sede absolutamente inusual para un negocio como aquel. Pero cambio de opinion con el paso del tiempo. ?Donde, si no, almacenar todas aquellas penas? Alguien habia anunciado que un buen dia la gente ansiaria dar con un medio para codificar sus emociones. Se necesitaria, para entonces, una estructura administrativa. Equipos de conductistas organizados en las cloacas, de acuerdo con una nueva marca de futurismo basada en procedimientos nuevos. A Pammy, las torres le parecian algo provisional. Seguian siendo meros conceptos, no por su desmesurado volumen menos transitorios que cualquier distorsion rutinaria de la luz. Que las cosas aun parecieran mas fugaces era algo concomitante con el hecho de que el espacio de las oficinas de Gestion del Duelo fuese continuo objeto de redistribucion. Los operarios sellaban algunas zonas con nuevos tabiques, abrian otras zonas, cambiaban de sitio los archivadores, llevaban las sillas rodantes y las propias mesas de aca para alla. Era como si se les hubiera indicado que ajustasen la cantidad del mobiliario de acuerdo con ?os niveles del trastorno nacional.

Pammy compartia una zona tabicada con Ethan Segal, que era responsable de coordinacion de actividades en las oficinas regionales. Debido a su cabello, que llevaba mas bien largo, y a su repertorio de gestos anticuados, a su manera de vestir extravagante y desaseada, a un excesivo refinamiento del estilo, por tanto ironico, Pammy lo consideraba un individuo de corte semieduardiano. Hasta las senales que daba de hallarse en una mas que mediana edad aparecian tenidas por una suerte de ornamentacion risuena. El exceso de peso le prestaba cierta ligereza, como sucede con determinadas personas, y Ethan aprovechaba esa ilusoria levedad para darselas de despreocupado e indiferente a la vez que caminaba, altivo en la conversacion, cobarde en los juegos. Y sus histrionicos gestos de brazos abiertos, sus gestos anticuados, se tornaban tanto mas teatrales y vacuos (intencionadamente) a medida que se colaban en su pose ciertas irregularidades. Con el vivia Jack Laws, aspirante a ir dando tumbos por la vida. Jack tenia un mechon de pelo completamente blanco que le asomaba por detras, por el cuello de la camisa; por lo demas, su cabello era negro. El exito que tenia con determinada clase de personas se basaba sobre todo en esa falla genetica. Era la marca, la etiqueta, el sello, la firma, el emblema de algo misterioso.

– Adorable, inutil de Jack… -?Que pasa? Estoy trabajando. -Es pasmoso, es casi sobrenatural, de veras, el modo en que alguien se hace una idea, ese minusculo anhelo de algo, tan humano, que entonces pasa a ser una forma de vida, la obsesion de la epoca. A mi me parece pasmoso, la verdad. Una persona como yo. Nutrida de realidades, de certezas, de las limitaciones de las cosas…

– Me confundi de torre. -Jack lo que querria es irse a vivir a Maine. -Pues lo que yo te diga, ?sabes? ?Por que no? -Es la fuerza que mueve su vida, aunque sea de repente, caida del cielo, precisamente Maine, que mundo, es todo lo que hay, y mas si se tiene en cuenta que nunca ha estado alli.

– Pero es una buena palabra -dijo ella.

– Maine, no me digas.

– Maine, es lo que digo yo -dijo ella-. Quizas sea simple, Ethan, pero tiene algo, tiene fuerza. Se tiene la sensacion de que es el meollo, una especie de meollo, el meollo moral.

– Si me lo dice una persona que elige las palabras, algo tendra que significar.

– Claro que elijo las palabras, no te quepa duda.

– Entonces, a lo mejor Jack tiene algo que…

– Ethan, Jack siempre tiene algo. Sea lo que sea, Jack se apropia del sentido interno de la cosa en si, de su centro mismo, de su corazon. Eso es algo que los dos sabemos de Jack.

– ?Y yo que hago? ?Ir y venir de alla al trabajo? ?En el dia?

– A mi me gustaria estar alli ahora mismo -dijo ella-. Esta ciudad. Esta epoca del ano…

– Julio, agosto.

– La ciudad de los chillidos.

– Asi que piensas que algo tiene.

– Yo elijo las palabras.

– Piensas que ha escogido una buena.

– Jack nunca falla. Jack acierta siempre.

Del mismo modo que consideraba a Ethan una suerte de semieduardiano, consideraba su boca, aparte del resto de su persona, como algo aleman. Tenia unos labios autoritarios, una especie de natural mueca de desden; en ocasiones, cuando poco le faltaba para babear al reirse, en las comisuras de los labios le asomaba salivilla. Esas eran las cosas que Pammy relacionaba con las escenas del alto mando aleman en las peliculas sobre la segunda guerra mundial.

– A lo mejor vamos a echar un vistazo.

– ?A echar un vistazo? ?A que? -Al terreno. A ver que pinta tiene. Solo a ver. Se lo esta diciendo a todo el mundo. O Maine, o nada. Y no es cuestion de que yo vaya y vuelva en el dia, por descontado que no. Pero solo a echar un vistazo. Tres semanas, cuatro. Ya se le quitara la idea de la cabeza, ya volveremos. La vida volvera a ser como antes, el mismo rollo de siempre. -Maine.

– Tienes razon, ?lo sabes? Que lista eres, Pammy. Tiene una especie de fuerza tallada en cristal de roca. Irrompible. Igual que Connecticut. Me gusta oirlo.

– Maine.

– Dilo, dilo.

– Maine -dijo ella-. Maine.

Lyle vio su numero en la pantalla de las llamadas. Se dirigio a una de las cabinas que se alineaban en la pared sur, para alcanzar el telefono que le tendia un recepcionista.

– Compra cinco mil de Motors a sesenta y cinco.

– General Motors.

– Hay mas detras.

Colgo el telefono y se dirigio al puesto 3. Un viejo amigo, McKechnie, atraveso la sala en perpendicular hacia el. Se cruzaron sin dar muestras de haberse reconocido. A lo largo de las horas siguientes y de forma esporadica, a medida que Lyle se desplazaba por diversos rincones del parque, negociaba en el anexo del garaje, conversaba con clientes en su cabina, no dejo de pensar en algo que no se le habia pasado por la cabeza desde muchos anos antes. No atino a recordar cuando se le habia ocurrido por primera vez esa sospecha. Obviamente, tuvo que haber sido muy pronto. Todo el mundo estaba al corriente de sus pensamientos, pero el no sabia nada de los pensamientos ajenos. Por el parque, la gente se empezaba a desplazar mas deprisa. Flotaba en el aire un potencial mixto, electrico, una sensacion casi precipitada de deleite y de congoja. En la pantalla, un precio ocasional suscitaba un rumor entre los brokers, los especialistas, los recepcionistas. Lyle contemplaba los codigos de las acciones y las cifras inclinadas que pasaban por debajo, segun iba escupiendo el ordenador. Delitos sexuales internos. Un bordado de violencia y rencor. Tales eran las verguenzas de su adolescencia. Si todos los presentes supieran sus pensamientos en ese preciso instante, si ese mensaje cifrado y verdoso que se desplazaba sobre la pantalla representase las lecturas de Lyle Wynant, solo le provocarian una clara humillacion los despojos mentales, toda la basura innombrable, los cristales rotos, los trapos, el papel de sus minimas, indefinibles manias. Las conversaciones que mantenia consigo mismo cuando viajaba por un tunel sujeto a una correa colgante del techo. Todos los patrones ceremoniales, las tareas domesticas del alma. Todo eso era mucho mas revelador, segun creia, que cualquier variacion sobre el incesto rutinario. Aumento el ruido en el parque al aparecer Xerox en pantalla. Mensajeros -masculinos y femeninos- flirteaban en pleno transito de un lugar a otro. Los restos de papel se acumulaban. Probablemente, creer que todo el mundo sabe lo que uno esta pensando no fuera un sentimiento insolito entre ninos ya de cierta edad y entre adolescentes. Te pongo en el centro de las cosas, aunque de un modo pasivo y aterrador. «Lo saben, pero no lo muestran.» Cuando el ritmo aflojo un poco se acerco a la zona de fumadores, detras del puesto 1. Alli estaba Frank McKechnie, fumando con avidez un cigarrillo.

– No estoy de humor.

– Yo tampoco.

– Es la decadencia total.

– ?De que me estas hablando? -dijo Lyle.

– Del mundo exterior.

– Ah, ?todavia sigue ahi? Crei que lo habiamos negado con absoluta eficacia. Crei que ese era el resultado final.

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