economia de la casa, me esforzaba al menos en colaborar en lo posible para aligerar las tareas domesticas y no ser solo un bulto tan improductivo como un mueble arrumbado. Pelaba patatas, ponia la mesa y tendia la ropa en la azotea. Ayudaba a Jamila a pasar el polvo y a limpiar cristales, aprendia de ella algunas palabras en arabe y me dejaba obsequiar por sus eternas sonrisas. Regaba las macetas, sacudia las alfombras y anticipaba pequenas necesidades de las que antes o despues alguien tendria que encargarse. En sintonia con los cambios de temperatura, la pension se fue tambien preparando para la llegada del otono y yo coopere en ello. Cambiamos las camas de todos los cuartos; mudamos sabanas, retiramos las colchas de verano y bajamos los cobertores de invierno de los altillos. Me di cuenta entonces de que gran parte de aquella lenceria necesitaba un repaso urgente, asi que dispuse un gran cesto de ropa blanca junto al balcon y me sente a enmendar desgarrones, reafirmar dobladillos y rematar flecos sueltos.

Y entonces sucedio lo inesperado. Nunca habria podido imaginar que la sensacion de volver a tener una aguja entre los dedos llegara a resultar tan gratificante. Aquellas colchas asperas y aquellas sabanas de basto lienzo nada tenian que ver con las sedas y muselinas del taller de dona Manuela, y los remiendos de sus desperfectos distaban un mundo de los pespuntes delicados que en otro tiempo me dedique a hacer para componer las prendas de las grandes senoras de Madrid. Tampoco el humilde comedor de Candelaria se asemejaba al taller de dona Manuela, ni la presencia de la muchachita mora y el trasiego incesante del resto de los belicosos huespedes se correspondian con las figuras de mis antiguas companeras de faena y la exquisitez de nuestras clientas. Pero el movimiento de la muneca era el mismo, y la aguja volvia a correr veloz ante los ojos, y mis dedos se afanaban por dar con la puntada certera igual que durante anos lo habia hecho, dia a dia, en otro sitio y con otros destinos. La satisfaccion de coser de nuevo fue tan grata que durante un par de horas me devolvio a tiempos mas felices y logro disolver temporalmente el peso de plomo de mis propias miserias. Era como estar de vuelta en casa.

La tarde caia y apenas quedaba luz cuando regreso Candelaria de una de sus constantes salidas. Me encontro rodeada de pilas de ropa recien remendada y con la penultima toalla entre las manos.

–No me digas, nina, que sabes coser.

Mi replica a tal saludo fue, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa afirmativa, casi triunfal. Y entonces la patrona, aliviada por haber encontrado al fin alguna utilidad en aquel lastre en que mi presencia se estaba convirtiendo, me llevo hasta su dormitorio y se dispuso a volcar sobre la cama el contenido entero de su armario.

–A este vestido le bajas la bastilla, a este abrigo le vuelves el cuello. A esta blusa le arreglas las costuras y a esta falda le sacas un par de dedos de cadera, que ultimamente me he echado unos kilillos encima y no hay manera de que me entre en el cuerpo.

Y asi hasta un monton enorme de viejas prendas que apenas me cabian entre los brazos. Solo me llevo una manana resolver los desperfectos de su ajado vestuario. Satisfecha con mi eficacia y decidida a calibrar en pleno el potencial de mi productividad, Candelaria volvio aquella tarde con un corte de cheviot para un chaqueton.

–Lana inglesa, de la mejor. La traiamos de Gibraltar antes de que empezara el jaleo, ahora se esta poniendo muy dificilisimo dar con ella. ?Te atreves?

–Consigame un buen par de tijeras, dos metros de forro, media docena de botones de carey y un carrete de hilo marron. Ahora mismo le tomo medidas y manana por la manana se lo tengo listo.

Con aquellos parcos medios y la mesa de comedor como base de operaciones, a la hora de la cena tenia el encargo preparado para prueba. Antes del desayuno estaba terminado. Apenas abrio el ojo, con las leganas aun pegadas y el pelo cogido bajo una redecilla, Candelaria se ajusto la prenda sobre el camison y examino con incredulidad su efecto ante el espejo. Las hombreras se asentaban impecables sobre su osamenta y las solapas se abrian a los lados en perfecta simetria, disimulando lo excesivo de su perimetro pectoral. El talle se marcaba gracil con un amplio cinturon, el corte acertado de la caida disimulaba la opulencia de sus caderas de yegua. Las vueltas anchas y elegantes de las mangas remataban mi obra y sus brazos. El resultado no podia ser mas satisfactorio. Se contemplo de frente y perfil, de espalda y medio lado. Una vez, otra; ahora abrochado, ahora abierto, el cuello subido, el cuello bajado. Con su locuacidad contenida, concentrada en valorar con precision el producto. Otra vez de frente, otra vez de lado. Y, al final, el juicio.

–La madre que te pario. Pero ?como no me has avisado antes de la mano que tienes, mi alma?

Dos nuevas faldas, tres blusas, un vestido camisero, un par de trajes de chaqueta, un abrigo y una bata de invierno fueron acomodandose en las perchas de su armario a medida que ella se las iba arreglando para traer de la calle nuevos trozos de tela invirtiendo en ellos lo minimo posible.

–Seda china, toca, toca; dos mecheros americanos me ha sacado por ella el indio del bazar de abajo, me cago en sus muelas. Menos mal que me quedaban un par de ellos del ano pasado, porque ya solo quiere duros hassani el muy cabron; andan diciendo que van a retirar el dinero de la Republica y a cambiarlo por billetes de los nacionales, que locura, muchacha -me decia acalorada a la vez que abria un paquete y ponia ante mis ojos un par de metros de tejido color fuego.

Una nueva salida trajo consigo media pieza de gabardina -de la buena, chiquilla, de la buena-. Un retazo de raso nacarado llego al dia siguiente acompanado por el correspondiente relato de los avatares de su consecucion y menciones poco honrosas a la madre del hebreo que se lo habia proporcionado. Un retal de lanilla color caramelo, un corte de alpaca, siete cuartas de saten estampado y asi, entre canjes y cambalaches, alcanzamos casi la docena de tejidos que yo corte y cosi y ella se probo y alabo. Hasta que sus ingenios para obtener genero se agotaron, o hasta que penso que su nuevo guardarropa estaba por fin bien surtido, o hasta que decidio que ya iba siendo hora de concentrar la atencion en otros menesteres.

–Con todo lo que me has hecho esta saldada tu deuda conmigo hasta el dia de hoy -anuncio. Y sin darme tiempo siquiera para paladear mi alivio, prosiguio-: Ahora vamos a hablar del futuro. Tu tienes mucho talento, nina, y eso no se puede desperdiciar y menos ahora con la faltita que te hacen a ti unas buenas perras para salir de los follones en los que andas metida. Ya has visto que lo de encontrar una colocacion esta muy complicadisimo, asi que a mi me parece que lo mejor que puedes hacer es dedicarte a coser para la calle. Pero tal como estan las cosas, me temo que te va a ser dificil que la gente te abra las puertas de sus casas de par en par. Tendras que tener tu sitio, montar tu propio taller y, aun asi, no te va a ser facil encontrar clientela. Tenemos que pensarlo bien.

Candelaria la matutera conocia a todo bicho viviente en Tetuan, pero para cerciorarse del estado de la costura y enfocar el asunto en su justo sitio, hubo de hacer unas cuantas salidas, unos contactos por aqui y por alla, y un estudio sesudo de la situacion a pie de obra. Un par de dias despues del nacimiento de la idea ya teniamos una estampa cien por cien fiable del panorama. Supe entonces que habia dos o tres creadoras de solera y prestigio a las que solian frecuentar las esposas e hijas de los jefes militares, de algunos medicos reputados y de los empresarios con solvencia. Un escalon por debajo, se encontraban cuatro o cinco modistas decentes para los trajes de calle y los abrigos de los domingos de las madres de familia del personal mejor acomodado de la administracion. Y habia finalmente varios punados de costureras de poco fuste que hacian rondas por las casas, lo mismo cortando batas de percal que reconvirtiendo vestidos heredados, cogiendo bajos o remendando los

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