carcajadas. Me di entonces cuenta de que estaba ante un burdel, pero ya era demasiado tarde para hacerme pasar por una nativa desgastada: la pareja estaba a tan solo unos pasos de mi. Morita, vente conmigo, morita, guapa, que tengo una cosa que ensenarte, mira, mira, morita, dijo babeante el hombre alargando un brazo hacia mi mientras con la otra mano se agarraba obsceno la entrepierna. La mujer intento contenerle, sujetandole entre risas mientras yo, de un salto, me aparte de su alcance y emprendi una carrera alocada cinendo con todas mis fuerzas el jaique al cuerpo.

Atras deje el prostibulo lleno de carne de cuartel que jugaba al tute, berreaba coplas y sobaba con furia a las mujeres, evadidos todos momentaneamente de la certeza de que cualquier dia proximo cruzarian el

Estrecho para enfrentarse a la macabra realidad de la guerra. Y entonces, al alejarme del antro con toda la prisa del mundo pegada a la suela de las babuchas, la suerte por fin se puso de mi lado e hizo que me diera de bruces con el Zoco el Foki al volver la esquina.

Recobre el alivio por haber encontrado de nuevo la orientacion: por fin sabia como salir de aquella jaula en la que la medina se habia convertido. El tiempo volaba y yo hube de hacerlo tambien. Moviendome con pasos tan largos y rapidos como mi coraza me permitia, alcance en pocos minutos la Puerta de La Luneta. Un nuevo sobresalto, sin embargo, me esperaba junto a ella: alli estaba uno de los temidos controles militares que habian impedido la entrada de los larachies en Tetuan. Unos cuantos soldados, barreras de proteccion y un par de vehiculos: los efectivos suficientes como para intimidar a cualquiera que quisiera adentrarse en la ciudad con algun objetivo no del todo limpio. Note que la garganta se me secaba, pero supe que no podia evadir el paso frente a ellos ni pararme a pensar que hacer, asi que, con la vista fijada una vez mas en el suelo, decidi proseguir mi camino con el andar fatigoso que Candelaria me aconsejo. Traspase el control con la sangre bombeandome las sienes y la respiracion contenida, a la espera de que en cualquier momento me pararan y me preguntaran adonde iba, quien era, que escondia. Para mi fortuna, apenas me miraron. Me ignoraron simplemente, como antes lo habian hecho los oficiales con los que me cruce en la estrechez de una calleja. Que peligro iba a tener para el glorioso alzamiento aquella marroqui de paso cansino que atravesaba como una sombra las calles de la madrugada.

Descendi a la zona abierta del parque y me obligue a recuperar el sosiego. Atravese con fingida calma los jardines llenos de sombras dormidas, tan extranos en aquella quietud sin los ninos ruidosos, las parejas y los ancianos que a la luz del sol se movian entre las fuentes y las palmeras. A medida que avanzaba, la estacion aparecia cada vez mas nitida ante mis ojos. Comparada con las casas bajas de la medina, esta se me antojo de pronto grandiosa e inquietante, medio moruna, medio andaluza, con sus torretas en las esquinas, con sus tejas y azulejos verdes, y enormes arcos en los accesos. Varios faroles tenues iluminaban la fachada y mostraban la silueta recortada contra el macizo del Gorgues, esos montes rocosos e imponentes por donde supuestamente habrian de llegar los hombres de Larache. Solo en una ocasion habia pasado yo junto a la estacion, cuando el comisario me llevo en su automovil del hospital a la pension. El resto de las veces la habia visto siempre en la distancia, desde el mirador de La Luneta, incapaz de calcular su magnitud. Al encontrarla de frente aquella noche, su tamano me parecio tan amenazante que de inmediato empece a echar de menos la acogedora angostura de las callejuelas de la moreria.

Pero no era momento de permitir que los miedos me ensenaran los dientes otra vez, asi que volvi a rescatar el arrojo y me dispuse a cruzar la carretera de Ceuta, por la que a aquellas horas no circulaba ni el polvo. Intente insuflarme animo calculando tiempos, diciendome a mi misma que ya faltaba menos para que todo terminara, que ya habia cubierto una gran parte del proceso. Me reconforto pensar que pronto me libraria de las vendas apretadas, de las pistolas que me estaban magullando el cuerpo y de aquel ropon con el que tan extrana me sentia. Faltaba poco ya, muy poco.

Entre en la estacion por la puerta principal, abierta de par en par. Me recibio un despliegue de luz fria alumbrando el vacio, incongruente con la noche oscura que acababa de dejar detras. Lo primero que capte fue un gran reloj que marcaba las seis menos cuarto. Suspire bajo la tela que me cubria el rostro: el retraso no habia sido excesivo. Camine con intencionada lentitud por el vestibulo mientras con los ojos escondidos tras la capucha estudiaba aceleradamente el escenario. Las taquillas estaban cerradas y tan solo habia un viejo musulman tumbado en un banco con un hatillo a los pies. Al fondo de la estancia, dos grandes puertas se abrian al anden. A la izquierda, otra daba paso a lo que un rotulo de letras bien trazadas indicaba que era la cantina. Busque los tablones con los horarios y los encontre a la derecha. No me detuve a estudiarlos; simplemente me sente en un banco debajo de ellos y me dispuse a esperar. Tan pronto roce la madera, note que un sentimiento de gratitud me recorria el cuerpo de la cabeza a los pies. No fui consciente hasta entonces de lo cansada que estaba, del esfuerzo inmenso que habia tenido que hacer para caminar sin parar cargando con todo aquel peso siniestro como una segunda piel de plomo.

A pesar de que nadie aparecio en el vestibulo en todo el tiempo que permaneci sentada inmovil, a mis oidos llegaron sonidos que me hicieron saber que no estaba sola. Algunos provenian de fuera, del anden. Pasos y voces de hombres, quedas a veces, mas altas en alguna ocasion. Eran voces jovenes, supuse que serian los soldados a cargo de custodiar la estacion e intente no pensar en que probablemente tendrian ordenes expresas de disparar sin miramientos ante cualquier sospecha fundada. Desde la cantina llego tambien algun que otro ruido. Me reconforto oirlos, al menos asi supe que el cantinero estaba activo y en su sitio. Deje pasar diez minutos que transcurrieron con lentitud exasperante: no hubo tiempo para los veinte que Candelaria me indico. Cuando las manecillas del reloj marcaron las seis menos cinco, hice acopio de fuerzas, me levante pesadamente y me encamine a mi destino.

La cantina era grande y tenia al menos una docena de mesas, todas sin ocupar excepto una en la que un hombre dormitaba con la cabeza escondida entre los brazos; a su lado descansaba vacio un porron de vino. Me dirigi hacia el mostrador arrastrando las babuchas, sin tener la menor idea de que era lo que deberia decir o lo que alli tenia que oir. Tras la barra, un hombre moreno y enjuto con una colilla medio apagada entre los labios se afanaba en colocar plazos y tazas en pilas ordenadas, sin prestar en apariencia la menor atencion a aquella mujer de rostro tapado que a punto estaba de plantarse frente a el. Al verme alcanzar el mostrador, sin sacarse el resto del cigarrillo de la boca, dijo tan solo en voz alta y ostentosa: a las siete y media, hasta las siete y media no sale el tren. Y despues, en tono bajo, anadio unas palabras en arabe que no comprendi. Soy espanola, no le entiendo, murmure tras el velo. Abrio la boca sin poder disimular su incredulidad, y el resto de su pitillo fue a parar al suelo en el descuido. Y entonces, atropelladamente, me transmitio el mensaje: vaya al urinario del anden y cierre la puerta, la estan esperando.

Deshice mi camino despacio, retorne al vestibulo y de alli sali a la noche. Antes, volvi a arrebujarme en el jaique y a alzarme el velo hasta que casi me rozo las pestanas. El ancho anden parecia vacio y frente a el no habia nada mas que el macizo rocoso del Gorgues, oscuro e inmenso. Los soldados, cuatro, estaban juntos, fumando y hablando bajo uno de los arcos que daban acceso a las vias. Se estremecieron cuando vieron entrar una sombra, note como se tensaban, como juntaban las botas y erguian las posturas, como aseguraban al hombro los fusiles.

–?Alto ahi! – grito uno de ellos en cuanto me vio. Note que el cuerpo se me agarrotaba bajo el metal de las armas pegadas.

–Dejala, Churruca, ?no ves que es una mora? – dijo otro acto seguido.

Me quede parada, sin avanzar, sin retroceder. Tampoco ellos se aproximaron: permanecieron donde estaban, a unos veinte o treinta metros, discutiendo que hacer.

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