seria de Primo de Rivera. El local tambien reunia a primera vista todos los requisitos necesarios: era espacioso, tenia empaque y no lo flanqueaba un solar sin construir, sino que hacia el mismo esquina abriendose a dos arterias centricas y transitadas. De aquel lugar, sin embargo, nos espanto una vecina: en el edificio de al lado residia una de las mejores modistas de la ciudad, una costurera de cierta edad y solido prestigio.
Sopesamos la situacion y nos decidimos por descartar aquel piso tambien: mejor no importunar a la competencia.
Nos decantamos, pues, por la tercera opcion. El inmueble que finalmente habria de convertirse en mi local de trabajo y residencia era un gran piso en la calle Sidi Mandri, en un edificio con fachada de azulejos cercano al Casino Espanol, el Pasaje Benarroch y el hotel Nacional, no lejos de la plaza de Espana, la Alta Comisaria
Cerro Candelaria el trato con el hebreo Jacob Benchimol, quien, a partir de entonces y con tremenda discrecion, se convirtio en mi casero a cambio del puntual montante de trescientas setenta y cinco pesetas mensuales. Tres dias despues, yo, la nueva Sira Quiroga, falsamente metamorfoseada en quien no era pero tal vez algun dia llegara a ser, tome posesion del local y abri de par en par las puertas de una nueva etapa de mi vida.
–Adelantate tu sola -dijo Candelaria entregandome la llave-. Mejor sera que a partir de ahora no nos vean andar mucho juntas. Dentro de un ratillo voy yo para alla.
Me abri paso entre el trasiego de La Luneta recibiendo constantes miradas masculinas. No recordaba haber sido objeto ni de una cuarta parte de ellas en los meses anteriores, cuando mi imagen era la de una joven insegura de pelo recogido en un mono sin gracia, que caminaba con flojera arrastrando la ropa y las heridas de un pasado que intentaba olvidar. Ahora me movia con fingido desparpajo, esforzandome por desprender a mi paso un aroma de arrogancia y
A pesar de que intente imponer a mis pasos un ritmo sosegado, no tarde mas de diez minutos en alcanzar el destino. Nunca me habia fijado en aquel edificio aunque se encontraba tan solo a unos metros de la calle principal del barrio espanol. Me complacio a primera vista comprobar que reunia todas las condiciones que yo habia considerado deseables: excelente localizacion y buen empaque de puertas afuera, cierto aire de exotismo arabe en la azulejeria de la fachada, cierto aire de sobriedad europea en su planteamiento interior. Las zonas comunes de acceso eran elegantes y bien distribuidas; la escalera, sin ser demasiado ancha, tenia una hermosa barandilla de forja que giraba con gracia al ascender los tramos.
El portal estaba abierto, como todos en aquellos anos. Supuse que existia una portera, pero no se dejo ver. Comence a subir con inquietud, casi de puntillas, intentando ensordecer el sonido de mis pisadas. De cara al exterior habia ganado seguridad y prestancia, pero dentro de mi seguia intimidada y preferia pasar desapercibida en la medida que fuera posible. Llegue a la planta principal sin cruzarme con nadie y encontre un rellano con dos puertas identicas. Izquierda y derecha, ambas cerradas. La primera pertenecia a la vivienda de los vecinos que aun no conocia. La segunda era la mia. Saque la llave del bolso, la inserte en la cerradura con dedos nerviosos, la gire. Empuje timidamente y durante unos segundos no me atrevi a entrar; tan solo recorri con la mirada lo que el hueco de la puerta me
A lo largo de los anos hubo muchos momentos en los que el destino me preparo quiebros insospechados, sorpresas y esquinazos imprevistos que hube de afrontar a matacaballo segun fueron viniendo. Alguna vez estuve preparada para ellos; muchas otras, no. Nunca, sin embargo, fui tan consiente de estar accediendo a un ciclo nuevo como aquel mediodia de octubre en el que mis pasos se atrevieron por fin a traspasar el umbral y resonaron en la oquedad de una casa sin muebles. Atras quedaba un pasado complejo y, como en una premonicion, al frente se abria una magnitud de espacio desnudo que el tiempo se encargaria de ir llenando. ?Llenando de que? De cosas y afectos. De instantes, sensaciones y personas; llenando de vida.
Me dirigi al salon medio en penumbra. Tres balcones cerrados y protegidos por contraventanas de madera pintada de verde frenaban la luz del dia. Las abri una a una y el otono marroqui entro en la estancia a chorros, colmando las sombras de dulces augurios.
Paladee el silencio y la soledad, y demore la actividad unos minutos.
En el transcurso de los mismos no hice nada; tan solo me mantuve de pie en el centro del vacio, asimilando mi nuevo lugar en el mundo. Al cabo de un breve tiempo, cuando supuse que era hora de salir del letargo, acumule por fin una dosis razonable de decision y me puse en marcha. Con el antiguo taller de dona Manuela como referencia, recorri el piso entero y parcele mentalmente sus zonas. El salon actuaria como gran recepcion; alli se presentarian ideas, se consultarian figurines, se elegirian telas y hechuras y se harian los encargos. La habitacion mas cercana al salon, una especie de comedor con un mirador en la esquina, se convertiria en cuarto de pruebas. Una cortina en mitad del corredor separaria aquella zona exterior del resto del piso. El siguiente tramo de pasillo y sus correspondientes habitaciones servirian de zona de trabajo: taller, almacen, cuarto de plancha, deposito de acabados e ilusiones, todo lo que cupiera. El tercer trecho, el del fondo de la vivienda, el mas oscuro y de menor presencia, seria para mi. Alli existiria mi yo verdadero, la mujer dolorida y a la fuerza trasterrada, llena de deudas, demandas e inseguridades. La que por todo capital contaba con una maleta medio vacia y una madre sola en una ciudad lejana que peleaba por su resistencia. La que sabia que para montar aquel negocio habia sido necesario el precio de un buen monton de pistolas. Ese seria mi refugio, mi espacio intimo. De ahi hacia fuera, si por fin conseguia que la suerte dejara de volverme la espalda, estaria el territorio publico de la modista llegada de la capital de Espana para montar en el Protectorado la mas soberbia casa de modas que la zona nunca hubiera conocido.
Regrese a la entrada y oi que alguien llamaba con los nudillos a la puerta. Abri inmediatamente, sabia quien era. Candelaria entro escurriendose como una lombriz robusta.
–?Como lo ves, nina? ?Te ha gustado? – pregunto ansiosa. Se habia arreglado para la ocasion; traia puesto uno de los trajes que yo le habia cosido, un par de zapatos que de mi habia heredado y le quedaban dos numeros pequenos, y un peinado un tanto aparatoso que le habia hecho a toda prisa su comadre Remedios. Tras el torpe maquillaje de los parpados, sus ojos oscuros mostraban un brillo contagioso. Aquel era tambien un dia especial para la matutera, el principio de algo nuevo e inesperado. Con el negocio que a punto estaba de arrancar, habia echado un ordago a la grande por primera y unica vez toda en su tormentosa vida. Quiza la nueva etapa compensara las hambres de su infancia, las tundas de palos que le propino su marido y las amenazas continuas que de boca de la policia llevaba anos oyendo. Habia pasado tres cuartas partes de su existencia trampeando, maquinando argucias, huyendo hacia delante y echando pulsos a la mala fortuna; tal vez habia llegado la hora de sentarse a descansar.
No respondi inmediatamente a la pregunta sobre que me parecia el local; antes le sostuve unos instantes la mirada y me pare a calibrar todo lo que aquella mujer habia supuesto para mi desde que el comisario me descargara en su casa como el que deja un bulto indeseable.
