con frecuencia a Margaret, pero esta sentia pena en estos momentos por la pobre camarera, descalza en el vestibulo y sintiendose como una idiota.

– Vaya a ponerse los zapatos -dijo mama.

– Y no crea nunca lo que diga lord Isley -anadio Margaret.

Se quitaron los sombreros y entraron en la sala de estar.

– Lo que has hecho ha sido vergonzoso -siseo Margaret, tirando del pelo a Percy. Percy se limito a sonreir: era incorregible. En una ocasion le habia dicho al vicario que su padre habia muerto de un ataque al corazon durante la noche, y todo el pueblo inicio el duelo antes de descubrir que no era cierto.

Papa conecto la radio y fue entonces cuando supieron la noticia: Inglaterra habia declarado la guerra a Alemania.

Margaret sintio que un salvaje regocijo crecia en su pecho, como la excitacion de conducir a excesiva velocidad o de subir a la copa de un arbol alto. Se habian disipado las incognitas: habria tragedia y afliccion, dolor y pena, pero ya era inevitable. La suerte estaba echada y lo unico que se podia era combatir. La idea acelero su corazon. Todo seria diferente. Se abandonarian las convenciones sociales, las mujeres participarian en la contienda, las diferencias de clase desaparecerian, todo el mundo trabajaria codo con codo. Casi podia palpar la atmosfera de libertad. Y entrarian en guerra contra los fascistas, los mismos que habian asesinado al pobre Ian y a otros miles de jovenes excelentes. Margaret no creia ser vengativa, pero se sentia asi cuando pensaba en luchar contra los nazis. Era una sensacion desconocida, aterradora y escalofriante.

Papa estaba furioso. Ya se le veia hinchado y rubicundo, y cuando se enfadaba siempre parecia que estaba a punto de estallar.

– ?Maldito Chamberlain! -exclamo-. ?Maldito sea ese canalla!

– Por favor, Algernon -dijo mama, reprochandole su lenguaje destemplado.

Papa habia sido uno de los fundadores de la Union Britanica de Fascistas. A partir de ese momento, cambio; no solo rejuvenecio, sino que adelgazo, gano en apostura y mitigo sus nervios. Habia cautivado a la gente y logrado su lealtad. Habia escrito un libro controvertido llamado Los mestizos: la amenaza de la contaminacion racial, sobre el declive de la civilizacion desde que la raza blanca empezo a mezclarse con judios, asiaticos, orientales e incluso negros. Se habia carteado con Adolf Hitler, al que consideraba el estadista mas grande desde Napoleon. En la casa se celebraban grandes recepciones cada fin de semana, a las que acudian politicos, a veces hombres de estado extranjeros y, en una inolvidable ocasion, el rey. Las discusiones se prolongaban hasta bien entrada la noche; el mayordomo subia mas conac de la bodega, en tanto los criados bostezaban en el vestibulo. Durante la depresion economica, papa habia esperado que el pais le llamara a rescatarle en su hora de crujir y rechinar de dientes, pidiendole que fuera primer ministro de un gobierno de reconstruccion nacional. Pero la llamada nunca se produjo. Las recepciones de los fines de semana fueron espaciandose y perdiendo participantes; los invitados mas distinguidos buscaron y encontraron formas de desligarse publicamente de la Union Britanica de Fascistas; y papa se convirtio en un hombre amargado y decepcionado. Su encanto desaparecio junto con su confianza. El resentimiento, el aburrimiento y la bebida dieron al traste con su apostura. Su intelecto nunca habia sido autentico. Margaret habia leido su libro, y se asombro al descubrir que no solo era desacertado, sino grotesco.

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