tres pistolas que aun permanecian amarradas fueron cayendo por el camino, una primero, otra despues, la ultima al fin. Cuando llegue a la cercania de la ciudad, en el cuerpo solo me quedaba agotamiento, tristeza y heridas. Y una faltriquera llena de billetes colgada del cuello. De las armas, ni rastro.
Volvi a incorporarme a la cuneta de la carretera de Ceuta y retome el paso lento. Habia perdido tambien la otra babucha, asi que me camufle de nuevo en la figura de una mora descalza y embozada que emprendia con cansancio el ascenso a la Puerta de La Luneta. Ya no me esforce por simular un andar fatigado: mis piernas, simplemente, no daban para mas. Notaba los miembros entumecidos, tenia ampollas, suciedad y magulladuras por todas partes y una debilidad infinita clavada en los huesos.
Me adentre en la ciudad cuando las sombras comenzaban a aclararse. En una mezquita cercana sonaba el muecin llamando a los musulmanes a la primera oracion y el cornetin del Cuartel de Intendencia tocaba diana. De La Gaceta de Africa salia caliente la prensa del dia y por La Luneta circulaban entre bostezos los limpiabotas mas madrugadores. El pastelero Menahen ya tenia encendido el horno y don Leandro andaba apilando el genero del colmado con el mandil bien amarrado a la cintura.
Todas aquellas escenas cotidianas pasaron ante mis ojos como pasan las cosas ajenas, sin hacerme fijar la atencion, sin dejar poso. Sabia que Candelaria se sentiria satisfecha cuando le entregara el dinero y me creeria ejecutora de una proeza memorable. Yo, en cambio, no sentia en mi interior el menor rastro de nada parecido a la complacencia. Tan solo notaba el negro mordisco de una desazon inmensa.
Mientras corria frenetica por el campo, mientras clavaba las unas en la tierra y tapaba con ella el saco, mientras caminaba por la carretera; a lo largo de todas las ultimas acciones de aquella larga noche, por la mente se me habian cruzado mil imagenes conformando secuencias distintas con un solo protagonista: el hombre de Larache. En una de ellas, los soldados descubrian que no habia tirado nada por la ventana, que todo habia sido una falsa alarma, que aquel individuo no era mas que un arabe somnoliento y confundido; lo dejaban entonces marchar, el ejercito tenia orden expresa de no importunar a la poblacion nativa a no ser que percibieran algo alarmante. En otra muy distinta, apenas abrio la puerta del urinario, el soldado comprobo que se trataba de un espanol emboscado; lo arrincono en el retrete, le apunto con el fusil a dos palmos de la cara y requirio refuerzos a gritos. Llegaron estos, lo interrogaron, tal vez lo identificaron, tal vez se lo llevaron retenido al cuartel, tal vez el intento huir y lo mataron de un tiro en la espalda cuando saltaba a las vias. En medio de las dos premoniciones cabian mil secuencias mas; sin embargo, sabia que nunca lograria conocer cual de ellas estaba mas proxima a la certeza.
Entre en el portal exhausta y llena de temores. Sobre el mapa de Marruecos se alzaba la manana.
12
Halle la puerta de la pension abierta y a los huespedes despiertos, apelotonados en el comedor. Sentadas a la mesa donde a diario se lanzaban insultos y juramentos, las hermanas lloraban y se sonaban los mocos en bata y bigudies mientras el maestro don Anselmo intentaba consolarlas con palabras bajas que no pude escuchar. Paquito y el viajante estaban recogiendo del suelo el cuadro de la Santa Cena con intencion de devolverlo a su sitio de la pared. El telegrafista, en pantalon de pijama y camiseta, fumaba nervioso en una esquina. La madre gorda, entretanto, intentaba enfriar una tila con leves soplidos. Todo estaba revuelto y fuera de sitio, por el suelo habia cristales y tiestos rotos, y hasta habian arrancado de sus barras las cortinas.
A nadie parecio extranar la llegada de una mora a aquellas horas, debieron de pensar que era Jamila. Permaneci unos segundos contemplando la escena aun embozada en el jaique, hasta que un potente chisteo reclamo mi atencion desde el pasillo. Al girar la cabeza encontre a Candelaria moviendo los brazos como una posesa mientras en una mano sostenia una escoba y en la otra el badil.
–Entra para adentro, chiquilla -ordeno alborotada-. Entra y cuenta, que estoy ya mala perdida sin saber que es lo que ha pasado.
Habia decidido guardarme los detalles mas escabrosos y compartir con ella tan solo el resultado final. Que las pistolas ya no estaban y el dinero si: eso era lo que Candelaria querria oir y eso era lo que yo iba a decirle. El resto de la historia quedaria para mi.
Hable mientras me retiraba la cubierta de la cabeza.
–Todo ha salido bien -susurre.
–?Ay, mi alma, ven para aca que te abrace! ?Si vale mi Sira mas que el oro del Peru, si es mi nina mas grande que el dia del Senor! – chillo la matutera. Lanzo entonces al suelo los trastos de limpiar, me aprisiono entre sus pechos y me lleno la cara de besos sonoros como ventosas.
–Calle, por Dios, Candelaria; calle, que van a oirla -reclame con el miedo aun pegado a la piel. Lejos de hacerme caso, ella ensarto su jubilo en una cadena de maldiciones dirigidas al policia que aquella misma noche le habia puesto la casa del reves.
–?Y a mi que me importa que me oigan a toro pasado! ?Mal rayo te parta, Palomares, a ti y a todos los de tu sangre! ?Mal rayo te parta, que no me has pillado!
Previendo que aquel estallido de emocion tras la larga noche de nervios no iba a acabar alli, agarre a Candelaria del brazo y la arrastre a mi cuarto mientras ella continuaba voceando barbaridades.
–?Mala punalada te den, hijo de la gran puta! ?Jodete, Palomares, que no has encontrado nada en mi casa aunque me hayas tumbado los muebles y me hayas reventado los colchones!
–Calle ya, Candelaria, callese de una vez -insisti-. Olvidese de Palomares, tranquilicese y deje que le explique como ha ido.
–Si, hija, si, cuentamelo todito -dijo intentando por fin serenarse. Respiraba con fuerza, llevaba la bata mal abrochada y de la redecilla que le cubria la cabeza le salian mechones de pelo alborotados. Tenia un aspecto lamentable y, aun asi, irradiaba entusiasmo-. Si es que ha venido el muy cabestro a las cinco de la manana y nos ha sacado a todos a la calle el muy desgraciado… si es que… si es que… Bueno, vamos a olvidarlo ya, que lo pasado pasado esta. Habla tu, prenda mia, cuentamelo todo despacito.
Le narre escuetamente la aventura mientras me sacaba el fajo de dinero que el hombre de Larache me habia colgado del cuello. No mencione la escapada por la ventana, ni los gritos amenazantes del soldado, ni las pistolas abandonadas bajo el letrero solitario del apeadero de Malalien. Tan solo le entregue el contenido de la faltriquera y comence despues a quitarme el jaique y el camison que llevaba debajo.
–?Pudrete, Palomares! – grito entre carcajadas mientras lanzaba al aire los billetes-. ?Pudrete en el infierno, que no me has trincado!
Paro entonces en seco el vocerio, y no lo hizo porque hubiera recobrado de pronto la cordura, sino porque lo que tenia ante sus ojos le impidio seguir explayando su alborozo.
