chalaneos, cacho perra, y yo le he contestado, vengo de hacerle una visita a una comadre, don Alfredo, que anda mala de unas piedras en el rinon. No me fio de ti, matutera, que eres muy guarra y muy fullera, me ha dicho luego el berraco, y yo me he mordido la lengua para no contestarle, aunque a punto he estado de cagarme en todos sus muertos, asi que, con el bolso bien firme debajo del sobaco, he apretado el paso encomendandome a Maria Santisima para que no se me movieran las pistolas del cuerpo, y cuando ya lo habia dejado atras, oigo otra vez su voz cochina a mi espalda, lo mismo me paso luego por la pension y te hago un registro, zorra, a ver que encuentro.

–?Y usted cree que de verdad va a venir?

–Lo mismo si y lo mismo no -respondio encogiendose de hombros-. Si consigue por ahi a alguna pobre golfa que le haga un apano y lo deje bien aliviado, igual se olvida de mi. Pero, como no se le enderece la noche, no me extranaria que tocara a la puerta dentro de un rato, sacara a los huespedes a la escalera y me pusiera la casa patas arriba sin miramientos. No seria la primera vez.

–Entonces, usted ya no puede moverse de la pension en toda la madrugada, por si acaso -susurre con lentitud.

–Talmente, mi alma -corroboro.

–Y las pistolas tienen que desaparecer inmediatamente para que no las encuentre aqui Palomares - anadi.

–Ahi estamos, si, senor.

–Y la entrega tiene que hacerse hoy a la fuerza porque los compradores estan esperando las armas y se juegan la vida si tienen que entrar a por ellas a Tetuan.

–Mas clarito no lo has podido decir, reina mia.

Nos quedamos unos segundos en silencio, mirandonos a los ojos, tensas y pateticas. Ella de pie medio desnuda, con las lorzas de carne saliendole a borbotones por los confines de la faja y el sosten; yo sentada con las piernas dobladas, aun entre las sabanas, en camison, con el pelo revuelto y el corazon en un puno. Y acompanandonos, las negras pistolas desparramadas.

Hablo la patrona finalmente, poniendo palabras firmes a la certeza.

–Tienes que encargarte tu, Sira. No nos queda otra salida.

–Yo no puedo, yo no, yo no… -tartamudee.

–Tienes que hacerlo, chiquilla -repitio con voz oscura-. Si no, lo perdemos todo.

–Pero acuerdese de lo que yo ya tengo encima, Candelaria: la deuda del hotel, las denuncias de la empresa y de mi medio hermano. Como me pillen en esta, para mi va a ser el fin.

–El fin bueno lo vamos a tener si llega esta noche el Palomares y nos agarra con todo esto en casa -replico volviendo la mirada hacia las armas.

–Pero Candelaria, escucheme… -insisti.

No, escuchame tu a mi, muchacha, escuchame bien tu a mi ahora -dijo imperiosa. Hablaba con un siseo potente y los ojos abiertos como platos. Se agacho hasta ponerse a mi altura, aun estaba yo en la cama. Me agarro los brazos con fuerza y me obligo a mirarla de frente-. Yo lo he intentado todo, me he dejado el pellejo en esto y la cosa no ha salido -dijo entonces-. Asi de perra es la suerte: a veces te deja que ganes y otras veces te escupe en la cara y te obliga a perder. Y esta noche a mi me ha dicho ahi te pudras, matutera. Ya no me queda ningun cartucho, Sira, yo ya estoy quemada en esta historia. Pero tu no. Tu eres ahora la unica que aun puede lograr que no nos hundamos, la unica que puede sacar la mercancia y recoger el dinero. Si no fuera necesario, no te lo estaria pidiendo, bien lo sabe Dios. Pero no nos queda otra, criatura: tienes que empezar a moverte. Tu estas metida en esto igual que yo; es asunto de las dos y en ello nos va mucho. Nos va el futuro, nina, el futuro entero. Como no consigamos ese dinero, no levantamos cabeza. Y ahora todo esta en tus manos. Y tienes que hacerlo. Por ti y por mi, Sira. Por las dos.

Queria seguir negandome; sabia que tenia motivos poderosos para decir no, ni hablar, de ninguna manera. Pero, a la vez, era consciente de que Candelaria tenia razon. Yo misma habia aceptado entrar en aquel juego sombrio, nadie me habia obligado. Formabamos un equipo en el que cada una tenia inicialmente un papel. El de Candelaria era negociar primero; el mio, trabajar despues. Pero ambas eramos conscientes de que, a veces, los limites de las cosas son elasticos e imprecisos, que pueden moverse, desdibujarse o diluirse hasta desaparecer como la tinta en el agua. Ella habia cumplido con su parte del trato y lo habia intentado. La suerte le habia dado la espalda y no lo habia conseguido, pero aun no estaban reventadas todas las posibilidades. De justicia era que ahora me arriesgara yo.

Tarde unos segundos en hablar; antes necesite espantar de mi cabeza algunas imagenes que amenazaban con saltarme a la yugular: el comisario, su calabozo, el rostro desconocido del tal Palomares.

–?Ha pensado como tendria que hacerlo? – pregunte por fin con un hilo de voz.

Resoplo con estrepito Candelaria, recuperando aliviada el animo perdido.

–Muy facilisimamente, prenda. Esperate un momentillo, que ahora mismito te lo voy a contar.

Salio de la habitacion aun medio desnuda y retorno en menos de un minuto con los brazos llenos de lo que me parecio un trozo enorme de lienzo blanco.

–Vas a vestirte de morita con un jaique -dijo mientras cerraba la puerta a su espalda-. Dentro de ellos cabe el universo entero.

Asi era, sin duda. A diario veia a las mujeres arabes arrebujadas dentro de aquellas prendas anchas sin forma, esa especie de capas amplisimas que cubrian la cabeza, los brazos y el cuerpo entero por delante y por detras. Debajo de ellas, efectivamente, podria alguien ocultar lo que quisiera. Un trozo de tela solia cubrirles la boca y la nariz, y la cubierta les llegaba hasta las cejas. Tan solo los ojos, los tobillos y los pies quedaban a la vista. Jamas se me habria ocurrido una manera mejor de andar por la calle cobijando un pequeno arsenal de pistolas.

–Pero antes tenemos que hacer otra cosa. Sal de la piltra de una vez, chiquilla, que hay que ponerse

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату