–A mi lo mismo me da que sea una mora que una cristiana. El sargento ha dicho que tenemos que pedir identificacion a todo el mundo.

–Joder, Churruca, que torpe eres. Ya te hemos dicho diez veces que se referia a todo el mundo espanol, no a los musulmanes, que no te enteras, macho -aclaro otro.

–Los que no os enterais sois vosotros. A ver, senora, documentacion.

Crei que las piernas se me iban a doblar, que me iba a caer desfallecida. Supuse que aquello ya era, irremediablemente, el fin. Contuve la respiracion y note como un sudor frio empapaba todos los recodos de mi piel.

–Mira que eres zote, Churruca -dijo a su espalda la voz de otro companero-. Que las nativas no van por ahi con una cedula de identificacion, a ver cuando aprendes que esto es Africa y no la plaza mayor de tu pueblo.

Demasiado tarde: el soldado escrupuloso estaba ya a dos pasos de mi, con una mano adelantada esperando algun documento mientras buscaba mi mirada entre los pliegues de tela que me cubrian. No la encontro, sin embargo: la mantuve fija en el suelo, concentrada en sus botas manchadas de barro, en mis viejas babuchas y en el escaso medio metro que separaba ambos pares de pies.

–Como el sargento se entere de que has andado molestando a una marroqui libre de sospecha, te vas a comer tres dias como tres soles de arresto en la Alcazaba, chaval.

La funesta posibilidad de aquel castigo hizo por fin entrar en razon al tal Churruca. No pude ver la cara de mi redentor: mi vista seguia concentrada en el suelo. Pero la amenaza del arresto surtio su efecto y el soldado puntilloso y cabezota, tras pensarselo durante unos segundos angustiosos, retiro la mano, se giro y se alejo de mi.

Bendije la sensatez del companero que lo freno y cuando los cuatro soldados volvieron a estar juntos bajo el arco, me di la vuelta y reemprendi mi camino hacia ningun sitio concreto. Comence a recorrer el anden despacio, sin rumbo, intentando tan solo recuperar la serenidad. Una vez lo consegui, por fin pude concentrar mi esfuerzo en dar con los urinarios. Empece entonces a prestar atencion a lo que habia alrededor: un par de arabes dormitando en el suelo con las espaldas apoyadas en los muros y un perro flaco cruzando las vias. Tarde poco en encontrar el objetivo; para mi fortuna, estaba casi al final del anden, en el extremo opuesto al que ocupaban los soldados. Conteniendo la respiracion, empuje la puerta de paneles de cristal granulado y entre en una especie de distribuidor. Apenas habia luz y no quise buscar la palomilla, preferi acostumbrar los ojos a la oscuridad. Vislumbre la senal de hombres a la izquierda y la de mujeres a la derecha. Y al fondo, contra la pared, percibi lo que parecia un monton de tela que lentamente comenzaba a moverse. Una cabeza tapada por una capucha emergio cautelosa del bulto, sus ojos se cruzaron con los mios en la penumbra.

–?Trae la mercancia? – pregunto con voz espanola. Hablaba quedo y rapido.

Movi la cabeza afirmativamente y el bulto se irguio sigiloso hasta convertirse en la figura de un hombre vestido, como yo, a la usanza moruna.

–?Donde esta?

Me baje el velo para poder hablar con mas facilidad, me abri el jaique y expuse ante el mi cuerpo fajado.

–Aqui.

–Dios mio -murmuro tan solo. En aquellas dos palabras se concentraba un mundo de sensaciones: asombro, ansiedad, urgencia. Tenia el tono grave, parecia una persona educada.

–?Se lo puede quitar usted misma? – pregunto entonces.

–Necesitare tiempo -susurre.

Me indico un aseo de senoras y entramos los dos. El espacio era estrecho y por una pequena ventana se colaba un resto de luz de luna, suficiente como para no necesitar mas iluminacion.

–Hay prisa, no podemos perder un minuto. El reten de la manana esta a punto de llegar y revisan la estacion de arriba abajo antes de que salga el primer tren. Tendre que ayudarla -anuncio cerrando la puerta a su espalda.

Deje caer el jaique al suelo y puse los brazos en cruz para que aquel desconocido comenzara a trastear por mis rincones, desatando nudos, destensando vendas y liberando mi esqueleto de su siniestra cobertura.

Antes de comenzar, se bajo la capucha de la chilaba y frente a mi descubri el rostro serio y armonioso de un espanol de edad media con barba de varios dias. Tenia el pelo castano y rizado, despeinado por efecto del ropaje bajo el que probablemente llevara tiempo camuflado. Sus dedos empezaron a trabajar, pero la labor no resultaba sencilla. Candelaria se habia esforzado a conciencia y ni una sola de las armas se habia movido de su sitio, pero los nudos eran tan prietos y los metros de tela tantos que desprender de mi contorno todo aquello nos llevo un rato mas largo de lo que aquel desconocido y yo habriamos deseado. Nos mantuvimos callados los dos, rodeados de azulejos blancos y acompanados tan solo por la placa turca del suelo, el sonido acompasado de nuestras respiraciones y el murmullo de alguna frase suelta que marcaba el ritmo del proceso: esta ya esta, ahora por aqui, muevase un poco, vamos bien, levante mas el brazo, cuidado. A pesar del apremio, el hombre de Larache actuaba con una delicadeza infinita, casi con pudor, evitando en lo posible acercarse a los recodos mas intimos o rozar mi piel desnuda un milimetro mas alla de lo estrictamente necesario. Como si temiera manchar mi integridad con sus manos, como si el cargamento que llevaba adherido fuera una exquisita envoltura de papel de seda y no una negra coraza de artefactos destinados a matar. En ningun momento me incomodo su cercania fisica: ni sus caricias involuntarias, ni la intimidad de nuestros cuerpos casi pegados. Aquel fue, sin duda, el momento mas grato de la noche: no porque un hombre recorriera mi cuerpo despues de tantos meses, sino porque creia que, con aquel acto, estaba llegando el principio del fin.

Todo se desarrollaba a buen ritmo. Las pistolas fueron saliendo una a una de sus escondrijos y yendo a parar a un monton en el suelo. Quedaban muy pocas ya, tres o cuatro, no mas. Calcule que en cinco, en diez minutos como mucho, todo estaria terminado. Y entonces, inesperadamente, el sosiego se rompio, haciendonos contener el aliento y frenar en seco la tarea. Del exterior, aun en la distancia, llegaron los sonidos agitados del comienzo de una nueva actividad.

Tomo aire el hombre con fuerza y se saco un reloj del bolsillo.

–Ya esta aqui el reten de reemplazo, se han adelantado -anuncio. En su voz quebrada percibi angustia, inquietud, y la voluntad de no transmitirme ninguna de aquellas sensaciones.

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