–?Que hacemos ahora? – susurre.

–Salir de aqui lo antes posible -dijo de inmediato-. Vistase, rapido.

–?Y las pistolas que quedan?

–No importan. Lo que hay que hacer es huir: los soldados no tardaran en entrar para comprobar que todo esta en orden.

Mientras yo me envolvia en el jaique con manos temblorosas, el se desato de la cintura un saco de tela mugrienta e introdujo las pistolas a punados.

–?Por donde salimos? – musite.

–Por ahi -dijo alzando la cabeza y senalando con la barbilla la ventana-. Primero va a saltar usted, despues tirare las pistolas y saldre yo. Pero escucheme bien: si yo no llegara a unirme a usted, coja las pistolas, corra con ellas en paralelo a la via y dejelas junto al primer cartel que encuentre anunciando una parada o una estacion, ya ira alguien a buscarlas. No eche la vista atras y no me espere; tan solo salga corriendo y escape. Vamos, preparese para subir, apoye un pie en mis manos.

Mire la ventana, alta y estrecha. Crei imposible que cupieramos por ella, pero no lo dije. Estaba tan asustada que tan solo me dispuse a obedecer, confiando ciegamente en las decisiones de aquel mason anonimo de quien jamas llegaria a conocer siquiera el nombre.

–Espere un momento -anuncio entonces, como si hubiera olvidado algo.

Se abrio la camisa de un tiron y del interior extrajo una pequena bolsa de tela, una especie de faltriquera.

–Guardese antes esto, es el dinero pactado. Por si acaso la cosa se complica una vez fuera.

–Pero aun quedan pistolas… -tartamudee mientras me palpaba el cuerpo.

–No importa. Usted ya ha cumplido su parte, asi que debe cobrar -dijo mientras me colgaba la bolsa al cuello. Me deje hacer, inmovil, como anestesiada-. Vamos, no podemos perder un segundo.

Reaccione por fin. Apoye un pie en sus manos cruzadas y me impulse hasta agarrarme al borde de la ventana.

–Abrala, deprisa -requirio-. Asomese. Digame rapido que ve y que oye.

La ventana daba al campo oscuro, el movimiento provenia de otra zona fuera del alcance de mi vista. Ruidos de motores, ruedas chirriando sobre la gravilla, pasos firmes, saludos y ordenes, voces imperiosas repartiendo funciones. Con impetu, con brio, como si el mundo estuviera a punto de acabar cuando aun no habia comenzado la manana.

–Pizarro y Garcia, a la cantina. Ruiz y Albadalejo, a las taquillas. Vosotros a las oficinas y vosotros dos a los urinarios. Vamos, todos cagando leches -grito alguien con rabiosa autoridad.

–No se ve a nadie, pero vienen hacia aca -anuncie con la cabeza aun fuera.

–Salte -ordeno entonces.

No lo hice. La altura era inquietante, necesitaba sacar antes el cuerpo, me negaba inconscientemente a salir sola. Queria que el hombre de Larache me asegurara que iba a venir conmigo, que me llevaria de su mano alla a donde tuviera que ir.

La agitacion se oia cada vez mas cerca. El rechinar de las botas sobre el suelo, las voces fuertes repartiendo objetivos. Quintero, al urinario de senoras; Villarta, al de hombres. No eran a todas luces los reclutas desidiosos que encontre a mi llegada, sino una patrulla de hombres frescos con ansia por llenar de actividad el principio de su jornada.

–?Salte y corra! – repitio energico el hombre agarrandome las piernas e impulsandome hacia arriba.

Salte. Salte, cai y sobre mi cayo el saco de las pistolas. Apenas habia alcanzado el suelo cuando oi el estruendo precipitado de puertas abiertas a patadas. Lo ultimo que llego a mis oidos fueron los gritos broncos que increpaban a quien ya nunca mas vi.

–?Que haces en el urinario de mujeres, moro? ?Que andas tirando por la ventana? Villarta, rapido, sal a ver si ha arrojado algo al otro lado.

Empece a correr. A ciegas, con furia. Cobijada en la negrura de la noche y arrastrando el saco con las armas; sorda, insensible, sin saber si me seguian ni querer preguntarme que habria sido del hombre de Larache frente al fusil del soldado. Se me salio una babucha y una de las ultimas pistolas acabo de desatarse de mi cuerpo, pero no me detuve a recoger ninguna de las perdidas. Tan solo continue la carrera en la oscuridad siguiendo el trazado de la via, medio descalza, sin parar, sin pensar. Atravese campo llano, huertas, canaverales y pequenas plantaciones. Tropece, me levante y segui corriendo sin un respiro, sin calcular la distancia que mis zancadas cubrian. Ni un ser vivo salio a mi encuentro y nada se interpuso en el ritmo desquiciado de mis pies hasta que, entre las sombras, logre percibir un cartel lleno de letras. Apeadero de Malalien, decia. Aquel seria mi destino.

La estacion estaba a unos cien metros del rotulo, tan solo la alumbraba un farol amarillento. Pare mi carrera alocada antes de alcanzarla, nada mas llegar al cartel que la precedia. Busque rapidamente en todas direcciones por si alli hubiera ya alguien a quien poder entregar las armas. Tenia el corazon a punto de reventar y la boca seca llena de polvo y carbonilla, hice esfuerzos imposibles por enmudecer el sonido entrecortado de mi respiracion. Nadie me salio al encuentro. Nadie esperaba la mercancia. Tal vez llegaran mas tarde, tal vez no lo hicieran jamas.

Tome la decision en menos de un minuto. Deje el saco en el suelo, lo aplane para que se viera lo menos posible y comence a apilar pequenas rocas sobre el con ritmo febril, aranando el suelo, arrancando tierra, piedras y matojos hasta dejarlo medianamente cubierto. Cuando supuse que ya no resultaba un bulto sospechoso, me marche.

Sin apenas tiempo para recuperar el aliento, emprendi la carrera otra vez hacia donde se vislumbraban las luces de Tetuan. Desprovista ya de la carga, decidi desprenderme tambien del resto de mis lastres. Me abri el jaique sin detenerme y, con dificultad, consegui deshacer poco a poco los ultimos nudos. Las

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату