pasion.

Ella presintio la formidable pasion que alentaba en Mervyn, apenas contenida, y eso atizo mas la llama de su deseo. Se habia citado demasiadas veces con hombres debiles y obsequiosos que deseaban proporcionarle seguridad, hombres que se rendian con excesiva facilidad cuando ella rechazaba sus requerimientos. Mervyn iba a ser insistente, muy insistente. La deseaba, y la deseaba ahora. Ella anhelaba entregarse.

Sintio su mano bajo el salto de cama; sus dedos acariciaron la suave piel de la parte interna del muslo. Nancy cerro los ojos y, casi de forma involuntaria, abrio las piernas. Esa era toda la invitacion que el necesitaba. Un momento despues, la mano encontro su sexo, y ella gimio. Nadie le habia hecho esto desde que su marido murio. Este pensamiento la abrumo de tristeza. Oh, Sean, te echo de menos, penso, nunca me permitire reconocer cuanto te echo de menos. No se habia sentido muy apenada desde el funeral. Las lagrimas desbordaron sus parpados cerrados y resbalaron sobre su rostro. Mervyn la beso y saboreo sus lagrimas.

– ?Que pasa? -murmuro.

Nancy abrio los ojos. Vio su rostro, borroso a causa de las lagrimas, hermoso y preocupado; vio tambien el salto de cama recogido alrededor de su cintura, y la mano de Mervyn entre sus muslos. Cogio su muneca y le aparto la mano con suavidad, pero tambien con firmeza.

– No te enfades, por favor -suplico.

– No me enfadare, pero dime que te pasa.

– Nadie me ha tocado ahi desde que Sean murio, y eso me ha hecho pensar en el.

– Tu marido.

Ella asintio con la cabeza.

– ?Cuanto hace?

– Diez anos.

– Mucho tiempo.

– Soy fiel. -Le dirigio una sonrisa velada por las lagrimas-. Como tu.

Mervyn suspiro.

– Tienes razon. Me he casado dos veces, y esta es la primera vez que estoy a punto de ser infiel. Estaba pensando en Diana y ese tio.

– ?Estamos locos?

– Tal vez. Deberiamos dejar de pensar en el pasado, vivir el momento, preocuparnos solo del presente inmediato.

– Quiza tengas razon -dijo ella, besandole de nuevo.

El avion se bamboleo como si hubiera chocado con algo. Se dieron un golpe en la cara y las luces parpadearon. El aparato se sacudio y oscilo. Nancy dejo de pensar en besos y se aferro a Mervyn para conservar el equilibrio.

Cuando la turbulencia se apaciguo un poco, Nancy vio que el labio de Mervyn sangraba.

– Me has mordido -dijo el, con una sonrisa burlona.

– Lo siento.

– Yo no. Confio en que me deje una cicatriz.

Ella le abrazo con fuerza, invadida por un oleada de ternura.

Se tendieron juntos en el suelo mientras la tormenta rugia a su alrededor. Mervyn aprovecho la tregua siguiente para decir:

– Intentemos llegar a la litera… Estaremos mas comodos que sobre esta alfombra.

Nancy asintio. Gatearon por el suelo hasta trepar a la litera de ella. Mervyn se tendio a su lado. La rodeo con sus brazos y Nancy se apreto contra su camison.

Cada vez que las turbulencias empeoraba, ella le abrazaba con fuerza, como un marinero atado a un mastil. Cuando los movimientos se suavizaban, aflojaba su presa, y el la acariciaba.

En algun momento, Nancy se sumio en un sueno profundo.

La desperto una llamada a la puerta y una voz que grito:

– ?Mozo!

Abrio los ojos y se dio cuenta de que yacia en brazos de Mervyn.

– Oh, Dios mio -exclamo, presa del panico. Se incorporo y miro freneticamente a su alrededor.

Mervyn apoyo la mano en su hombro para tranquilizarla.

– Espere un momento, mozo -respondio, en tono autoritario.

– Tomese su tiempo, senor -dijo una voz asustada.

Mervyn salto de la cama, se puso en pie y cubrio a Nancy con las mantas. Ella le dirigio una mirada de gratitud y se dio la vuelta, fingiendo que dormia, para no tener que mirar al mozo.

Oyo que Mervyn abria la puerta y el mozo entraba.

– ?Buenos dias! -saludo, risueno. Nancy olio el aroma a cafe recien hecho-. Son las nueve y media de la manana, hora de Inglaterra, las cuatro y media de la madrugada en Nueva York, y las seis en punto en Terranova.

– ?Ha dicho que son las nueve y media en Inglaterra, pero las seis en punto de Terranova? -se extrano Mervyn-. ?Van tres horas y media retrasados con respecto a Inglaterra?

– En efecto, senor.

– No sabia que se empleaban medias horas. Debe complicar la vida a la gente que confecciona los horarios de las lineas aereas. ?Cuanto tiempo tardaremos en aterrizar?

– Dentro de treinta minutos, y solo con un retraso de una hora, por culpa de la tormenta.

El camarero salio y cerro la puerta.

Nancy se dio la vuelta. Mervyn abrio las persianas. Era de dia. Ella le miro mientras servia el cafe, y una serie de vividas imagenes reprodujeron la noche pasada: Mervyn cogiendole la mano durante la tempestad, los dos cayendo al suelo, la mano de Mervyn sobre su pecho, ella aferrada a su cuerpo mientras el avion oscilaba y se bamboleaba, la forma en que la habia acariciado para que durmiera. Santo Dios, penso, este hombre me gusta un monton.

– ?Como lo tomas? -pregunto Mervyn.

– Sin azucar.

– Igual que yo.

Le tendio una taza.

Ella lo bebio, agradecida. De repente, experimento curiosidad por saber cientos de cosas acerca de Mervyn. ?Jugaba al tenis, iba a la opera, le gustaba ir de compras? ?Leia mucho? ?Como se anudaba la corbata? ?Se limpiaba el mismo los zapatos? Mientras le veia beber el cafe, supo que podia adivinar muchas cosas. Era probable que jugara al tenis, pero no leia muchas novelas y, desde luego, no le gustaba nada ir de compras. Debia ser un buen jugador de poker y un mal bailarin.

– ?Que piensas? -pregunto el-. Me miras como si te estuvieras preguntando si vale la pena proponerme un seguro de vida.

Nancy rio.

– ?Que tipo de musica te gusta?

– Carezco de oido. Cuando era un crio, antes de la guerra, el ragtime hacia furor en las salas de baile. Me gustaba el ritmo, aunque no sabia bailar mucho. ?Y a ti?

– Oh, yo bailaba… Tenia que hacerlo. Cada sabado por la manana iba a una escuela de baile, con un vestido blanco muy emperifollado y guantes blancos, para aprender bailes de sociedad con chicos trajeados de doce anos. Mi madre pensaba que de esta manera se me abririan las puertas de la alta sociedad de Boston. No fue asi, por supuesto, pero a mi no me importo, por suerte. Me interesaba mas la fabrica de papa…, para desesperacion de mama. ?Combatiste en la Gran Guerra?

– Si. -Una sombra cruzo por su rostro-. Estuve en Ypres, y jure que nunca permitiria que otra generacion de jovenes fuera enviada a la muerte de aquella forma. Pero no me esperaba lo de Hitler.

Ella le dirigio una mirada compasiva. Mervyn levanto la vista. Se miraron a los ojos y ella supo que tambien el pensaba en los besos y caricias de la noche. De repente, experimento una intensa turbacion. Desvio la vista hacia la ventana y vio tierra. Eso le recordo que cuando llegara a Botwood la esperaba una llamada telefonica que cambiaria su vida, para bien o para mal.

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