–Ve con ellos, hija. Ayuda, colabora. Nuestra pobre Espana no puede entrar en otra guerra, ya no le quedan fuerzas.
–Pero, madre…
No me dejo seguir.
–Tu no sabes lo que es vivir en guerra, Sira. Tu no te has despertado un dia y otro con el ruido de las ametralladoras y el estallido de los morteros. Tu no has comido lentejas con gusanos mes tras mes, no has vivido en invierno sin pan, ni carbon, ni cristales en las ventanas. No has convivido con familias rotas y ninos hambrientos. No has visto ojos llenos de odio, de miedo, o de las dos cosas a la vez. Espana entera esta arrasada, nadie tiene ya fuerzas para soportar de nuevo la misma pesadilla. Lo unico que este pais puede hacer ahora es llorar a sus muertos y tirar hacia delante con lo poco que le queda.
–Pero… -insisti.
Volvio a interrumpirme. Sin alzar la voz, pero tajante.
–Si yo fuera tu, ayudaria a los ingleses, haria lo que me pidieran. Ellos trabajan en su propio beneficio, de eso no te quepa duda: todo esto lo hacen por su patria, no por la nuestra. Pero si su beneficio nos beneficia a todos, bendito sea Dios. Supongo que la peticion te habra llegado de tu amiga Rosalinda.
–Estuvimos hablando ayer durante horas; esta manana me ha dejado escrita una carta, aun no la he leido. Supongo que seran instrucciones.
–Por todas partes se oye que a su Beigbeder le quedan cuatro dias de ministro. Parece que van a echarle precisamente por eso, por hacerse amigo de los ingleses. Imagino que el tambien tendra algo que ver en esto.
–La idea es de los dos -confirme.
–Pues ya podia haber puesto el mismo empeno en librarnos de la otra guerra en la que ellos mismos nos metieron, pero eso pasado esta y ya no tiene remedio, lo que hay que hacer ahora es mirar al futuro. Tu veras lo que decides, hija. Me has pedido mi consejo y yo te lo he dado: con gran dolor de mi corazon, pero entendiendo que eso es lo mas responsable. Para mi tambien sera dificil: si te vas, volvere a estar sola y vivire otra vez con la incertidumbre de no saber de ti. Pero creo que si, que debes marcharte a Madrid. Yo me quedare aqui y sacare el taller adelante. Buscare a alguien para que me ayude, tu por eso no te preocupes. Y cuando todo acabe, Dios dira.
No pude responder. No me quedaban excusas. Decidi irme, salir a la calle, dejar que me diera el aire. Tenia que pensar.
38
Entre en el hotel Palace un mediodia de mediados de septiembre con el andar seguro de alguien que hubiera pasado media vida taconeando por los halls de los mejores hoteles del planeta. Llevaba un tailleur de lana fria color sangre espesa y la melena recien cortada por encima del hombro. Sobre ella, un sofisticado sombrero de fieltro y plumas salido del taller de Madame Boissenet en Tanger: toda
A mi espalda, un botones portaba un neceser, dos maletas de Goyard y otras tantas sombrereras. El resto del equipaje, los enseres y el cargamento de telas llegarian por carretera al dia siguiente tras cruzar el Estrecho sin problemas: como habrian de tenerlos, si los permisos para el transito de aduanas iban sellados y resellados con los timbres mas oficiales del universo entero, cortesia del Ministerio espanol de Asuntos Exteriores. Yo, por mi parte, llegue en avion, la primera vez que vole en mi vida. Del aerodromo de Sania Ramel a Tablada en Sevilla; de Tablada a Barajas. Sali de Tetuan con mi documentacion espanola a nombre de Sira Quiroga, pero alguien se encargo de amanar la lista de pasajeros para que yo no figurara en ella como tal. A lo largo del vuelo, con las pequenas tijeras de mi costurero de emergencia, desintegre mi viejo pasaporte en mil tiritas que guarde dentro de un panuelo anudado: al fin y al cabo, era un documento de la Republica, de poco iba ya a servirme en la Nueva Espana. Aterrice en Madrid con un flamante pasaporte marroqui. Junto a la fotografia, un domicilio en Tanger y mi identidad recien adquirida: Arish Agoriuq. ?Extrano? No tanto. Tan solo era el nombre y el apellido de siempre puestos del reves. Y con la
En los dias previos a mi marcha segui al pie de la letra todas las instrucciones contenidas en la larga carta de Rosalinda. Contacte con las personas indicadas para la obtencion de mi nueva identidad. Elegi las mejores telas en las tiendas sugeridas y encargue que las enviaran junto con las facturas correspondientes a una direccion local que nunca supe a quien pertenecia. Fui otra vez al bar de Dean y pedi un bloody mary. Si mi decision hubiera sido negativa, tendria que haberme decantado por una humilde limonada. Me sirvio el barman con gesto impasible. Como sin ganas comento entretanto lo que parecian simples trivialidades: que la tormenta de la noche anterior habia destrozado un toldo, que un barco de nombre
–Mr Jason -dijo simplemente senalandome una presencia masculina al fondo de la azotea. Al momento se invisibilizo trotando escaleras abajo.
Tenia unas cejas tremendamente espesas y su nombre no era Jason, sino Hillgarth. Alan Hillgarth, agregado naval de la embajada britanica en Madrid y coordinador de las actividades del Servicio Secreto en Espana. Rostro ancho, frente despejada y pelo oscuro, con raya rectilinea y peinado hacia atras con brillantina. Se acerco vestido con un traje de alpaca gris cuya calidad se intuia aun en la distancia. Caminaba seguro, sosteniendo un maletin de piel negra en la mano izquierda. Se presento, estrecho mi mano y me invito a disfrutar por unos momentos de la panoramica. Impresionante, ciertamente. El puerto, la bahia, el Estrecho entero y una franja de tierra al fondo.
–Espana -anuncio apuntando al horizonte-. Tan cerca y tan lejos. ?Nos sentamos?
