tomates de los calcetines. El paisaje no se presentaba optimo: la competencia era considerable, pero de alguna manera tendria que ingeniarmelas para conseguir un resquicio por el que colarme. Aunque, segun mi patrona, ninguna de aquellas profesionales de la costura era del todo deslumbrante y la mayor parte componia un elenco de figuras domesticas y casi familiares, no por ello habian de ser desestimadas: cuando trabajan bien, las modistas son capaces de ganar lealtades hasta la muerte.
La idea de volver a estar activa me provoco sentimientos encontrados. Por un lado consiguio generar un palpito de ilusion que hacia un tiempo eterno que no percibia. Poder ganar dinero para mantenerme y saldar mis deudas dedicandome a algo que me gustaba y para lo que sabia que era buena era lo mejor que en aquellos momentos podria pasarme. Por otro lado, sin embargo, al calibrar la cruz de la moneda, la inquietud y la incertidumbre se me extendian sobre el animo como una noche de lobos. Para abrir mi propio negocio por humilde y diminuto que fuera, necesitaba un capital inicial del que no disponia, unos contactos de los que carecia y mucha mas suerte de la que en los ultimos tiempos me andaba ofreciendo la vida. No iba a resultar facil hacerme un hueco siendo una simple modista mas: para arrebatar fidelidades y captar clientas tendria que buscar ingenio, salirme de lo normal, ser capaz de ofrecer algo diferente.
Mientras Candelaria y yo nos esforzabamos por dar con una via por la que encauzarme, varias amigas y conocidas suyas comenzaron a subir a la pension para hacerme algunos encargos: que si una blusita, nina, hazme el favor; que si unos abrigos para los chiquillos antes de que se nos meta el frio. Eran por lo general mujeres modestas y su poderio economico andaba en consonancia. Llegaban acarreando muchos hijos y escasos retales, y se sentaban a hablar con Candelaria mientras yo cosia. Suspiraban por la guerra, lloraban por la suerte de los suyos en Espana secandose las lagrimas con una punta del panuelo que guardaban arrebujado en la manga. Se quejaban de la carestia de los tiempos y se preguntaban con angustia que iban a hacer para sacar adelante a sus proles si el conflicto seguia avanzando o un tiro enemigo les mataba al marido. Pagaban poco y tarde, a veces nunca, como buenamente podian. Con todo, a pesar de las estrecheces de la clientela y la humildad de sus encargos, el mero hecho de haber vuelto a la costura habia conseguido mitigar la aspereza de mi desolacion y abrir un resquicio por el que ya se filtraba un tenue rayo de luz.
9
A finales de mes empezo a llover, una tarde, otra, otra. El sol apenas salio en tres dias; hubo truenos, relampagos, viento de locos y hojas de arboles sobre el suelo mojado. Seguia trabajando en las prendas que las mujeres cercanas me iban encargando; ropa sin gracia y sin clase, confecciones en telas burdas destinadas a proteger los cuerpos de las inclemencias de la intemperie con poca atencion a la estetica. Hasta que, entre una chaqueta para el nieto de una vecina y una falda tableada encargada por la hija de la portera, llego Candelaria envuelta en uno de sus arrebatos.
–?Ya lo tengo, nina, ya esta, ya esta todo arreglado!
Volvia de la calle con su chaqueton nuevo de cheviot amarrado con fuerza a la cintura, un panuelo a la cabeza y sus viejos zapatos con los tacones torcidos llenos de barro. Sin dejar de hablar de forma atropellada se dispuso a quitarse prendas de encima a la vez que iba narrando los pormenores del gran descubrimiento. Su potente busto subia y bajaba acompasadamente mientras, con la respiracion entrecortada, desgranaba sus noticias y se despojaba de capas como una cebolla.
–Vengo de la peluqueria donde trabaja mi comadre la Remedios, que tenia unos asuntillos que arreglar yo con ella, y en esto que esta la Reme haciendole la ondulacion permanente a una gabacha…
–?Una que? – interrumpi.
–Una gabacha: una franchute, una melindres -aclaro acelerada antes de proseguir-. En realidad eso es lo que me parecio a mi, que era una gabacha, porque luego descubri que no era una francesa, sino una alemana a la que yo no conocia, porque a las demas, a la mujer del consul, y a las de Gumpert y Bernhardt, y a la de Langenheim, que no es germana, sino italiana, a esas si que las conozco yo mas que de sobra, que algunas cosillas hemos tenido. Bueno, a lo que iba, que mientras le andaba dando al peine, la Reme me ha preguntado que donde me he mercado yo este chaqueton tan estupendisimo que llevo puesto. Y yo, claro esta, le he dicho que me lo ha hecho una amiga, y entonces la gabacha que luego, como te digo, ha resultado que no era gabacha sino alemana, me ha mirado y me ha remirado y se ha metido en la conversacion, y con ese acento suyo que en vez de contarte algo parece que te va a meter un bocado en el pescuezo, pues me ha dicho la paya que ella necesita a alguien que le cosa, pero que le cosa bien, que a ver si sabe de alguna casa de modas de calidad, pero de calidad de la requetebuena, que llevaba poco tiempo en Tetuan y que se iba a quedar aqui una temporada, y que en fin, que necesitaba a alguien. Y yo le he dicho…
–Que venga aqui para que le cosa yo -adelante.
–?Pero que dices, muchacha, tu estas majareta! Aqui no puedo yo meter a una gachi asi, que esas senoronas se juntan con las generalas y las coronelas, y estan acostumbradas a otras cosas y otros sitios, no sabes que estilo se gastaba la alemana y el parne que debe de tener.
–?Entonces?
–Pues entonces, no se que pajara me ha dado, que de pronto le he dicho que me he enterado de que van a abrir una casa de alta costura.
Trague saliva con fuerza.
–?Y se supone que de eso me voy a encargar yo?
–Pues claro, mi alma, ?quien si no?
Volvi a intentar tragar, pero esta vez no lo consegui del todo. La garganta se me habia quedado de pronto seca como el asperon.
–Y ?como voy yo a montar una casa de alta costura, Candelaria? – pregunte acobardada.
La primera respuesta fue una carcajada. La segunda, tres palabras pronunciadas con tal desparpajo que no dejo lugar a la mas diminuta de las dudas.
–Conmigo, chiquilla, conmigo.
Aguante la cena con una tropa de nervios bailandome entre los intestinos. Antes de esta, la patrona no pudo aclararme nada mas porque, apenas formulo su anuncio, llegaron al comedor las hermanas comentando exultantes la liberacion del Alcazar de Toledo. Al poco se sumaron el resto de los huespedes, rebosando satisfaccion un bando y rumiando su disgusto el otro. Jamila empezo entonces a poner la mesa y Candelaria no tuvo mas remedio que dirigirse a la cocina para ir organizando la cena: coliflor rehogada y tortillas de un huevo; todo economico, todo blandito no fuera a darles a los hospedados por reduplicar la gesta del dia en el frente lanzandose con furia a la cabeza los huesos de las chuletas.
