coser estrellas amarillas en todos sus vestidos de baile.

Parecia demasiado redondo para ser cierto. Margaret examino con atencion las palabras escritas en el reverso de la foto y comprendio la verdad.

– ?Percy! -exclamo con alegria-. ?Si es tu letra!

– No, no lo es -se defendio Percy.

Pero todo el mundo vio que si lo era. Margaret rio de buena gana. Percy habia encontrado en algun sitio la foto de la nina judia y falsificado la inscripcion del reverso para tornar el pelo a papa. Este habia picado el anzuelo, y no era de extranar: la peor pesadilla de cualquier racista debia ser descubrir que sus antepasados eran mestizos. Bien merecido.

– ?Bah! -dijo papa, y tiro la foto sobre una mesa.

– Percy, eres incorregible -se quejo mama. Las criticas habrian proseguido, pero en aquel momento se abrio la puerta y aparecio Bates, el colerico mayordomo.

– La comida esta servida, su senoria -anuncio.

Salieron de la sala de estar, cruzaron el vestibulo y entraron en el pequeno comedor. Habia rosbif demasiado hecho, como todos los domingos. Mama tomaria ensalada. Nunca comia alimentos cocinados, pues creia que el calor destruia su calidad.

Papa bendijo la mesa y se sentaron. Bates ofrecio a mama el salmon ahumado. Segun su teoria, los alimentos ahumados, en salmuera o conservados de maneras similares si podian consumirse.

– Esta claro que solo podemos hacer una cosa -dijo mama, mientras se servia el salmon. Hablaba en tono distendido de quien se limita a llamar la atencion sobre lo obvio-. Hemos de marcharnos a vivir a Estados Unidos hasta que esta estupida guerra termine.

Se produjo un momento de perplejo silencio.

– ?No! -estallo Margaret, horrorizada.

– Creo que ya hemos discutido bastante por hoy -dijo mama-. Comamos en paz y tranquilidad, por favor.

– ?No! -repitio Margaret. La indignacion casi le impedia hablar-. Vosotros… Vosotros no podeis hacer esto, es…, es… -Deseaba colmarles de insultos, acusarles de traicion y cobardia, manifestarles en voz alta su desprecio y repudio, pero las palabras no le salian, y lo unico que pudo decir fue-: ?No es justo!

Incluso eso fue excesivo.

– Si no puedes contener tus exabruptos, lo mejor sera que te marches -dijo papa.

Margaret se llevo la servilleta a la boca para ahogar un sollozo. Empujo la silla hacia atras, se puso en pie y salio corriendo del comedor.

Lo habian planeado desde hacia meses, claro.

Percy acudio a la habitacion de Margaret despues de comer y le explico los detalles. Iban a clausurar la casa, cubrir los muebles con sabanas protectoras y despedir a los criados. Los bienes quedarian en manos del administrador de los negocios de papa, que cobraria los alquileres. El dinero seria ingresado en el banco; no podria ser enviado a Estados Unidos a causa de las normas sobre el control de las divisas que regian en tiempos de guerra. Los caballos serian vendidos, las mantas protegidas con bolas de naftalina, y las vajillas de plata encerradas bajo llave.

Elizabeth, Margaret y Percy deberian preparar una sola maleta por cabeza; el resto de sus pertenencias seria recogida por una empresa de mudanzas. Papa habia reservado billetes para todos en el clipper de la Pan Am, y se irian el miercoles.

Percy estaba loco de alegria. Ya habia volado una o dos veces, pero el clipper era diferente. Un avion enorme, y muy lujoso: todos los periodicos habian hablado del acontecimiento cuando se inauguro el servicio unas semanas antes. El vuelo a Nueva York duraba veintinueve horas, y todo el mundo se acostaba para pasar la noche sobre el oceano Atlantico.

Era repugnantemente apropiado, penso Margaret, que se marcharan rodeados de lujos, dejando a su pais sumido en las privaciones, las penurias y la guerra.

Percy se fue a preparar su maleta y Margaret se quedo tendida en la cama, mirando el techo, amargamente decepcionada, presa de colera, llorando de frustracion, impotente para modificar su destino.

Permanecio en la cama hasta la hora de irse a dormir.

Por la manana, cuando aun seguia acostada, mama entro en su habitacion. Margaret se incorporo y le dirigio una mirada hostil. Mama se sento ante el tocador y miro al reflejo de Margaret en el espejo.

– No discutas con tu padre sobre esto, por favor -dijo.

Margaret se dio cuenta de que su madre estaba nerviosa. En otras circunstancias, el detalle habria bastado para suavizar su tono, pero estaba demasiado furiosa para contenerse.

– ?Es una cobardia! -estallo.

Mama palidecio.

– No nos comportamos como cobardes.

– ?Pero huis de vuestro pais cuando empieza la guerra!

– No tenemos otra alternativa. Hemos de irnos. Margaret estaba perpleja.

– ?Por que?

Mama se volvio y la miro de frente.

– Porque de lo contrario meteran a tu padre en la carcel. La sorpresa paralizo a Margaret.

– ?Como? Ser fascista no es ningun crimen.

– Se han decretado medidas de emergencia. ?Que mas da? Un simpatizante del ministerio del Interior nos ha avisado. Papa sera detenido si aun sigue en Inglaterra a fines de semana.

Margaret apenas podia creer que quisieran encarcelar a su padre como si fuera un ladron. Se sintio como una idiota; no habia pensado en las diferencias que la guerra impondria a la vida cotidiana.

– No nos permitiran llevarnos dinero -siguio su madre con amargura-. Bien por el concepto britanico del juego limpio.

El dinero era lo ultimo que a Margaret le importaba en estos momentos. Toda su vida estaba en la cuerda floja. Experimento un subito arrebato de valentia, y tomo la decision de decirle la verdad a su madre. Antes de que pudiera amilanarse, contuvo el aliento y dijo:

– No quiero ir con vosotros, mama.

Mama no expreso la menor sorpresa. Hasta era posible que esperase algo por el estilo.

– Has de venir, querida -respondio, en el tono suave y vago que utilizaba cuando intentaba evitar una discusion.

– A mi no me van a meter en la carcel. Puedo vivir con tia Martha, o incluso con la prima Catherine. ?Se lo diras a papa?

De subito, mama hablo con un ardor muy poco habitual en ella.

– Te di a luz con dolor y sufrimientos, y no permitire que arriesgues tu vida mientras pueda evitarlo.

Por un momento, aquella demostracion de sentimientos pillo por sorpresa a Margaret. Despues, protesto.

– Me parece que tengo derecho a expresar mi opinion: ?es mi vida!

Mama suspiro y adopto de nuevo sus languidos modales habituales.

– Lo que tu y yo pensemos da igual. Tu padre no quiere que nos quedemos, digamos lo que digamos.

La pasividad de mama irrito a Margaret, que decidio entrar en accion.

– Se lo pedire directamente.

– Yo que tu no lo haria -dijo su madre, con un timbre suplicante en la voz-. Todo esto es muy duro para el. Bien sabes que ama a Inglaterra. En cualquier otra circunstancia, ya habria telefoneado al ministerio de la Guerra para solicitar algun trabajo. Se le esta partiendo el corazon.

– Y el mio, ?que?

– Para ti no es lo mismo. Eres joven, tienes toda la vida por delante. Para el es el final de todas sus esperanzas.

– No tengo la culpa de que sea fascista -replico con aspereza Margaret.

Mama se puso en pie.

– Esperaba que fueras mas comprensiva -dijo en voz baja, y se marcho.

Margaret se sintio culpable e indignada al mismo tiempo. ?Era tan injusto! Papa habia menospreciado sus

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