–Las gracias, nada mas: es un regalo de bienvenida. Mama dice que hay que ser educados con los vecinos, aunque usted a ella le gusta regulin. Creo que le parece demasiado resuelta y un poquito frivolona - apunto ironico.
Sonrei y una levisima corriente de
–?Feeeeeee-lix! – Alargaba la
–No puede vivir sin mi, la pobre. Me marcho.
La voz de grulla de la madre volvio a requerirle por tercera vez con su vocal inicial infinita.
–Recurra a mi cuando quiera; estare encantado de hacerle mas figurines, me enloquece todo lo que venga de Paris. Vuelvo a la mazmorra. Buenas noches, querida.
Cerre la puerta y me quede un largo rato contemplando los dibujos.
Eran realmente una preciosidad, no podria haber imaginado un resultado mejor. Aunque no fueran obra mia, aquella noche me acoste con un grato sabor de boca.
Me levante al dia siguiente temprano; esperaba a mi clienta a las once para las primeras pruebas, pero queria ultimar todo al detalle antes de su llegada. Jamila aun no habia vuelto del mercado, debia de estar a punto de hacerlo. A las once menos veinte sono el timbre; pense que tal vez la alemana se habria adelantado. Volvia yo a llevar el mismo traje azul marino de la vez anterior: habia decidido utilizarlo para recibirla como si fuera un uniforme de trabajo, elegancia en estado de pura simplicidad. De esa manera explotaria mi vertiente profesional y disimularia que apenas tenia ropa de otono en el armario. Ya estaba peinada, perfectamente maquillada, con mis tijeras de plata vieja colgadas del cuello. Solo me faltaba un pequeno toque: el disfraz invisible de mujer vivida. Me lo puse presta y abri yo misma la puerta con desparpajo. Y entonces el mundo se me cayo a los pies.
–Buenos dias, senorita -dijo la voz quitandose el sombrero-. ?Puedo pasar?
Trague saliva.
–Buenos dias, comisario. Por supuesto; adelante, por favor.
Le dirigi al salon y le ofreci asiento. Se acerco a un sillon sin prisa, como distraido en observar la estancia a medida que avanzaba. Desplazo sus ojos con detenimiento por las elaboradas molduras de escayola del techo, por las cortinas de damasco y la gran mesa de caoba llena de revistas extranjeras. Por la antigua lampara de arana, hermosa y espectacular, conseguida por Candelaria sabria Dios donde, por cuanto y con que oscuras manas. Me note el pulso acelerado y el estomago vuelto del reves.
Se acomodo por fin y yo me sente enfrente, en silencio, esperando sus palabras e intentando disimular mi inquietud ante su presencia inesperada.
–Bien, veo que las cosas marchan viento en popa.
–Hago lo que puedo. He empezado a trabajar; ahora mismo estaba esperando a una clienta.
–Y ?a que se dedica exactamente? – pregunto. De sobra conocia el la respuesta, pero por alguna razon tenia interes en que yo misma se lo hiciera saber.
Trate de utilizar un tono neutro. No queria que me viera amedrentada y con apariencia culpable, pero tampoco tenia la intencion de mostrarme ante sus ojos como la mujer excesivamente segura y resuelta que el mismo, mejor que nadie, sabia que yo no era.
–Coso. Soy modista -dije.
No replico. Simplemente me miro con sus ojos punzantes y espero a que continuara con mis explicaciones. Se las desgrane sentada recta en el borde del sofa, sin desplegar ni un atisbo de las poses del sofisticado inventario de posturas mil veces ensayado para mi nueva persona. Ni cruces de piernas espectaculares. Ni atuses airosos de melena. Ni el mas leve de los pestaneos. Compostura y sosiego fue lo unico que me esforce por transmitir.
–Ya cosia en Madrid; llevo media vida haciendolo. Trabaje en el taller de una modista muy reputada, mi madre era oficiala en el. Aprendi mucho alli: era una casa de modas excelente y cosiamos para senoras importantes.
–Entiendo. Un oficio muy honorable. Y ?para quien trabaja ahora, si puede saberse?
Volvi a tragar saliva.
–Para nadie. Para mi misma.
Levanto las cejas con gesto de fingido asombro.
–Y ?puedo preguntarle como se las ha arreglado para montar este negocio usted sola?
El comisario Vazquez podia ser inquisitivo hasta la muerte y duro como el acero pero, ante todo, era un senor y como tal formulaba las preguntas con una cortesia inmensa. Con cortesia aderezada con un toque de cinismo que no se esforzaba en disimular. Se le veia mucho mas relajado que en sus visitas al hospital. No estaba tan tirante, tan tenso. Lastima que yo no fuera capaz de proporcionarle unas respuestas mas acordes con su elegancia.
–Me han prestado el dinero -dije simplemente.
–Vaya, que suerte ha tenido -ironizo-. Y ?seria tan amable de decirme quien ha sido la persona que le ha hecho tan generoso favor?
