opiniones desde que tuvo uso de razon, y ahora que los acontecimientos demostraban su equivocacion, pedian a Margaret que sintiera compasion por el.

Suspiro. Su madre era hermosa, excentrica y caotica. Habia nacido rica y decidida. Sus excentricidades eran el resultado de una voluntad fuerte a la que no guiaba ninguna educacion: se aferraba a ideas absurdas porque no tenia forma de diferenciar lo sensato de lo insensato. El caos era el metodo que utilizaba una mujer fuerte para paliar la dominacion masculina. Como no le estaba permitido enfrentarse a su marido, la unica manera de escapar a su control era fingir que no le entendia. Margaret queria a su madre, y contemplaba sus peculiaridades con afectuosa tolerancia, pero estaba resuelta a no ser como ella, a pesar de su parecido fisico. Si los demas se negaban a educarla, ella seria su propia maestra, y preferia llegar a ser una vieja solterona que casarse con algun cerdo convencido de tener derecho a darle ordenes como a una camarera.

A veces, deseaba entablar otro tipo de relacion con su madre. Queria confiar en ella, ganarse su simpatia, pedirle consejo. Podrian ser aliadas, luchar juntas por la libertad contra un mundo que queria tratarlas como adornos. Mama, sin embargo, habia abandonado esa lucha mucho tiempo atras, y esperaba que Margaret hiciera lo mismo. No iba a ocurrir. Margaret iba a ser ella misma: estaba absolutamente decidida. Pero ?como?

Se sintio incapaz de comer durante todo el lunes. Bebio incontables tazas de te, mientras los criados se dedicaban a clausurar la casa. El martes, cuando mama se dio cuenta de que Margaret no iba a hacer las maletas, ordeno a la nueva doncella, Jenkins, que lo hiciera en su lugar. De modo que, a la postre, mama se salio con la suya, como casi siempre.

– Has tenido muy mala suerte, entrando a trabajar en casa una semana antes de que decidieramos cerrarla -dijo Margaret a la muchacha.

– El trabajo no va a escasear, senora -respondio Jenkins-. Mi padre dice que nunca hay desempleo en tiempos de guerra.

– ?Que vas a hacer? ?Trabajar en una fabrica?

– Voy a alistarme. Han dicho en la radio que diecisiete mil mujeres se alistaron ayer en el STA. Hay colas ante los ayuntamientos de todas las ciudades del pais… He visto una foto en el periodico.

– Que suerte tienes -dijo Margaret, abatida. La unica cola que voy a hacer sera para subir a un avion con rumbo a Estados Unidos.

– Ha de obedecer al marques -dijo Jenkins.

– ?Que ha dicho tu padre sobre lo de alistarte?

– No se lo he dicho… Lo hare, y punto.

– ?Y si te obliga a volver?

– No podra. Tengo dieciocho anos. Basta con firmar la solicitud. Si se tiene la edad suficiente, los padres no pueden hacer nada para impedirlo.

– ?Estas segura? -pregunto Margaret, estupefacta.

– Claro. Todo el mundo lo sabe.

– Pues yo no -dijo Margaret con tono pensativo.

Jenkins bajo la maleta de Margaret al pasillo. Se irian el miercoles por la manana, muy temprano. Al ver las maletas alineadas, Margaret comprendio que iba a pasar la guerra en Connecticut si no hacia algo mas que enfurrunarse. A pesar de que su madre le habia rogado que no armara follones, tenia que enfrentarse a su padre.

Solo de pensar en ello se estremecio. Volvio a su cuarto para calmar los nervios y pensar en lo que iba a decir. Debia mantenerse tranquila. Las lagrimas no le conmoverian y la ira solo provocaria su desden. Margaret tenia que aparentar sensatez, responsabilidad y madurez. No debia enfrascarse en discusiones, pues su padre se enfureceria y ella se asustaria tanto que no podria continuar.

?Como debia empezar?: «Creo que tengo derecho a decir algo sobre mi futuro».

No, eso no estaba bien. El responderia: «Yo soy responsable de ti y, por tanto, debo decidir».

Tal vez deberia comenzar con un: «?Puedo hablarte sobre ese viaje a Estados Unidos?».

A lo que el replicaria: «No hay nada que discutir». Debia empezar con algo tan inofensivo que el no pudiera rechazarlo. Decidio que la formula seria: «?Puedo preguntarte una cosa?». Se veria forzado a contestar que si.

Y despues, ?que? ?Como podria plantear el tema sin provocar uno de sus temibles accesos de colera. Podria decirle: «Estuviste en el ejercito durante la pasada guerra, ?verdad?». Sabia que habia luchado en Francia. Luego, anadiria: «?Se alisto mama?». Tambien sabia la respuesta a esta pregunta: mama fue enfermera voluntaria en Londres y cuido de oficiales norteamericanos heridos. Por fin, remataria su obra: «Los dos habeis servido a vuestro pais, de manera que comprendereis muy bien por que quiero hacer lo mismo». Una estrategia irresistible.

Si aceptaba el principio, ella pensaba que anularia sus demas objeciones. Viviria en casa de unos parientes hasta alistarse, lo que seria cuestion de dias. Tenia diecinueve anos: muchas chicas de su edad ya llevaban trabajando seis anos en regimen de jornada completa. Era lo bastante mayor para casarse, conducir un coche e ir a la carcel. Nada la impedia quedarse en Inglaterra.

El plan parecia solido. Ahora, tenia que ser valiente.

Papa estaria en su estudio con el administrador de sus negocios. Margaret salio de su cuarto. Al llegar al rellano, el temor debilito su resolucion. A su padre le enfurecia que le llevaran la contraria. Sus accesos de colera eran terribles, y crueles sus castigos. Cuando tenia once anos, la obligo a permanecer de pie durante todo un dia, de cara a la pared, por ser grosera con un invitado; le habia quitado el osito de peluche como castigo por mearse en la cama a los siete anos; una vez, enfurecido, habia arrojado un gato por una ventana de arriba. ?Que haria ahora, cuando le dijera que queria quedarse en Inglaterra para luchar contra los nazis?

Se obligo a bajar la escalera, pero sus aprensiones aumentaron a medida que se acercaba a su estudio. Le vio enfurecerse en su mente, la cara roja y los ojos saltones, y se sintio aterrorizada. Intento calmar su enloquecido pulso, preguntandose si, en realidad, debia temer algo. Papa ya no podia partirle el corazon arrebatandole su osito de peluche. Sin embargo, sabia muy bien que aun no habia perdido la capacidad de hacerla desear que la tierra se la tragara.

Mientras se hallaba de pie frente a la puerta del estudio, temblorosa, el ama de llaves atraveso el vestibulo con un crujido de su vestido de seda negro. La senora Allen gobernaba con mano inflexible al personal femenino de la casa, pero siempre habia sido indulgente con los ninos. Apreciaba a la familia y su partida la habia entristecido profundamente; para ella, era el fin de una manera de vivir. Dirigio a Margaret una sonrisa llorosa.

Al mirarla, Margaret tuvo una idea que paralizo su corazon.

Un plan de huida se formo con todo detalle en su mente. Pediria dinero prestado a la senora Allen, se iria de casa ahora, cogeria el tren de las cuatro cincuenta y cinco a Londres, pasaria la noche en el piso de su prima Catherine y se alistaria en el STA a primera hora de la manana. Cuando su padre la localizara, ya seria demasiado tarde.

Era tan sencillo y osado que apenas podia creerlo, pero antes de que pudiera pensarlo dos veces se sorprendio diciendo:

– Ah, senora Allen, ?puede prestarme algo de dinero? He de hacer unas compras de ultima hora y no quiero molestar a papa. Esta muy ocupado.

La senora Allen no vacilo ni un instante.

– Por supuesto, senorita. ?Cuanto necesita?

Margaret no sabia cuanto costaba el billete a Londres; nunca habia comprado su pasaje.

– Oh, con una libra sera suficiente -dijo, a tontas y a locas. Estaba pensando: «?De veras estoy haciendo esto?».

La senora Allen saco del bolso dos billetes de diez chelines. De haberlos necesitado, era probable que le hubiera entregado los ahorros de toda su vida.

Margaret cogio el dinero con mano temblorosa. Este puede ser mi billete a la libertad, penso, y a pesar de que estaba asustada, una leve llama de esperanza henchida de alegria alumbro en su pecho.

La senora Allen, pensando que la joven se encontraba disgustada por la emigracion, le apreto la mano.

– Este es un dia muy triste, lady Margaret -dijo-. Un dia muy triste para todos nosotros.

Sacudio su cabeza gris con pesar y desaparecio en la parte posterior de la casa.

Margaret miro a su alrededor freneticamente. No se veia a nadie. Su corazon se agitaba como un pajaro

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