Recuerdo como si fuera hoy la primera noche que dormi alli, sola y atemorizada; apenas consegui un minuto de sueno. En las horas aun tempranas oi los ultimos trasiegos domesticos de las viviendas proximas: algun nino llorando, una radio puesta, la madre y el hijo de la puerta de enfrente discutiendo a voces, el sonido de la loza y el agua al salir del grifo mientras alguien terminaba de fregar los ultimos platos de una cena tardia. A medida que avanzaba la madrugada, los ruidos ajenos se silenciaron y otros imaginarios ocuparon su lugar: me parecia que los muebles crujian mas de la cuenta, que sonaban pasos sobre las baldosas del pasillo y que las sombras me acechaban desde las paredes recien pintadas. Sin haberse aun intuido el primer rayo de sol, me levante incapaz de contener la ansiedad un segundo mas. Me dirigi al salon, abri las contraventanas y me asome a esperar el amanecer. Desde el alminar de una mezquita sono la llamada para el fayr, la primera oracion del dia. No habia aun nadie en las calles y las montanas del Gorgues, apenas intuidas en la penumbra, empezaron a percibirse majestuosas con las primeras luces. Poco a poco, perezosamente, la ciudad se fue poniendo en movimiento. Las sirvientas moras comenzaron a llegar envueltas en sus jaiques y panolones. En sentido inverso, algunos hombres salieron al trabajo y varias mujeres con velo negro, de dos en dos, de tres en tres, emprendieron presurosas el camino hacia una misa tempranera. No llegue a ver a los ninos marchar a los colegios; tampoco vi abrirse los comercios y las oficinas, ni a las criadas salir a por churros, ni a las madres de familia partir para el mercado a elegir los productos que los moritos despues llevarian hasta sus casas en canastos cargados a la espalda. Antes entre de nuevo en el salon y me sente en mi flamante sofa de tafetan granate. ?A que? A esperar a que por fin cambiara el rumbo de mi suerte.

Llego Jamila temprano. Nos sonreimos nerviosas, era el primer dia para las dos. Candelaria me habia cedido sus servicios y yo agradeci el gesto: nos habiamos tomado un gran carino y la joven seria para mi una gran aliada, una hermana pequena. «Yo me busco una Fatima en dos minutos; tu llevate a la Jamila, que es muy buena muchacha, ya veras lo bien que te ayuda.» Asi que conmigo vino la dulce Jamila, encantada de quitarse de encima la intensa faena de la pension y emprender junto a su sinorita una nueva actividad laboral que permitiera a su juventud llevar una existencia algo menos fatigosa.

Llego Jamila, si, pero nadie vino tras ella. Ni ese primer dia, ni el siguiente, ni el siguiente tampoco. Las tres mananas abri los ojos antes del amanecer y me compuse con identico esmero. La ropa y el pelo impecables, la casa impoluta; las revistas glamurosas con sus mujeres elegantes sonriendo en las portadas, las herramientas ordenadas en el taller: todo perfecto al milimetro en espera de que alguien requiriera mis servicios. Nadie, sin embargo, parecia tener la intencion de hacerlo.

A veces oia ruidos, pasos, voces en la escalera. Corria entonces de puntillas a la puerta y miraba ansiosa por la mirilla, pero los sonidos nunca resultaban ser para mi. Con el ojo pegado a la abertura redonda, vi pasar las figuras de ninos ruidosos, senoras con prisa y padres con sombrero, criaditas cargadas, mozos de reparto, la portera y su mandil, el cartero tosiendo y un sinfin de figurantes mas. Pero no llego nadie dispuesto a encargar su guardarropa en mi taller.

Dude entre avisar a Candelaria o seguir pacientemente a la espera. Dude un dia, dos, tres, hasta casi perder la cuenta. Por fin me decidi: iria a La Luneta y le pediria que intensificara sus contactos, que tocara todos los resortes necesarios para que las posibles clientas supieran que el negocio ya estaba en marcha. O lo conseguia o, a ese ritmo, nuestra empresa conjunta moriria antes de empezar. Pero no tuve ocasion de dar el paso y requerir la actuacion de la matutera porque, precisamente aquella manana, por fin el timbre sono.

–Guten morgen. Mi nombre es Frau Heinz, soy nueva en Tetuan y necesito algunas prendas.

La recibi vestida con un traje de chaqueta que pocos dias antes yo misma me habia cosido. Azul plomo, falda de tubo estrecha como un lapiz, chaqueta entallada, sin camisa debajo y con el primer boton justo en el punto antecedente al milimetro a partir del cual el escote perderia su decencia. Y aun asi, tremendamente elegante. Por todo aderezo, del cuello me colgaba una larga cadena de plata rematada en unas tijeras antiguas del mismo metal; no servian para cortar de puro viejas, pero las encontre en el bazar de un anticuario mientras buscaba una lampara y de inmediato decidi convertirlas en parte de mi nueva imagen.

Apenas me miro la recien llegada a los ojos mientras se presentaba: su vista parecia mas preocupada por calibrar la prestancia del establecimiento para cerciorarse de que este estaba a la altura de lo que ella precisaba. Me resulto sencillo atenderla: solo tuve que imaginar que yo no era yo misma, sino dona Manuela reencarnada en una extranjera atractiva y competente. Nos sentamos en el salon, cada una en una butaca; ella con pose resuelta un tanto hombruna y yo con mi mejor cruce de piernas mil veces ensayado. Me dijo con su media lengua lo que queria. Dos trajes de chaqueta, dos de noche. Y un conjunto para jugar al tenis.

–Ningun problema -menti.

No tenia la menor idea de como demonios seria un conjunto para semejante actividad, pero no estaba dispuesta a reconocer mi ignorancia asi tuviera delante un peloton de fusilamiento. Consultamos las revistas y examinamos hechuras. Para los trajes de noche eligio sendos modelos de dos de los grandes creadores de aquellos anos, Marcel Rochas y Nina Ricci, seleccionados de entre las paginas de una revista francesa con toda la alta costura de la temporada otono-invierno de 1936. Las ideas para los trajes de dia las extrajo del Harper's Bazaar americano: dos modelos de la casa Harry Angelo, un nombre que yo no habia oido mencionar jamas aunque me cuide muy mucho de declararlo abiertamente. Encantada por el despliegue de revistas en mi posesion, la alemana se esforzo por preguntarme en su rudimentario espanol donde las habia conseguido. Simule no entenderla: si llegara a enterarse de las artimanas de mi socia la matutera para hacerse con ellas, mi primera clienta habria salido por piernas en aquel mismo momento y no habria vuelto a verla mas. Pasamos despues a la seleccion de las telas. Con las muestras que diversas tiendas me habian facilitado, expuse ante sus ojos todo un catalogo cuyos colores y calidades fui describiendo uno a uno.

La toma de decisiones fue relativamente rapida. Chifon, terciopelos y organzas para la noche; franela y cachemir para el dia. Del modelo y tejido para el equipo de tenis no hablamos: ya me las ingeniaria en su momento. La visita duro una hora larga. En medio de la misma, Jamila, vestida con un kaftan color turquesa y con sus ojazos negros pintados con khol, hizo su aparicion silenciosa con una bandeja brunida que contenia pastas morunas y te dulce con hierbabuena. La germana acepto encantada y con un guino complice apenas perceptible, transmiti a mi nueva sirvienta mi gratitud. La ultima tarea consistio en la toma de medidas. Apunte los datos en un cuaderno de tapas de piel con facilidad: la version cosmopolita de dona Manuela en la que me habia transmutado me estaba resultando de lo mas util. Concertamos la primera prueba para cinco dias despues y nos despedimos con la mas exquisita educacion. Adios, Frau Heinz, muchas gracias por su visita. Adios, Fraulein Quiroga, hasta la vista. Apenas cerre la puerta, me tape la boca con las manos para evitar un grito y agarrote las piernas para no patear con ellas el suelo como un potro salvaje. De haber podido dar rienda suelta a mis impulsos, tan solo habria explayado el entusiasmo de saber que nuestra primera clienta estaba en la red y ya no habia marcha atras.

Trabaje manana, tarde y noche a lo largo de las siguientes jornadas. Era la primera vez que componia piezas de aquella envergadura por mi misma, sin supervision ni ayuda de mi madre o dona Manuela. Puse por ello en la tarea los cinco sentidos multiplicados por cincuenta mil y, con todo, el temor a fallar no dejo de acompanarme ni un solo segundo. Descompuse mentalmente los modelos de las revistas y cuando las imagenes

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