mal. Ten mucho cuidado, chiquilla, no vayas a ser tu la proxima.
Volvi a sacar de la nada una pizca de animo para que ambas nos convencieramos de algo en lo que ni yo misma creia.
–No se preocupe usted, Candelaria; ya vera como salimos de esta de alguna manera.
Y sin una palabra mas, me dirigi al poyete y me dispuse a trepar con el mas siniestro de los cargamentos bien amarrado a la piel. Atras deje a la matutera, observandome desde debajo de la parra mientras se santiguaba entre susurros y sarmientos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo, que la Virgen de los Milagros te acompane, alma mia. Lo ultimo que oi fue el sonoro beso que dio a sus dedos en cruz al final de la persignacion. Un segundo despues desapareci tras la tapia y cai como un fardo en el patio del colmado.
11
Alcance la salida del pastelero Menahen en menos de cinco minutos. En el camino me enganche varias veces en clavos y astillas que la oscuridad me impidio ver. Me arane una muneca, me pise el jaique, resbale, y a punto estuve de perder el equilibrio y caer de espaldas al trepar por un monton de cajas de genero acumuladas sin orden contra una pared. Una vez junto a la puerta, lo primero que hice fue acomodarme bien la ropa para que en la cara tan solo se me vieran los ojos. Despues descorri el cerrojo herrumbroso, respire hondo y sali.
No habia nadie en el callejon, ni una sombra, ni un ruido. Por toda compania encontre una luna que se movia a capricho entre las nubes. Eche a andar despacio y pegada a la orilla izquierda, llegue en seguida a La Luneta. Antes de volcarme en ella, me detuve en la esquina a estudiar el escenario. De los cables que atravesaban la calle colgaban luces amarillentas a modo de farolas callejeras. Mire a derecha e izquierda e identifique, dormidos, algunos de los establecimientos por los que durante el dia deambulaba la vida alborotada. El hotel Victoria, la farmacia Zurita, el bar Levante donde a menudo cantaban flamenco, el estanco Galindo y un almacen de sal. El teatro Nacional, los bazares de los indios, cuatro o cinco tabernas de las que no conocia el nombre, la joyeria La Perla de los hermanos Cohen y La Espiga de Oro donde cada manana comprabamos el pan. Todos parados, cerrados. Silenciosos y quietos como los muertos.
Me adentre en La Luneta esforzandome por adaptar el ritmo al peso de la carga. Recorri un tramo
Para apartar de mi cabeza la preocupacion, me esforce en imaginar como serian aquellas casas arabes por dentro. Habia oido que hermosas y frescas, con patios, con fuentes y galerias de mosaicos y azulejos, con techos de madera repujada y el sol acariciando las azoteas. Imposible intuir todo aquello desde las calles a las que solo asomaban sus muros encalados. Deambule acompanada por aquellos pensamientos hasta que, al cabo de un rato impreciso, cuando crei haber andado lo suficiente y estar al cien por cien segura de no haber levantado la menor sospecha, decidi encaminarme hacia la Puerta de La Luneta. Y fue entonces, exactamente entonces, cuando al fondo del callejon por el que andaba percibi un par de figuras avanzando hacia mi. Dos militares, dos oficiales con breeches, fajines a la cintura y las gorras rojas de los Regulares; cuatro piernas que caminaban briosas, haciendo sonar las botas sobre los adoquines mientras hablaban entre ellos en voz baja
Pasaron los dos hombres a mi lado; me pegue todo lo posible a la pared, pero la callejuela era tan estrecha que casi nos rozamos. No me hicieron el menor caso, sin embargo. Ignoraron mi presencia como si fuese invisible y continuaron con prisa su charla y su camino. Hablaban de destacamentos y municiones, de cosas de las que yo no entendia ni queria entender. Doscientos, doscientos cincuenta como mucho, dijo uno al pasar junto a mi. Que no, hombre, que no, que te digo yo que no, replico el otro vehemente. No les vi las caras, no me atrevi a levantar la vista, pero en cuanto note que el sonido de las botas se desvanecia en la distancia, aprete el paso y saque por fin el alivio a respirar.
Apenas unos segundos despues, sin embargo, me di cuenta de que no deberia haber cantado victoria tan pronto: al alzar la mirada descubri que no sabia donde estaba. Para mantenerme orientada tendria que haber girado a la derecha tres o cuatro esquinas antes, pero la aparicion inesperada de los militares me despisto de tal manera que no lo hice. Me encontre de pronto perdida y un estremecimiento me recorrio la piel. Habia transitado las calles de la medina muchas veces, pero no conocia sus secretos y entresijos. Sin la luz del dia y en ausencia de los actos y los ruidos cotidianos, no tenia la menor idea de donde me encontraba.
Decidi volver atras y recomponer el recorrido, pero no fui capaz de lograrlo. Cuando crei que iba a salir a una plazoleta conocida, encontre un arco; cuando esperaba un pasadizo, me tope con una mezquita o un tramo de escalones. Prosegui moviendome torpemente por callejas tortuosas, intentando asociar cada rincon con las actividades del dia para poder orientarme. Sin embargo, a medida que andaba, cada vez me sentia mas perdida entre aquellas calles enrevesadas que desafiaban las leyes de lo racional. Con los artesanos dormidos y sus negocios cerrados, no lograba distinguir si me movia por la zona de los caldereros y los hojalateros, o si avanzaba ya por la parte en la que a diario laboraban los hilanderos, los tejedores y los sastres. Alli donde a la luz del sol estaban los dulces con miel, las tortas de pan dorado, los montones de especias y los ramos de albahaca que me habrian ayudado a centrarme, solo encontre puertas atrancadas y postigos apestillados. El tiempo daba la impresion de haberse parado, todo parecia un escenario vacio sin las voces de los comerciantes y los compradores, sin las recuas de borricos cargados de espuertas ni las mujeres del Rif sentadas en el suelo, entre verduras y naranjas que tal vez nunca lograran vender. Mi nerviosismo aumento: no sabia que hora seria, pero era consciente de que cada vez iba quedando menos tiempo para las seis. Acelere el paso, sali de una callejuela, entre en otra, en otra, en otra mas; retrocedi, enderece de nuevo el rumbo. Nada. Ni una pista, ni una evidencia: todo se habia convertido de pronto en un laberinto endemoniado del que no hallaba la forma de salir.
Los pasos aturdidos acabaron llevandome a la cercania de una casa con un gran farol sobre la puerta. Oi de pronto risas, alboroto, voces desacompasadas coreando la letra de
