–?Manda algo mas la senorita? – pregunto antes de salir.

Con la boca aun llena me lleve un dedo a la sien, como simulando un tiro sin pretenderlo. Me miro asustada y me di cuenta entonces de que apenas era una chiquilla.

–Algo para el dolor de cabeza -aclare cuando pude por fin tragar.

Confirmo que me habia entendido con un gesto enfatico y se escabullo sin una palabra mas, deseando huir lo antes posible del cuarto de aquella loca que debi de parecerle.

Di fin a las tostadas, a un zumo de naranja, un par de croissants y un bollo suizo. Me servi despues una segunda taza de cafe y, al levantar la jarra de la leche, roce con el dorso de la mano el sobre que reposaba contra un pequeno bucaro con un par de rosas blancas. Note con el contacto algo parecido a un calambrazo, pero no lo cogi. No tenia nada escrito, ni una letra, pero yo sabia que era para mi y sabia quien lo enviaba. Termine el cafe y me dirigi al cuarto de bano lleno de vaho. Cerre los grifos e intente distinguir mi imagen en el espejo. Estaba tan empanado que, para verme, hube de secarlo con una toalla. Lamentable, fue la unica palabra que me vino a la boca al contemplar mi reflejo. Me desnude y entre en el agua.

Cuando sali, los restos del desayuno habian desaparecido y el balcon estaba abierto de par en par. Las palmeras del jardin, el mar y el cielo azul intenso del Estrecho parecian quererse meter en la habitacion, pero apenas les hice caso, tenia prisa. A los pies de la cama encontre la ropa planchada: el traje, la combinacion y las medias de seda, todo listo para volver a mi cuerpo. Y en la mesilla de noche, sobre una pequena bandeja de plata, una garrafa con agua, un vaso y un tubo de Optalidon. Trague dos pastillas de un golpe; lo pense mejor y me tome una mas. Volvi despues al bano y me recogi el pelo humedo en un mono bajo. Me maquille minimamente, no llevaba conmigo mas que la polvera y una barra de rouge. Despues me vesti. Todo listo, murmure al aire. Rectifique inmediatamente. Todo listo, casi. Faltaba un pequeno detalle. El que me esperaba en la mesa donde media hora antes habia desayunado: el sobre color crema sin destinatario aparente. Suspire y, cogiendolo con apenas dos dedos, lo guarde en el bolso sin volverlo a mirar.

Me fui. Atras deje un camison ajeno y el hueco de mi cuerpo entre las sabanas. El miedo no quiso quedarse, se vino conmigo.

–La cuenta de mademoiselle ya esta pagada, un auto la esta esperando -me dijo discretamente el jefe de recepcion. Ni el vehiculo ni el conductor me resultaron familiares, pero no pregunte de quien era el primero ni para quien trabajaba el segundo. Tan solo me acomode en el asiento trasero y, sin que de mi boca saliera una palabra, deje que entre ambos me llevaran a casa.

Mi madre no me pregunto como me habia ido la fiesta ni donde habia pasado la noche. Supuse que quien fuera que le trasladara el mensaje la noche anterior lo hizo con tal convencimiento que apenas dejo resquicio para la preocupacion. Si se fijo en mi mala cara, no dio muestras de que esta le causara la menor intriga. Tan solo levanto la vista de la prenda que estaba montando y me dio los buenos dias. Ni efusiva ni molesta. Neutra.

–Se nos ha acabado el cordon de seda -anuncio-. La senora de Aracama quiere que le pasemos la prueba del jueves al viernes y Frau Langenheim prefiere que cambiemos la caida del vestido de shantung.

Mientras seguia cosiendo y comentando las ultimas incidencias, coloque una silla frente a ella y me sente, tan cerca que mis rodillas quedaron casi rozando las suyas. Comenzo entonces a contarme algo acerca de la entrega de unas piezas de saten que habiamos pedido la semana anterior. No la deje terminar.

–Quieren que vuelva a Madrid y que trabaje para los ingleses; que les pase informacion sobre los alemanes. Quieren que espie a sus mujeres, madre.

La mano derecha se le paro en alto, sosteniendo la aguja enhebrada entre pespunte y pespunte. La frase se quedo a medias, la boca abierta. Inmovil en la postura, levanto los ojos por encima de las pequenas gafas que ya entonces usaba para coser y me clavo una mirada llena de desconcierto.

No segui hablando inmediatamente. Antes tome aire y lo expulse un par de veces: con fuerza, con grandes bocanadas, como si me faltara la respiracion.

–Dicen que Espana esta llena de nazis -continue-. Los ingleses necesitan gente para informarles sobre lo que hacen los alemanes: con quien se reunen, donde, cuando, como. Han pensado en ponerme un taller y que yo cosa para sus esposas, para que despues les cuente lo que vea y oiga.

–Y tu, ?que les has contestado?

Su voz, como la mia, fue apenas un susurro.

–Que no. Que no puedo, que no quiero. Que estoy bien aqui, contigo. Que no tengo interes en volver a Madrid. Pero me piden que me lo piense.

El silencio se extendio por toda la estancia, entre las telas y los maniquies, rodeando las bobinas de hilo, posandose en las tablas de coser.

–?Y eso ayudaria a que Espana no entrara en guerra otra vez? – pregunto por fin.

Me encogi de hombros.

–Todo puede en principio ayudar o, al menos, eso creen -dije sin gran convencimiento-. Estan intentando montar una trama de informadores clandestinos. Los ingleses desean que los espanoles nos quedemos al margen de lo que pasa en Europa, que no nos aliemos con los alemanes y no intervengamos; dicen que sera lo mejor para todos.

Bajo la cabeza y concentro la atencion en la tela en la que estaba trabajando. No dijo nada a lo largo de unos segundos: se quedo pensando, reflexionando sin prisa mientras la acariciaba con la yema del pulgar. Finalmente, alzo la mirada y se quito las gafas despacio.

–?Quieres mi consejo, hija? – pregunto.

Movi la barbilla con gesto rotundo. Si, claro que queria su consejo: necesitaba que me confirmara que mi negativa era razonable, ansiaba oir de su boca que aquel plan era una autentica insensatez. Queria que volviera la madre de siempre, que dijera que quien' me creia yo que era para andar jugando a los agentes secretos. Quise encontrar de nuevo a la Dolores firme de mi infancia: la prudente, la resolutiva, la que siempre sabia lo que estaba bien y lo que estaba mal. La que me crio marcando el camino recto al que un mal dia yo di esquinazo. Pero el mundo habia cambiado no solo para mi: los puntales de mi madre tambien eran ya otros.

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату