un punado de mensajes ocultos en el contorno de una solapa, una cinturilla o un canesu.
Tuve tambien como clienta a la baronesa de Petrino, esposa del poderoso encargado de prensa Lazar: infinitamente menos espectacular que la mexicana, pero con unas posibilidades economicas mucho mayores. Eligio las telas mas caras y no escatimo en caprichos. Trajo a mas clientas, dos germanas, una hungara tambien. A lo largo de muchas mananas, mis salones se convirtieron para ellas en centro de reunion social con un barullo de lenguas de fondo. Ensene a Martina a preparar te a la manera moruna, con la hierbabuena que plantamos en macetas de barro sobre el alfeizar de la ventana de la cocina. La instrui sobre como manejar las teteras, como verter airosa el liquido hirviente en los pequenos vasos con filigrana de plata; hasta le ensene a pintarse los ojos con khol y cosi a su medida un caftan de raso gardenia para dar a su presencia un aire exotico. Una doble de mi Jamila en otra tierra, para que la tuviera siempre presente.
Todo marchaba bien; sorprendentemente bien. Me desenvolvia en mi nueva vida con plena seguridad, entraba en los mejores sitios con paso firme. Actuaba ante las clientas con aplomo y decision, protegida por la armadura de mi falso exotismo. Entremezclaba con desfachatez palabras en frances y arabe: posiblemente decia en esta lengua bastantes sandeces, habida cuenta de que a menudo repetia simples expresiones retenidas a fuerza de haberlas oido en las calles de Tanger y Tetuan, pero cuyo sentido y uso exacto desconocia. Hacia esfuerzos para que, en aquel poliglotismo tan falso como aturullado, no se me escurriera alguna rafaga del ingles roto que de Rosalinda habia aprendido. Mi condicion de extranjera recien llegada me servia de util refugio para encubrir mis puntos mas debiles y evitar los terrenos pantanosos. A nadie, sin embargo, parecia importar ni poco ni mucho mi origen: interesaban mas mis tejidos y lo que con ellos fuera capaz de coser. Hablaban las clientas en el taller, parecian sentirse comodas. Comentaban entre ellas
Salia a veces, no demasiado. Fui a Embassy en algunas ocasiones a la hora del aperitivo. Capte desde el primer dia al capitan Hillgarth, de lejos, bebiendo whisky con hielo sentado entre un grupo de compatriotas. El tambien noto mi presencia de inmediato, como no. Pero solo yo lo supe: ni un solo milimetro de su cuerpo se inmuto ante mi llegada. Mantuve el bolso aferrado con firmeza en la mano derecha y fingimos no habernos visto. Salude a un par de clientas que alabaron publicamente mi atelier ante otras senoras; tome un coctel con ellas, recibi miradas apreciativas de unos cuantos varones y, desde la falsa atalaya de mi cosmopolitismo, observe con disimulo a la gente que a mi alrededor habia. Clase, frivolidad y dinero en estado puro, repartido por la barra y las mesas de un pequeno local en esquina decorado sin la menor ostentacion. Habia senores con trajes de las mejores lanas, alpacas y tweeds, militares con la esvastica en el brazo y otros con uniformes extranjeros que no identifique, cuajados todos en la bocamanga de galones y estrellas de puntas abundantes. Habia senoras elegantisimas con sastres de dos piezas y tres hilos al cuello de perlas como avellanas; con el
En una esquina de la barra, erguida y digna, saludando atenta a los clientes mientras controlaba a la vez el movimiento incesante de los camareros, percibi a quien supuse que seria la propietaria del establecimiento, Margaret Taylor. Hillgarth no me habia puesto al tanto de la clase de colaboracion que mantenia con ella, pero no me cabia duda de que esta iba mas alla de un simple intercambio de favores entre la duena de un lugar de esparcimiento y uno de sus clientes habituales. La contemple mientras entregaba la cuenta a un oficial nazi de uniforme negro, brazalete con la cruz gamada y botas altas brillantes como espejos. Aquella extranjera de aspecto austero y distinguido a la vez, que debia de haber superado los cuarenta unos anos atras, era, sin duda, otra pieza mas de la noria clandestina que el agregado naval britanico habia puesto en marcha en Espana. No pude distinguir si en algun momento el capitan Hillgarth y ella intercambiaban miradas, si se cruzaron algun tipo de mensaje mudo. Volvi a observarlos de reojo antes de irme. Ella hablaba discreta con un joven camarero de chaquetilla blanca, parecia darle instrucciones. El seguia en su mesa, escuchando con interes lo que uno de sus amigos narraba. Todo el grupo a su alrededor parecia estar igualmente atento a las palabras de un hombre joven con aspecto mas desenfadado que el resto. En la distancia percibi como este gesticulaba teatral, imitaba a alguien tal vez. Al final todos estallaron en una carcajada y escuche al agregado naval reir con ganas. Quiza no fuera mas que la imaginacion haciendome cosquillas, pero, por una milesima de segundo, me parecio que concentraba su mirada en mi y me guinaba un ojo.
Madrid se fue cubriendo de otono mientras el numero de clientas aumentaba. Aun no habia recibido flores o bombones, ni de Hillgarth ni de nadie. Ni ganas tenia. Ni tiempo. Porque si algo comenzaba a faltarme en aquellos dias era precisamente eso: tiempo. La popularidad de mi nuevo atelier se extendio con rapidez, se corrio la voz de las espectaculares telas que en el tenia. El numero de encargos aumentaba por dias y empece a no dar abasto; me vi obligada a retrasar pedidos y a distanciar las pruebas. Trabajaba mucho, muchisimo, mas que nunca en mi vida. Me acostaba a las tantas, madrugaba, apenas descansaba; habia dias que no me quitaba la cinta metrica del cuello hasta el momento de meterme en la cama. En mi pequena caja de caudales entraba un flujo constante de dinero, pero me interesaba tan poco que ni siquiera me moleste en pararme a contar cuanto tenia. Que distinto era todo a mi antiguo taller. A la memoria me venian a veces con una pizca de nostalgia los recuerdos de aquellos otros primeros tiempos en Tetuan. Las noches recontando los billetes una y otra vez en mi cuarto de Sidi Mandri, calculando ansiosa cuanto tardaria en poder pagar mi deuda. Candelaria en su regreso a la carrera de las casas de cambio de los hebreos, con un rollo de libras esterlinas guardado entre los pechos. La alegria casi infantil de las dos al repartir el montante: la mitad para ti y la mitad para mi, y que nunca nos falte, mi alma, decia mes a mes la matutera. Parecia que varios siglos me separaban de aquel otro mundo y, sin embargo, solo habian pasado cuatro anos. Cuatro anos como cuatro eternidades. Donde estaba aquella Sira a la que una muchachita mora corto el pelo con las tijeras de coser en la cocina de la pension de La Luneta, donde quedaron las poses que tanto ensaye en el espejo resquebrajado de mi patrona. Se perderian entre los pliegues del tiempo. Ahora me arreglaban la melena en el mejor salon de Madrid y aquellos gestos desenvueltos eran ya mas mios que mis propias muelas.
Trabajaba mucho y ganaba mas dinero de lo que jamas habia sonado que podria conseguir con mi propio esfuerzo. Cobraba precios caros y recibia constantemente billetes de cien pesetas con la cara de Cristobal Colon, de quinientas con el rostro de don Juan de Austria. Ganaba mucho, si, pero llego un momento en que no pude dar mas de mi y asi se lo tuve que hacer saber a Hillgarth a traves del patron de una hombrera. Llovia aquel sabado sobre el Museo del Prado. Mientras contemplaba extasiada las pinturas de Velazquez y Zurbaran, el hombre anodino del guardarropa recibio mi carpeta y, dentro de ella, un sobre con once mensajes que como siempre llegarian sin demora hasta el agregado naval. Diez contenian informacion convencional abreviada segun la manera acordada. «Cena dia 14 residencia Walter Bastian calle Serrano, asisten senores Lazar. Senores
