a trabajar.
Obedeci sin palabras, dejando que ella manejara la situacion. Arranco sin miramientos la sabana superior de mi cama y se la llevo a la boca. De un mordisco feroz desgarro el embozo y a partir de ahi empezo a rajar la tela, arrancando una banda longitudinal de un par de cuartas de ancho.
–Haz lo mismo con la bajera -ordeno. Entre dientes y tirones, apenas unos minutos tardamos entre las dos en reducir las sabanas de mi cama a un par de docenas de tiras largas de algodon-. Y ahora, lo que vamos a hacer es atarte estas bandas al cuerpo para sujetar con ellas las pistolas. Alza los brazos, que voy con la primera.
Y asi, sin despojarme siquiera del camison, los diecinueve revolveres fueron quedando adheridos a mi contorno, fajados con fuerza con los trozos de sabana. Cada tira se destino a una pistola: primero envolvia
Candelaria el arma en un doblez del tejido, despues me la ponia contra el cuerpo y daba con la banda dos o tres vueltas alrededor. Al final anudaba con fuerza los extremos.
–Estas en los huesos, muchacha, no te quedan ya chichas donde amarrar la proxima -dijo tras cubrir por completo el frente y la espalda.
–En los muslos -sugeri.
Asi lo hizo, hasta que por fin el cargamento en pleno encontro acomodo esparcido bajo el pecho, sobre las costillas, los rinones y las paletillas, en los costados, los brazos, las caderas y la parte superior de las piernas. Y yo quede como una momia, cubierta de vendas blancas bajo las que se escondia una armadura tetrica y pesada que dificultaba todos mis movimientos, pero con la que tendria que aprender a moverme de inmediato.
–Ponte estas babuchas, son de la Jamila -dijo dejando a mis pies unas ajadas zapatillas de piel color parduzco-. Y ahora, el jaique -anadio sosteniendo la gran capa de lienzo blanco-. Eso es, envuelvete hasta la cabeza, que te vea yo como te queda.
Me contemplo con una media sonrisa.
–Perfecta, una morita mas. Antes de salir, que no se te olvide, tienes que ajustarte tambien a la cara el velo para que te tape la boca y la nariz. Hala, vamos para afuera, que ahora tengo que explicarte rapidito por donde vas a salir.
Empece a caminar con dificultad, consiguiendo a duras penas mover el cuerpo a un ritmo normal. Las pistolas pesaban como plomos y me obligaban a llevar las piernas entreabiertas y los brazos separados de los costados. Salimos al pasillo, Candelaria delante y yo detras desplazandome torpemente; un gran bulto blanco que chocaba contra las paredes, los muebles y los quicios de las puertas. Hasta que, sin darme cuenta, golpee una repisa y tire al suelo todo lo que en ella habia: un plato de Talavera, un quinque apagado y el retrato color sepia de algun pariente de la patrona. La ceramica, el cristal del retrato y la pantalla del quinque se hicieron anicos tan pronto chocaron contra las baldosas, y el estrepito provoco que, en los cuartos vecinos, los somieres comenzaran a crujir al romperse el sueno de los huespedes.
–?Que ha pasado? – grito la madre gorda desde la cama.
–Nada, que se me ha caido un vaso de agua al suelo. A dormir todo el mundo -respondio Candelaria con autoridad.
Intente agacharme para recoger el estropicio, pero no pude doblar el cuerpo.
–Deja, deja, nina, que ya lo arreglo yo luego -dijo apartando con el pie unos cuantos cristales.
Y entonces, inesperadamente, una puerta se abrio apenas a tres metros de nosotras. Al encuentro nos salio la cabeza llena de rulillos de Fernanda, la mas joven de las anosas hermanas. Antes de que tuviera ocasion de preguntarse que habia pasado y que hacia una mora con un jaique tumbando los muebles del pasillo a esas horas de la madrugada, Candelaria le lanzo un dardo que la dejo muda y sin capacidad de reaccion.
–Como no se meta en la cama ahora mismo, manana en cuanto me levante le cuento a la Sagrario que anda usted viendose con el practicante del dispensario los viernes en la cornisa.
El panico a que la pia hermana se enterara de sus amorios pudo mas que la curiosidad y, sin mediar palabra, Fernanda volvio a escurrirse como una anguila dentro de su habitacion.
–Tira para adelante, chiquilla, que se nos esta haciendo tarde -dispuso entonces la matutera en un susurro imperioso-. Es mejor que nadie vea que sales de esta casa, a ver si va a andar por aqui cerca el Palomares y la cagamos antes de empezar. Asi que vamos para afuera.
Salimos al pequeno patio en la parte trasera del edificio. Nos recibieron la noche negra, una parra retorcida, un punado de enredos y la vieja bicicleta del telegrafista. Nos cobijamos en una esquina y comenzamos de nuevo a hablar en voz baja.
–Y ahora, ?que hago? – musite.
Parecia tenerlo ella todo bien pensado y hablo con determinacion en tono quedo.
–Te vas a subir a ese poyete y vas a saltar la tapia, pero tienes que hacerlo con mucho cuidado, no se te vaya a enredar el jaique entre las piernas y te dejes el morro contra el suelo.
Observe la tapia de unos dos metros de altura y el murete adosado al que tendria que encaramarme para llegar a su parte mas alta y poder pasar al lado contrario. Preferi no preguntarme si seria capaz de lograrlo lastrada por el peso de las pistolas y envuelta en todos aquellos metros de tela, asi que me limite a pedir mas instrucciones.
–Y ?desde alli?
–Cuando hayas saltado, estaras en el patio del colmado de don Leandro; desde ahi, subiendote en las cajas y los toneles que tiene arrumbados, podras pasar sin problemas al patio siguiente, que es el de la pasteleria del hebreo Menahen. Alli, al fondo, encontraras una puertecilla de madera que te sacara a una callejuela transversal, que es por donde el entra los sacos de harina para el obrador. Una vez fuera, olvidate de quien eres: tapate bien, encogete, y echa a andar hacia el barrio judio y, desde alli, entras despues en la moreria. Pero ten mucho cuidadito, nina: ve sin prisas y cerca de las paredes, arrastrando un poco los pies, como si fueras una vieja, que nadie te vaya a ver caminando garbosa, a ver si algun indeseable va a intentar algo contigo, que
