Me resigne a seguir su consejo, aunque el viaje me parecia que seria una perdida de tiempo. En realidad no se me ocurria como buscar una pista sobre Amelia en la capital azteca. Pero la suerte estaba de mi lado, porque me telefoneo Pepe, el redactor jefe del periodico, para anunciarme que me enviaba unos cuantos libros a casa para que los fuera leyendo y le mandara las criticas cuanto antes.

– Oye, ?tu no fuiste trotskista? -le pregunte.

– Si, ?a que viene eso? -me respondio mosqueado.

– Trotski vivio en Mexico, ?no es asi?

– Si, alli le asesinaron.

– ?Crees que aun hay trotskistas en Mexico?

– ?Pero a que viene esta bobada! ?A ti que te importa si quedan trotskistas en Mexico?

– Necesito que me busques un contacto con algun trotskista mexicano.

– ?Tu estas pirado! Hace veinte anos que deje todo ese rollo.

– Bueno, pero seguro que sabes de alguien que me pueda ayudar. Busco un trotskista en Mexico, no un marciano en la Gran Via.

– ?Me puedes decir para que? No se en que andas metido, pero me estoy mosqueando…

– Te estoy pidiendo ayuda, no creo que te cueste tanto.

Discutimos un buen rato pero al final le convenci para que me echara una mano. Mientras organizaba el viaje al Distrito Federal espere impaciente la llamada de Pepe, que al final llego.

– He perdido toda la tarde para encontrar a alguien que conociera a algun camarada en Mexico. Por fin he dado con un amigo que estuvo una temporada trabajando en la secretaria de relaciones internacionales de la Liga, y me ha dado el telefono de un periodista mexicano que debe de tener mas anos que Matusalen. Llamale, pero a mi no me metas en tus lios, que no se ni por que te ayudo.

– Porque a pesar de ser un explotador tienes tu corazoncito.

– ?Guillermo, no me vaciles que no estoy de humor!

– Eso es porque nuestro querido director te explota, aunque no tanto como a mi, al menos te paga mejor.

– ?Oye, nada de discursos! Cuanto antes me envies las criticas de los libros que te he mandado, mejor que mejor.

Y, en efecto, estaba de suerte, porque llame al periodista mexicano y este se mostro encantado de ayudarme no bien llegara a su pais.

El viejo colega resulto ser de lo mas eficaz, porque cuando lo llame desde el hotel para decirle que habia llegado ya me habia preparado una cita.

– Manana le recibira don Tomas.

– ?Ah, si? Estupendo… y digame, ?quien es don Tomas?

– Un hombre sorprendente, es muy anciano, mas que yo, este ano cumple los cien.

– ?Cien anos?

– Si, cien anos, pero no se preocupe, tiene una memoria prodigiosa. Conocio a Trotski, a Diego Rivera, a Frida…

2

Tomas Jimenez resulto ser de verdad sorprendente. Con cerca de cien anos, conservaba la mirada viva y una memoria extraordinaria. Vivia en Coyoacan con uno de sus hijos y su nuera, que me parecieron casi tan mayores como el. Me aseguro que tenia mas de veinte nietos y una docena de bisnietos.

Habia dedicado su vida a la pintura, y frecuentado a algunos amigos del grupo de Diego Rivera y Frida Kahlo, aunque no formo parte del circulo de amigos intimos de la pareja.

La casa donde vivia don Tomas era una vieja casona solariega, con un patio interior que olia a jazmin y gozaba de la sombra de varios arboles frutales. La verdad es que quede prendado de Coyoacan, un oasis de belleza en medio del caos de la capital mexicana.

Dona Raquel, la nuera de don Tomas, me aviso de que no debia cansarle.

– Mi suegro tiene buena salud, pero tampoco esta para muchos trotes, de manera que confio en su buen juicio -me advirtio.

– De manera que es usted bisnieto de Amelia Garayoa. Guapa mujer, si senor, muy guapa -me dijo don Tomas al verme.

– ?La conocio usted?

– Si, por casualidad. Ella llego a Mexico en marzo de 1939 con un periodista gringo. Por aquel entonces yo era un trotskista que procuraba estar al tanto de cuanto sucedia alrededor de mi lider.

– ?Trato usted a Trotski?

– Un poco. Tenia miedo, Stalin habia intentado matarle unas cuantas veces y desconfiaba de todos. Llegar hasta el no era facil, y eso que aqui tenia muchos partidarios, yo entre ellos. Tiene usted que visitar la Casa Azul.

– ? La Casa Azul?

– Si, alli vivio Trotski con su mujer, Natalia. La casa era de Frida Kahlo, ahora es un museo. Cuando su bisabuela y el periodista llegaron a Mexico, las cosas no iban bien entre Trotski, Diego Rivera y Frida. Diego era un genio y tenia un caracter endiablado. Actuaba por impulsos y tan pronto se declaraba un trotskista convencido como discutia abiertamente con Trotski. Se enfadaron porque Diego no apoyo a Lazaro Cardenas, al que, claro, Trotski tenia mucho que agradecer. En realidad Trotski no confiaba demasiado en Diego, le admiraba como artista pero no le veia como un politico. Se enfadaron y Trotski y Natalia dejaron la Casa Azul, pero se quedaron aqui en Coyoacan, en una vivienda que hoy se ha convertido en el Museo Leon Trotski.

– ?Como conocio a Amelia Garayoa?

Don Tomas se tomo su tiempo antes de responder. Saco un cigarro, lo encendio y aspiro el humo, despues continuo su narracion.

«En aquel mes de marzo de 1939 unos amigos galeristas me invitaron a participar en una exposicion colectiva. Como puede imaginar para mi era muy importante. A la inauguracion vinieron muchos amigos, camaradas trotskistas sobre todo, y uno de ellos lo hizo acompanado de Amelia Garayoa y el periodista norteamericano Albert James. Este amigo mio, Orlando, que es mi compadre, tambien era periodista y dirigente del partido; formaba parte del circulo de Trotski y al parecer habia sido el intermediario de James para conseguirle la entrevista.

Vera usted, a su bisabuela era imposible no verla porque era bellisima. Parecia muy fragil, casi eterea; desperto de inmediato mi curiosidad y la de mis «cuates», y eso que en este pais no tenemos predileccion por las mujeres flacas, pero ella parecia especial. Tambien le dire por que no la he olvidado y es porque tuvo el valor de reconocer que en mi pintura no habia nada genial. Se puede imaginar que aquel dia yo solo recibia parabienes y elogios nada sinceros, pero su bisabuela no tuvo el menor empacho en decirme la verdad. Mi amigo Orlando nos presento pero omitio decir que yo era el autor de aquellos cuadros que no dejaba de alabar. A mi me parecio que Amelia torcia el gesto y miraba con indiferencia las pinturas.

– ?No le gustan los cuadros? -le pregunte.

– Creo que el pintor domina la tecnica del retrato, pero le falta «alma»; no, no creo que sea un genio.

Nos quedamos todos callados sin saber que decir. Albert James miro molesto a Amelia, y el bueno de Orlando se quedo igual de desconcertado que yo.

– ?Ah, las mujeres! Ahora opinan de todo. Pues mire chiquita, Tomas es uno de los mejores aunque usted no entienda mucho de pintura -le recrimino mi compadre.

– No soy una experta en pintura, pero reconocera conmigo que todos somos capaces de saber cuando estamos ante una obra maestra y genial. Sin duda estos cuadros no estan mal, pero no son nada especial -insistio Amelia, que parecia seguir sin enterarse de que yo era el autor de las pinturas.

Yo quede molesto con los comentarios de la espanola, asi que los deje plantados y me fui a seguir escuchando alabanzas de mis otros invitados. ?Era mi dia!, y ella me lo acababa de fastidiar.

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