Con el comisario Vazquez use la misma estrategia, pero inmediatamente supe que el embuste no cuajo. Como iba a burlarle, si estaba al tanto de todas las cuentas que todavia tenia yo pendientes y del panico que me provocaria enfrentarme a ellas. Fue el unico que intuyo que tras mi inocente desplazamiento habia algo mas complejo; algo de lo que no podia hablar. Ni a el, ni a nadie. Quiza por eso prefirio no indagar. De hecho, apenas dijo nada: se limito, como siempre, a mirarme con sus ojos dinamiteros y a aconsejarme que tuviera cuidado. Me acompano despues hasta la salida para hacer de paraguas frente a las babas calenturientas de sus subordinados. En la puerta de su comisaria nos despedimos. ?Hasta cuando? Ninguno de los dos sabia. Quiza hasta pronto. Quiza hasta nunca.

Ademas de las telas y los utiles de costura, compre un buen numero de revistas y algunas piezas de artesania marroqui con la ilusion de dar a mi taller madrileno un aire exotico en concordancia con mi nuevo nombre y mi supuesto pasado de prestigiosa modista tangerina. Bandejas de cobre repujado, lamparas con cristales de mil colores, teteras de plata, algunas piezas de ceramica y tres grandes alfombras bereberes. Un pedacito de Africa en el centro del mapa de la exhausta Espana.

Cuando entre por primera vez en el gran piso de Nunez de Balboa todo estaba listo, esperandome. Las paredes pintadas en blanco satinado, la tarima de roble del suelo recien pulida. La distribucion, la organizacion y el orden eran una replica a gran escala de mi casa de Sidi Mandri. La primera zona consistia en una sucesion de tres salones comunicados que triplicaban las dimensiones del antiguo. Los techos infinitamente mas altos, los balcones mas senoriales. Abri uno de ellos, pero al asomarme no encontre el monte Dersa, ni el macizo del Gorgues, ni en el aire una brizna de olor a azahar y jazmin, ni la cal en las paredes vecinas, ni la voz del muecin llamando a la oracion desde la mezquita. Cerre precipitadamente, cortando el paso a la melancolia. Segui entonces avanzando. En la ultima de las tres estancias principales se encontraban acumulados los rollos de telas traidos de Tanger, un sueno de piezas de dupion de seda, encaje de guipur, muselina y chifon en todas la tonalidades imaginables, desde el recuerdo de la arena de la playa hasta rojos fuego, rosas y corales o todos los azules posibles entre el cielo de una manana de verano y el mar revuelto en una noche de tormenta. Las salas de pruebas, dos, tenian la amplitud duplicada por efecto de los imponentes espejos de tres cuerpos bordeados de marqueteria de pan de oro. El taller, al igual que en Tetuan, ocupaba la parte central, solo que era infinitamente mayor. La gran mesa para cortar, tablas de plancha, maniquies desnudos, hilos y herramientas, lo comun. Al fondo, mi espacio: inmenso, excesivo, diez veces por encima de mis necesidades. De inmediato intui la mano de Rosalinda en todo aquel montaje. Solo ella sabia como yo trabajaba, como tenia organizada mi casa, mis cosas, mi vida.

En el silencio de la nueva residencia volvio a llamar a la puerta de mi conciencia la pregunta que tamborileaba en mi cabeza desde un par de semanas atras. Por que, por que, por que. Por que habia aceptado aquello, por que iba a embarcarme en esa aventura incierta y ajena, por que. Seguia sin respuesta. O, al menos, sin una respuesta definida. Tal vez accedi por lealtad a Rosalinda. Tal vez porque crei que se lo debia a mi madre y a mi pais. Quiza no lo hice por nadie o tan solo por mi misma. Lo cierto era que habia dicho si, adelante: con plena conciencia, prometiendome abordar aquella tarea con determinacion y sin dudas, sin recelos, sin inseguridades. Y alli estaba, embutida en la personalidad de la inexistente Arish Agoriuq, recorriendo su nuevo habitat, taconeando con fuerza escalera abajo, vestida con todo el estilo del mundo y dispuesta a convertirme en la modista mas falsa de todo Madrid. ?Tenia miedo? Si, todo el miedo del universo aferrado a la boca del estomago. Pero a raya. Domesticado. A mis ordenes.

Con el portero de la finca me llego el primer recado. Las chicas a mi servicio se presentarian a la manana siguiente. Juntas llegaron Dora y Martina, dos anos las separaban. Eran parecidas y distintas a la vez, como complementarias. Dora tenia mejor constitucion, Martina ganaba en facciones. Dora parecia mas lista, Martina mas dulce. Me gustaron ambas. No me agrado, en cambio, la ropa miserable que llevaban puesta, sus caras de hambre atrasada y el retraimiento que traian metido en el cuerpo. Las tres cosas, afortunadamente, hallaron solucion pronto. Les tome medidas y en breve tuve listos un par de elegantes uniformes para cada una de ellas: las primeras usuarias del arsenal de telas tangerino. Con unos cuantos billetes del sobre de Hillgarth, las mande al mercado de La Paz en busca de avituallamiento.

–?Y que compramos, senorita? – preguntaron con los ojos como platos.

–Lo que encontreis, dicen que no hay mucho de nada. Lo que vosotras veais, ?no me habeis dicho que sabeis cocinar? Pues venga, a ello.

El apocamiento tardo en desaparecer, aunque poco a poco se fue diluyendo. ?Que temian, que les causaba tanta introversion? Todo. Trabajar para la extranjera africana que se suponia que era yo, el edificio imponente que albergaba mi nuevo domicilio, el temor a no saber desenvolverse en un sofisticado taller de costura. Dia a dia, no obstante, fueron amoldandose a su nueva vida: a la casa y a las rutinas cotidianas, a mi. Dora, la mayor, resulto tener buena mano para la costura y comenzo a ayudarme pronto. Martina, en cambio, era mas de la escuela de Jamila y de la mia en mis anos de juventud: le gustaba la calle, los mandados, el constante ir y venir. La casa la llevaban a medias entre las dos, eran eficientes y discretas, buenas muchachas, como entonces se decia. De Beigbeder hablaron alguna vez; nunca les confirme que le conocia. Don Juan, le llamaban. Le recordaban con carino: lo asociaban con Berlin, con un tiempo pasado del que aun les quedaban memorias difusas y el rastro de la lengua.

Todo se fue desenvolviendo de acuerdo con las expectativas de Hillgarth. Mas o menos. Llegaron las primeras clientas, algunas fueron las previstas, otras no. Abrio la temporada Gloria von Furstenberg, hermosa, majestuosa, con el pelo zaino peinado en gruesas trenzas que formaban en su nuca una especie de corona negra de diosa azteca. De sus ojazos saltaron chispas cuando vio mis telas. Las observo, las toco y calibro, pregunto precios, descarto algunas rapidamente y probo el efecto de otras sobre su cuerpo. Con mano experta eligio aquellas que mas le favorecian entre las de coste no exagerado. Repaso tambien con ojo habil las revistas, parandose en los modelos mas acordes con su cuerpo y su estilo. Aquella mexicana de apellido aleman sabia perfectamente lo que queria, asi que ni me pidio ningun consejo ni yo me moleste en darselos. Se decanto finalmente por una tunica de gazar color chocolate y un abrigo de noche de otoman. El primer dia vino sola y hablamos en espanol. A la primera prueba trajo a una amiga, Anka von Fries, quien me encargo un vestido largo en crepe gorguette y una capa de terciopelo rubi rematada con plumas de avestruz. En cuanto las oi hablar entre ambas en aleman, requeri la presencia de Dora. Bien vestida, bien comida y bien peinada, la joven ya no era ni sombra del gorrion asustadizo que llego junto a su hermana apenas unas semanas atras: se habia convertido en una ayudante esbelta y silenciosa que tomaba notas mentales de todo cuanto sus oidos captaban y salia disimuladamente cada pocos minutos para transcribir en un cuaderno los detalles.

–Siempre me gusta tener un registro exhaustivo de todas mis clientas -le habia advertido-. Quiero entender lo que dicen para saber adonde van, con quien se mueven y que planes tienen. De esta manera, tal vez pueda captar nueva clientela. Yo me encargo de lo que se diga en espanol, pero lo que hablen en aleman es tarea tuya.

Si aquel cercano seguimiento de las clientas causo alguna extraneza en Dora, no lo demostro. Probablemente pensara que se trataba de algo razonable, lo comun en aquel tipo de negocio tan nuevo para ella. Pero no lo era; no lo era en absoluto. Anotar silaba a silaba los nombres, cargos, lugares y fechas que salian de las bocas de las clientas no era una tarea normal, pero nosotras lo haciamos a diario, aplicadas y metodicas como buenas pupilas. Despues, por la noche, repasaba mis notas y las de Dora, extraia la informacion que creia que podia ser de interes, la sintetizaba en frases breves y finalmente la transcribia a signos de codigo morse invertido, adaptando las rayas largas y breves a las lineas rectas y ondulantes de aquellos patrones que jamas formarian parte de ninguna pieza completa. Las cuartillas con las anotaciones manuscritas se convertian en ceniza cada madrugada por medio de una simple cerilla. A la manana siguiente no quedaba ni una letra de lo escrito, pero si

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