no dieron para mas, afile la imaginacion e intui todo aquello que no fui capaz de ver. Marque las telas con jaboncillo y corte piezas con tanto miedo como precision. Arme, desarme y volvi a armar. Hilvane, sobrehile, compuse, descompuse y recompuse sobre un maniqui hasta que percibi el resultado como satisfactorio. Mucho habia cambiado la moda desde que yo habia empezado a moverme en aquel mundo de hilos y telas. Cuando entre en el taller de dona Manuela mediados los anos veinte, predominaban las lineas sueltas, las cinturas bajas y los largos cortos para el dia, y las tunicas languidas de cortes limpios y exquisita simplicidad para la noche. La decada de los treinta trajo consigo largos mas largos, cinturas ajustadas, cortes al bies, hombreras marcadas y siluetas voluptuosas. Cambiaba la moda como cambiaban los tiempos, y con ellos las exigencias de la clientela y las artes de las modistas. Pero supe adaptarme: ya me habria gustado haber conseguido para mi propia vida la facilidad con la que era capaz de acoplarme a los caprichos de las tendencias dictadas desde Paris.
15
Pasaron los primeros dias en un remolino. Trabajaba sin descanso y salia muy poco, apenas lo justo para dar un breve paseo al caer la tarde. Solia cruzarme entonces con alguno de mis vecinos: la madre y el hijo de la puerta de enfrente amarrados del brazo, dos o tres de los ninos de arriba bajando la escalera a todo correr o alguna senora con prisa por llegar a casa para organizar la cena de la familia. Solo una sombra enturbio el quehacer de aquella semana inicial: el maldito traje de tenis. Hasta que me decidi a mandar a Jamila a La Luneta con una nota. «Necesito revistas con modelos de tenis. No importa que sean viejas.»
–Sinora Candelaria decir que Jamila volver manana.
Y Jamila volvio al dia siguiente a la pension y regreso de nuevo con un fardo de revistas que apenas le cabia entre los brazos.
–Sinora Candelaria decir que sinorita Sira mirar estas revistas primero -aviso con voz dulce en su torpe espanol.
Llegaba arrebolada por la prisa, cargada de energia, desbordante de ilusion. En cierta manera me recordaba a mi misma en los primeros anos en el taller de la calle Zurbano, cuando mi cometido era simplemente correr de aca para alla haciendo recados y entregando pedidos, transitando por las calles agil y despreocupada como un gato joven de callejon, distrayendome con cualquier pequeno entretenimiento que me permitiera arrancar minutos a la hora del regreso y demorar todo lo posible el encierro entre cuatro paredes. La nostalgia amenazo con darme un latigazo, pero supe apartarme a tiempo y escaquearme con un quiebro airoso: habia aprendido a desarrollar el arte de la huida cada vez que presentia cercana la amenaza de la melancolia.
Me lance ansiosa sobre las revistas. Todas atrasadas, muchas bien sobadas, algunas incluso con la portada ausente. Pocas de moda, la mayor parte de tematica mas general. Unas cuantas francesas y la mayoria espanolas o propias del Protectorado:
El texto estaba escrito en frances y apenas pude entenderlo, pero algunas referencias destacaban repetidamente: la tenista Lili Alvarez, la disenadora Elsa Schiaparelli, un lugar llamado Wimbledon. A pesar de la satisfaccion por haber encontrado alguna referencia sobre la que trabajar, esta pronto se vio enturbiada por una sensacion de inquietud. Cerre la revista y la examine con detenimiento. Era vieja, amarillenta. Busque la fecha. 1931. Faltaba la contraportada, los bordes tenian manchas de humedad, algunas paginas aparecian rajadas. Empezo a invadirme la preocupacion. No podia ensenar tal vejestorio a la alemana para pedir su opinion sobre el conjunto; echaria por la borda mi falsa imagen de modista exquisita de ultimas tendencias. Pasee nerviosa por la casa, tratando de encontrar una salida, una estrategia: cualquier cosa que me sirviera para solventar el imprevisto. Tras traquetear incesante sobre las baldosas del pasillo varias docenas de veces, lo unico que se me ocurrio fue copiar yo misma el modelo e intentarlo hacer pasar como una propuesta original mia, pero no tenia la menor idea de dibujo y el resultado habria sido tan torpe que me habria hecho descender varios peldanos en la escala de mi supuesto pedigri. Incapaz de sosegarme, decidi una vez mas recurrir a Candelaria.
Jamila habia salido: el quehacer liviano de la nueva casa le permitia constantes ratos de asueto, algo impensable en sus jornadas de dura faena en la pension. A la caza del tiempo perdido, la joven aprovechaba aquellos momentos para echarse a la calle constantemente con la excusa de ir a hacer cualquier pequeno recado. «?Sinorita querer Jamila va a comprar pipas?, ?si?» Antes de obtener una respuesta ya estaba trotando escalera abajo en busca de pipas, o de pan, o de fruta, o de nada mas que aire y libertad. Arranque las paginas de las revista, las guarde en el bolso y decidi entonces ir yo misma a La Luneta, pero al llegar no encontre a la matutera. En la casa solo estaba la nueva sirvienta bregando en la cocina y el maestro junto a la ventana, aquejado de un fuerte catarro. Me saludo con simpatia.
–Vaya, vaya, que bien parece que nos va la vida desde que hemos cambiado de madriguera -dijo ironizando sobre mi nuevo aspecto.
Apenas hice caso a sus palabras: mis urgencias eran otras.
–?No tendra usted idea de por donde para Candelaria, don Anselmo?
–Ni la menor, hija mia; ya sabes que se pasa la vida de aca para alla, moviendose como rabo de lagartija.
Me retorci los dedos nerviosa. Necesitaba encontrarla, necesitaba una solucion. El maestro intuyo mi inquietud.
–?Te pasa algo, muchacha?
Recurri a el a la desesperada.
–Usted no sabra dibujar bien, ?verdad?
–?Yo? Ni la o con un canuto. Sacame del triangulo equilatero y estoy perdido.
No tenia la menor idea de lo que semejante cosa seria, pero igual me daba: el caso era que mi antiguo companero de pension tampoco podria ayudarme. Volvi a retorcerme los dedos y me asome al balcon por si veia a Candelaria regresar. Contemple la calle llena de gente, taconee nerviosa con un movimiento inconsciente.
