mucho que pese la ausencia, el saber que una tiene a su hija apartada de las bombas y las ametralladoras es una buena razon para estar contenta. Asi que venga, alegria, alegria -grito mientras arrancaba de mis manos una de las botellas-. Veras tu que prontito nos entonamos, corazon mio. – La abrio y la alzo-. Por la madre que te pario -dijo. Antes de que pudiera replicar, dio un largo trago de espumoso-. Y ahora tu -ordeno tras limpiarse la boca con el dorso de la mano. No tenia en absoluto ganas de beber, pero obedeci. Era a la salud de Dolores; por ella, cualquier cosa.

Comenzamos a cenar pero, a pesar de que Candelaria se esforzo por mantener el animo jaranero, los demas hablamos poco. Ni ganas de bronca habia. El maestro tosio hasta partirse el esternon y soltaron lagrimas las hermanas resecas mas resecas que nunca. Suspiro la madre gorda, se sorbio los mocos. Se le subio a su Paquito el vino a la cabeza, dijo tonterias, el telegrafista le dio replica, reimos por fin. Y entonces se levanto la patrona, y alzo por todos su copa resquebrajada. Por los presentes, por los ausentes, por los unos y los otros. Nos abrazamos, lloramos, y por una noche no hubo mas bando que el que juntos compusimos aquel peloton de infelices.

Los primeros meses del nuevo ano estuvieron llenos de sosiego y trabajo sin tregua. A lo largo de ellos, mi vecino Felix Aranda se fue convirtiendo en una presencia cotidiana. Ademas de la proximidad de nuestras viviendas, tambien comenzo a unirme a el otra cercania que no podia medirse por los metros que separaban los espacios. Su comportamiento un tanto particular y mis multiples necesidades de ayuda contribuyeron a establecer entre nosotros una relacion de amistad que se forjo a deshoras y se extendio a lo largo de las decadas y los avatares que nos toco vivir. Tras aquellos primeros bocetos que resolvieron el contratiempo del atuendo de tenista, llegaron mas ocasiones en las que el hijo de dona Encarna se ofrecio a tender su mano para ayudarme a saltar airosa sobre obstaculos aparentemente insalvables. A diferencia del caso de la falda pantalon de Schiaparelli, el segundo escollo que me obligo a solicitar sus favores al poco de instalarme no vino promovido por necesidades artisticas, sino a causa de mi ignorancia en cuestiones monetarias. Todo comenzo tiempo atras con un pequeno inconveniente que no habria supuesto problema alguno para cualquiera con una educacion un poco aventajada. Sin embargo, los escasos anos que asisti a la humilde escuela de mi barrio madrileno no habian dado para tanto. Por eso, a las once de la noche previa a la manana acordada para entregar la primera factura del taller, me vi inesperadamente acosada por la incapacidad para plasmar por escrito los conceptos y cantidades a los que el trabajo realizado equivalia.

Fue en noviembre. A lo largo de la tarde el cielo habia ido tornandose en color panza de burra y al caer la noche comenzo a llover fuerte, el preludio de una tormenta proveniente del Mediterraneo cercano; una tormenta de las que arrasaban arboles, tumbaban los tendidos de la luz y acurrucaban a la gente entre las mantas musitando a Santa Barbara una catarata fervorosa de letanias. Apenas un par de horas antes del cambio de tiempo, Jamila habia llevado los primeros encargos recien terminados a la residencia de Frau Heinz. Los dos trajes de noche, los dos conjuntos de dia y el modelo de tenista -mis cinco primeras obras- habian descendido de las perchas que las mantenian colgadas en el taller a la espera del ultimo planchado y habian sido acomodadas en sus sacos de lienzo y transportadas en tres viajes sucesivos hasta su destino. El regreso de Jamila en el ultimo de ellos trajo consigo la peticion.

–Frau Heinz decir que Jamila llevar manana por la manana factura en marcos alemanes.

Y por si el mensaje no hubiera quedado bien claro, me entrego un sobre con una tarjeta que contenia el recado por escrito. Y entonces me sente a pensar en como demonios se haria una factura y por primera vez la memoria, mi gran aliada, se resistio a sacarme del atolladero. A lo largo de la instalacion del negocio y de la creacion de las primeras prendas, las estampas que aun atesoraba del mundo de dona Manuela me habian servido como recurso para salir adelante. Las imagenes memorizadas, las destrezas aprendidas, los movimientos y las acciones mecanicas tantas veces repetidas en el tiempo me habian proporcionado hasta entonces la inspiracion necesaria para avanzar con exito. Conocia al milimetro como funcionaba por dentro, una buena casa de costura, sabia tomar medidas, cortar piezas, plisar faldas, montar mangas y asentar solapas, pero por mucho que rebusque entre mi catalogo de habilidades y recuerdos, ninguno encontre que sirviera de referencia para confeccionar una factura. Tuve muchas en la mano cuando aun cosia en Madrid y me encargaba de repartirlas por los domicilios de las clientas; en algunos casos incluso habia regresado con el pago del importe en el bolsillo. Nunca, sin embargo, me habia parado a abrir alguno de aquellos sobres para fijarme en detalle en su contenido.

Pense en recurrir como siempre a Candelaria, pero tras el balcon comprobe la negrura de la noche, el viento imperioso que azotaba una lluvia cada vez mas densa y los relampagos implacables que se abrian paso desde el mar. Ante aquel escenario, el camino a pie hasta la pension se me figuro como el mas escarpado de los senderos hacia el infierno. Decidi, pues, ingeniarmelas sola: me hice con lapiz y papel y me sente en la mesa de la cocina dispuesta a emprender la tarea. Hora y media mas tarde alli seguia, con mil cuartillas arrugadas alrededor, sacando punta al lapiz por quinta vez con un cuchillo, y sin saber aun cuantos marcos alemanes serian los cincuenta y cinco duros que tenia previsto cobrar a la alemana. Y fue entonces cuando, en medio de la noche, algo se estrello con fuerza contra el cristal de la ventana. Me puse en pie con un salto tan precipitado que con el tumbe la silla. Inmediatamente vi que habia luz en la cocina de enfrente, y pese a la lluvia, y pese a la hora, alli descubri la figura redondona de mi vecino Felix, con sus gafas, el pelo ralo encrespado y un brazo en alto, listo para lanzar al aire un segundo punado de almendras. Abri la ventana dispuesta a pedirle airada explicaciones por aquel incomprensible comportamiento pero, antes de poder decir siquiera la primera palabra, su voz atraveso el hueco que nos separaba. El repiqueteo espeso de la lluvia contra las baldosas del patio de luces tamizo el volumen; el contenido de su mensaje, no obstante, llego diafano.

–Necesito refugio. No me gustan las tormentas.

Pude preguntarle si estaba loco. Pude hacerle saber que me habia dado un susto tremendo, gritarle que era un imbecil y cerrar la ventana sin mas. Pero no hice ninguna de esas cosas porque en el cerebro se me encendio de forma instantanea una pequena lucecita: tal vez aquel estrambotico acto podria volverse favorable en ese mismo momento.

–Te dejo que vengas si me ayudas -dije tuteandole sin ni siquiera pensarlo.

–Ve abriendo la puerta, que alli estoy en un verbo.

Por supuesto que mi vecino sabia que doscientas veinticinco pesetas eran al cambio doce con cincuenta reichsmarks. Como tampoco ignoraba que una factura presentable no podia hacerse en una cuartilla de papel barato con un lapiz resobado, asi que cruzo de nuevo a su casa y regreso de inmediato con unos pliegos de papel ingles color marfil y una pluma Waterman que escupia trazos de tinta morada en primorosa caligrafia. Y desplego todo su ingenio, que era mucho, y todo su talento artistico, que era mucho tambien, y en apenas media hora, entre truenos y en pijama, no solo fue capaz de confeccionar la factura mas elegante que las modistas europeas del norte de Africa jamas habrian podido imaginar, sino que, ademas, dio un nombre a mi negocio. Habia nacido Chez Sirah.

Felix Aranda era un hombre raro. Gracioso, imaginativo y culto, si. Y curioso, y fisgon. Y un punto excentrico y algo impertinente tambien. El trasiego nocturno entre su casa y la mia se convirtio en un ejercicio cotidiano. No diario, pero si constante. A veces pasaban tres o cuatro dias sin que nos vieramos, a veces venia cinco noches a la semana. O seis. O hasta siete. La asiduidad de nuestros encuentros tan solo dependia de algo ajeno a nosotros: de lo borracha que estuviera su madre. Que relacion mas extrana, que universo familiar tan oscuro se vivia en la puerta de enfrente. Desde la muerte del marido y padre anos atras, juntos transitaban por la

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