le habian organizado todo para irse a Africa, que tu estabas alli y que de alguna manera habias conseguido que alguien pudiera sacarla de Madrid. No sabia que hacer, estaba asustada. Vino a consultarme, a ver que me parecia a mi todo eso.
Mi maquillaje impecable no dejo entrever el desconcierto que sus palabras me estaban causando: jamas imagine que mi madre hubiera dudado entre quedarse o no.
–Yo le dije que se fuera, que se marchara lo antes posible -prosiguio-. Madrid era un infierno. Todos sufrimos mucho, hija, todos. Los de las izquierdas, peleando dia y noche para que no entraran los nacionales. Los de derechas, ansiando lo contrario, escondidos para que no los descubrieran y los llevaran a las checas. Y los que, como tu madre y yo, no eramos ni de un bando ni de otro, esperando a que el horror terminara para poder seguir viviendo en paz. Y todo eso, sin un gobierno al mando; sin nadie que pusiera un poco de orden en medio de aquel caos. Asi que le aconseje que si, que se fuera, que saliera de este sinvivir y no desperdiciara la ocasion de recuperarte.
A pesar de mi perplejidad, decidi no preguntar nada sobre aquel encuentro ya lejano. Habia ido a ver a mi vieja maestra con un plan de futuro inmediato, asi que opte por avanzar hacia el.
–Hizo bien en animarla, no sabe cuanto se lo agradezco, dona Manuela -dije-. Ella esta estupenda ahora, contenta y trabajando otra vez. Yo monte un taller en Tetuan en el 36, justo unos meses despues de empezar la guerra. Alli las cosas estaban tranquilas y, aunque las espanolas no tenian el cuerpo para fiestas y costuras, habia algunas senoras extranjeras a las que la guerra importaba bastante poco. Asi que se convirtieron en mis clientas. Cuando llego mi madre, seguimos cosiendo juntas. Y ahora, yo he decidido volver a Madrid y empezar de nuevo con otro taller.
–?Y has vuelto sola?
–Yo ya llevo mucho tiempo sola, dona Manuela. Si me esta preguntando por Ramiro, aquello no duro mucho.
–Entonces, ?Dolores se ha quedado alli sin ti? – pregunto sorprendida-. Pero si se marcho precisamente para estar contigo…
–Le gusta Marruecos: el clima, el ambiente, la vida tranquila… Tenemos muy buenas clientas y ha hecho tambien amigas. Ha preferido quedarse. Yo, en cambio, echaba de menos Madrid -menti. Asi que decidimos que yo me vendria, empezaria a trabajar aqui y, cuando los dos talleres estuvieran en marcha, ya pensariamos que hacer.
Me miro fijamente durante unos segundos eternos. Tenia los parpados caidos, la cara llena de surcos. Andaria por los sesenta y tantos, quiza se acercara ya a los setenta. Su espalda encorvada y las callosidades de los dedos mostraban el rastro de todos y cada uno de aquellos anos de duro trajinar con las agujas y las tijeras. Como simple costurera primero, como oficiala de taller despues. Como duena de un negocio mas tarde y como marino sin barco, inactiva, al final. Pero no estaba acabada, que va. Sus ojos vivos, pequenos y oscuros como aceitunillas negras, reflejaban la agudeza de quien aun mantenia la cabeza bien puesta sobre los hombros.
–No me lo estas contando todo, ?verdad, hija? – dijo por fin.
Vieja lagarta, pense con admiracion. Se me habia olvidado lo lista que era.
–No, dona Manuela, no se lo estoy contando todo -reconoci-. No se lo estoy contando todo porque no puedo hacerlo. Pero si puedo contarle una parte. Vera, en Tetuan conoci a gente importante, gente que a dia de hoy aun es influyente. Ellos me animaron para que viniera a Madrid, montara un taller y cosiera para ciertas clientas de la clase alta. No para senoras cercanas al regimen sino, sobre todo, para extranjeras y para espanolas aristocratas y monarquicas, de las que piensan que Franco esta usurpando el puesto del rey.
–?Para que?
–?Para que, que?
–?Para que quieren tus amigos que tu cosas para esas senoras?
–No se lo puedo decir. Pero necesito que usted me ayude. He traido telas magnificas de Marruecos y aqui hay una escasez enorme de tejidos. Se ha corrido la voz y he ganado fama, pero tengo mas clientas de las previstas y no puedo atenderlas a todas yo sola.
–?Para que, Sira? – repitio lentamente-. ?Para que coses a esas senoras, que quereis de ellas tu y tus amigos?
Aprete los labios con decision, dispuesta a no soltar una palabra. No podia. No debia. Pero una fuerza extrana parecio empujar mi voz desde el estomago. Como si dona Manuela estuviera de nuevo al mando y yo no fuera mas que una aprendiza adolescente; como cuando tenia todo el derecho a exigirme explicaciones por haberme escapado de una manana entera de trabajo yendo a comprar tres docenas de botones de nacar a la plaza de Pontejos. Hablaron mis visceras y el ayer, yo no.
–Les coso para obtener informacion sobre lo que hacen los alemanes en Espana. Despues paso esa informacion a los ingleses.
Me mordi el labio inferior nada mas pronunciar la ultima silaba, consciente de mi imprudencia. Lamente haber traicionado la promesa hecha a Hillgarth de no revelar a nadie mi cometido, pero ya estaba dicho y no habia vuelta atras. Pense entonces en aclarar la situacion: anadir aquello de que era conveniente para Espana mantener la neutralidad, de que no estabamos en condiciones de afrontar otra guerra; todas esas cosas, en fin, en las que tanto me habian insistido. Pero no hizo falta porque, antes de que pudiera agregar nada, percibi un brillo raro en los ojos de dona Manuela. Un brillo en los ojos y el apunte de una sonrisa en un lado de la boca.
–Con los compatriotas de dona Victoria Eugenia, hija mia, lo que haga falta. Dime nada mas cuando quieres que empiece.
Seguimos hablando la tarde entera. Organizamos como habriamos de repartirnos el trabajo y, a las nueve de la manana del dia siguiente, la tenia en casa. Acepto de mil amores ocupar un papel secundario en el taller. No tener que dar la cara con las clientas fue casi un alivio para ella. Nos compenetramos a la perfeccion: tal como habian hecho a lo largo de los anos mi madre y ella, pero con el orden invertido. Accedio a su nuevo puesto con la humildad de los grandes: se incorporo a mi vida y a mi ritmo, congenio con Dora y Martina, aporto su experiencia y una energia que para si habrian querido muchas mujeres con tres decadas menos a la espalda. Se adapto sin el menor inconveniente a que fuera yo quien llevara la batuta, a mis lineas e ideas menos convencionales y a asumir mil pequenas tareas que tantas otras veces habian hecho las simples modistillas a sus ordenes. Volver a la brecha tras los duros anos de inactividad fue para ella un regalo y, como un bancal de amapolas con el agua de abril, emergio de sus dias mortecinos y revivio.
