Apenas cumplimos con la faena, cada una se encerro en su cuarto sin cruzar una palabra mas entre nosotras. El resto de la tropa, entretanto, liquidaba la jornada con sus rutinas nocturnas: las gargaras de eucalipto y la radio, los bigudies frente al espejo o el transito hacia el cafe. Intentando simular normalidad, lance al aire las buenas noches y me acoste. Permaneci despierta un rato, hasta que los trajines se fueron poco a poco acallando. Lo ultimo que oi fue a Candelaria salir de su cuarto y cerrar despues, sin apenas ruido, la puerta de la calle.

Cai dormida a los pocos minutos de su marcha. Por primera vez en varios dias, no di vueltas infinitas en la cama ni se metieron conmigo bajo la manta los oscuros presagios de las noches anteriores: carcel, comisario, arrestos, muertos. Parecia como si el nerviosismo hubiera decidido por fin darme una tregua al saber que aquel siniestro negocio estaba a punto de terminar. Me sumergi en el sueno acurrucada junto al dulce presentimiento de que, a la manana siguiente, empezariamos a planificar el futuro sin la sombra negra de las pistolas sobrevolando nuestras cabezas.

Pero duro poco el descanso. No supe que hora era, las dos, las tres quiza, cuando una mano me agarro el hombro y me sacudio energica.

–Despierta, nina, despierta.

Me incorpore a medias, desorientada, adormecida aun.

–?Que pasa, Candelaria? ?Que hace aqui? ?Ya esta de vuelta? – logre decir a trompicones.

–Un desastre, criatura, un desastre como la copa de un pino -respondio la matutera entre susurros.

Estaba de pie junto a mi cama y, entre las brumas de mi somnolencia, su figura voluminosa se me antojo mas rotunda que nunca. Llevaba puesto un gaban que no le conocia, ancho y largo, cerrado hasta el cuello. Comenzo a desabotonarlo con prisa mientras lanzaba explicaciones aturulladas.

–El ejercito tiene vigilados todos los accesos a Tetuan por carretera y los hombres que venian desde Larache a recoger la mercancia no se han atrevido a llegar hasta aqui. He estado esperando casi hasta las tres de la manana sin que nadie apareciera y, al final, me han mandado a un morito de las cabilas para decirme que los accesos estan mucho mas controlados de lo que creian, que temen no poder salir vivos si se deciden a entrar.

–?Donde tenia que verles? – pregunte esforzandome por emplazar en su sitio todo lo que ella iba contando.

–En la Suica baja, en las traseras de una carboneria.

Desconocia a que sitio se estaba refiriendo, pero no intente averiguarlo. En mi cabeza aun adormecida se perfilo con trazos gruesos el alcance de nuestro fracaso: adios al negocio, adios al taller de costura. Bienvenido otra vez el desasosiego de no saber que iba a ser de mi en los tiempos venideros.

–Todo ha terminado entonces -dije mientras me frotaba los ojos para intentar arrancarles los ultimos restos del sueno.

–De eso nada, chiquilla -atajo la patrona terminando de despojarse del gaban-. Los planes se han torcido, pero por la gloria de mi madre yo te juro que esta noche salen zumbando de mi casa las pistolas. Asi que arreando, morena: levantate de la cama, que no hay tiempo que perder.

Tarde en entender lo que me decia; tenia la atencion fija en otro asunto: en la imagen de Candelaria desabrochandose el sayon informe que la cubria bajo el gaban, una especie de bata suelta de basta lana que apenas dejaba intuir las formas generosas de su cuerpo. Contemple atonita como se desvestia, sin comprender el sentido de tal acto e incapaz de averiguar a que se debia aquel desnudo precipitado a los pies de mi cama. Hasta que, desprovista de la saya, empezo a sacar objetos de entre sus carnes densas como la manteca. Y entonces lo entendi. Cuatro pistolas llevaba sujetas en las ligas, seis en la faja, dos en los tirantes del sosten y otro par de ellas debajo de las axilas. Las cinco restantes iban en el bolso, liadas en un trozo de pano. Diecinueve en total. Diecinueve culatas con sus diecinueve canones a punto de abandonar el calor de aquel cuerpo robusto para trasladarse a un destino que en ese mismo momento comence a sospechar.

–Y ?que es lo que quiere que haga? – pregunte atemorizada.

–Llevar las armas a la estacion del tren, entregarlas antes de las seis de la manana y traerte de vuelta para aca los mil novecientos duros en los que tenia apalabrada la mercancia. Sabes donde esta la estacion, ?no? Cruzando la carretera de Ceuta, a los pies del Gorgues. Alli podran recogerla los hombres sin tener que entrar en Tetuan. Bajaran desde el monte e iran a por ella directamente antes de que amanezca, sin necesidad de pisar la ciudad.

–Pero ?por que tengo que llevarla yo? – Me notaba de pronto despierta como un buho, el susto habia conseguido cortar la somnolencia de raiz.

–Porque al volver de la Suica dando un rodeo y pergenando la manera de arreglar lo de la estacion, el hijo de puta del Palomares, que salia del bar El Andaluz cuando ya estaban cerrando, me ha echado el alto junto al porton de Intendencia y me ha dicho que igual le cuadra esta noche pasarse por la pension a hacerme un registro.

–?Quien es Palomares?

–El policia con mas mala sangre de todo el Marruecos espanol.

–?De los de don Claudio?

–Trabaja a sus ordenes, si. Cuando lo tiene delante, le hace la rosca al jefe pero, en cuanto campa a sus anchas, saca el cabron una chuleria y una mala baba que tiene acobardado con echarle la perpetua a medio Tetuan.

–Y ?por que la ha parado a usted esta noche?

–Porque le ha dado la gana, porque es asi de desgraciado y le gusta repartir estopa y asustar a la gente, sobre todo a las mujeres; lleva anos haciendolo y en estos tiempos, mas todavia.

–Pero ?ha sospechado algo de las pistolas?

–No, hija, no; por suerte no me ha pedido que le abra el bolso ni se ha atrevido a tocarme. Tan solo me ha dicho con su voz asquerosa, donde vas tan de noche, matutera, no estaras metida en alguno de tus

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