Crei que no iba a ser capaz, pero la respuesta me salio de la boca de manera inmediata. Inmediata y segura.

–Candelaria.

–?Candelaria la matutera? – pregunto con una medio sonrisa cargada a partes iguales de sarcasmo e incredulidad.

–La misma, si, senor.

–Bueno, que interesante. Desconocia que el trapicheo diera para tanto en estos tiempos.

Volvio a mirarme con aquellos ojos como barrenas y supe que en aquel momento mi suerte estaba en el exacto punto intermedio entre la supervivencia y el despenamiento. Como una moneda lanzada al aire con las mismas probabilidades de caer de cara que de cruz. Como un funambulo patoso sobre el alambre, con la mitad de las posibilidades de acabar en el suelo y exactamente las mismas de mantenerse airoso en las alturas. Como una pelota de tenis disparada por la modelo del figurin pintado por mi vecino, una pelota fallida propulsada por una gracil jugadora vestida de Schiaparelli: una bola que no cruza el campo, sino que, durante la eternidad de unos cuantos segundos, se mantiene haciendo equilibrios sobre la red antes de precipitarse a uno de los lados, dudando entre otorgar el tanto a la tenista glamurosa esbozada con trazos de pastel o a su anonima contraria. A un lado la salvacion y a otro el derrumbamiento; yo en medio. Asi me vi ante el comisario Vazquez aquella manana de otono en que su presencia vino a confirmar mis peores premoniciones. Cerre los ojos, tome aire por la nariz. Despues los abri y hable.

–Mire, don Claudio: usted me aconsejo que trabajara y eso es lo que estoy haciendo. Esto es un negocio decente, no un entretenimiento pasajero ni la tapadera de algo sucio. Usted tiene mucha informacion sobre mi: sabe por que estoy aqui, los motivos que causaron mi caida y las circunstancias que impiden que me pueda marchar. Pero desconoce de donde vengo y adonde quiero ir, y ahora, si me permite un minuto, se lo voy a contar. Yo procedo de una casa humilde: mi madre me crio sola, soltera. De la existencia de mi padre, de ese padre que me dio el dinero y las joyas que en gran parte generaron mi desdicha, no tuve conocimiento hasta hace unos meses. Nunca supe de el hasta que un dia, de pronto, intuyo que le iban a matar por motivos politicos y, al pararse a ajustar cuentas con su propio pasado, decidio reconocerme y legarme una parte de su herencia. Hasta entonces, sin embargo, yo no habia sabido siquiera su nombre ni habia disfrutado de un misero centimo de su fortuna. Empece por eso a trabajar cuando apenas levantaba tres palmos del suelo: mis tareas al principio no iban mas alla de hacer recados y barrer el suelo por cuatro perras siendo aun una criatura, cuando tenia la misma edad de esas ninas con el uniforme de la Milagrosa que hace solo un rato han pasado por la calle; quiza alguna fuera su propia hija camino del colegio, de ese mundo de monjas, caligrafias y declinaciones en latin que yo nunca tuve oportunidad de conocer porque en mi casa hacia falta que aprendiera un oficio y ganara un jornal. Pero lo hice con gusto, no crea: me encantaba coser y tenia mano, asi que aprendi, me esforce, persevere y me converti con el tiempo en una buena costurera. Y si un dia lo deje, no fue por capricho, sino porque las cosas se pusieron dificiles en Madrid: a la luz de la situacion politica muchas de nuestras clientas marcharon al extranjero, aquel taller cerro y ya no hubo manera de encontrar mas trabajo.

»Yo no me he buscado problemas jamas, comisario; todo lo que me ha pasado en este ultimo ano, todos esos delitos en los que supuestamente estoy implicada, usted lo sabe bien, no se han producido por mi propia voluntad, sino porque alguien indeseable se cruzo un mal dia en mi camino. Y no puede usted ni siquiera imaginarse lo que daria por borrar de mi vida la hora en que aquel canalla entro en ella, pero ya no hay marcha atras y los problemas de el son ahora los mios, y se que tengo que salir de ellos como sea: es mi responsabilidad y como tal la asumo. Sepa, sin embargo, que la unica manera en que puedo hacerlo es cosiendo: no sirvo para mas. Si usted me cierra esa puerta, si me corta esas alas, me va a estrangular porque no voy a poder dedicarme a ninguna otra cosa. Lo he intentado, pero no he encontrado a nadie dispuesto a contratarme porque nada mas se hacer. Asi que le quiero pedir un favor, solo uno: dejeme seguir con este taller y no indague mas. Confie en mi, no me hunda. El alquiler de este piso y todos los muebles que en el hay, estan pagados hasta la ultima peseta; no he enganado a nadie para ello y nada debo en ningun sitio. Lo unico que este negocio necesita es alguien que lo trabaje, y para eso estoy yo, dispuesta a dejarme en el el espinazo de noche y de dia. Solo permitame trabajar tranquila, no le creare el menor problema, se lo juro por mi madre que es lo unico que tengo. En cuanto consiga el dinero que debo en Tanger; en cuanto salde mi deuda y la guerra termine, regresare junto a ella y no volvere a molestarle mas. Pero mientras tanto, se lo ruego, comisario, no me exija mas explicaciones y dejeme seguir adelante. Solo le pido eso: que me quite el pie del cuello y no me asfixie antes de empezar porque, como lo haga, usted no va a ganar nada y yo, sin embargo, voy a perderlo todo.

No respondio y yo tampoco anadi una palabra mas; nos sostuvimos simplemente la mirada. Contra todo pronostico, habia conseguido llegar al final de mi intervencion con la voz firme y el temple sereno, sin derrumbarme. Me habia por fin vaciado, despojado de todo lo que me llevaba reconcomiendo tanto tiempo. Note de pronto una fatiga inmensa. Estaba cansada de haber sido apaleada por un cretino sin escrupulos, de los meses que llevaba viviendo con miedo, de sentirme constantemente amenazada. Cansada de cargar con una culpa tan pesada, encogida como aquellas pobres mujeres moras a las que a menudo veia caminar juntas, lentas y encorvadas, envueltas en sus jaiques y arrastrando los pies, acarreando sobre la espalda bultos y fardos de lena, racimos de datiles, chiquillos, cantaros de barro y sacos de cal. Estaba harta de sentirme acobardada, humillada; harta de vivir de una manera tan triste en aquella tierra extrana. Cansada, harta, agotada, exhausta y, sin embargo, dispuesta a empezar a sacar las unas para pelear por salir de mi ruina.

Fue el comisario quien finalmente rompio el silencio. Antes se puso en pie; yo le imite, me estire la falda, deshice con cuidado sus arrugas. Cogio el su sombrero y le dio un par de vueltas, contemplandolo concentrado. Ya no era el sombrero flexible y veraniego de unos meses atras; ahora se trataba de un borsalino oscuro e invernal, un buen sombrero de fieltro color chocolate que giro entre los dedos como si en el estuviera la clave de sus pensamientos. Cuando termino de moverlo, hablo.

–De acuerdo. Accedo. Si nadie me viene con algo evidente, no voy a investigar como se las ha ingeniado para montar todo esto. A partir de ahora la voy a dejar trabajar y sacar adelante su negocio. La voy a dejar vivir tranquila. A ver si tenemos suerte y eso nos libra de problemas a los dos.

No dijo mas ni espero a que yo respondiera. Apenas pronunciada la ultima silaba de su breve sentencia, hizo un gesto de despedida con un movimiento de la mandibula y se encamino hacia la puerta. A los cinco minutos llego Frau Heinz. Que pensamientos me pasaron por la cabeza durante el tiempo que separo ambas presencias es algo que nunca fui capaz de recordar. Solo me queda la memoria de que, cuando la alemana llamo al timbre y yo acudi a abrir, me sentia como si me hubieran arrancado del alma el peso entero de una montana.

SEGUNDA PARTE

16

A lo largo del otono hubo mas clientas; extranjeras adineradas en su mayoria, tuvo razon mi socia la matutera en su presagio. Varias alemanas. Alguna italiana. Unas cuantas espanolas tambien, esposas de empresarios casi siempre, que la administracion y el ejercito andaban en tiempos convulsos. Alguna judia rica, sefardi, hermosa, con su castellano suave y viejo de otra cadencia, hadreando con su ritmo melodioso en haketia, con palabras raras, antiguas: mi wueno, mi reina, buena semana mos de el Dio,

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