Descendimos del coche en la plaza de Espana; un par de moritos se acerco volando a cargar con mi equipaje y el comisario les dejo hacer. Entramos entonces en La Luneta, junto a la juderia, junto a la medina. La Luneta, mi primera calle en Tetuan: estrecha, ruidosa, irregular y bullanguera, llena de gente, tabernas, cafes y bazares alborotados en los que todo se compraba y todo se vendia. Llegamos a un portal, entramos, ascendimos una escalera. Toco el comisario un timbre en el primer piso.

–Buenos dias, Candelaria. Aqui le traigo el encargo que estaba esperando. – Ante la mirada de la rotunda mujer de rojo que acababa de abrir la puerta, mi acompanante me senalo con un breve movimiento de cabeza.

–Pero ?que encargo es este, mi comisario? – replico poniendose en jarras y soltando una potente risotada. Acto seguido, se hizo a un lado y nos dejo pasar. Tenia una casa soleada, reluciente en su modestia y de estetica un tanto dudosa. Tenia tambien un desparpajo de apariencia natural bajo el que se intuia la sensacion de que aquella visita del policia no dejaba de generarle un potente desasosiego.

–Un encargo especial que yo le hago -aclaro el dejando la maleta en la pequena entrada a los pies de un almanaque con la imagen de un Sagrado Corazon-. Tiene que hospedar a esta senorita por un tiempo y, de momento, sin cobrarle un centimo; ya ajustaran cuentas entre ustedes cuando ella empiece a ganarse la vida.

–?Pero si tengo la casa hasta arriba, por los clavos de Cristo! ?Si me llega lo menos media docena de cuerpos al dia a los que no tengo manera de dar cobijo!

Mentia, obviamente. La mujerona morena mentia y el lo sabia.

–No me cuente sus penas, Candelaria; ya le he dicho que tiene que acomodarla como sea.

–?Si desde lo del alzamiento no ha parado de venir gente en busca de hospedaje, don Claudio! ?Si tengo hasta colchones por los suelos!

–Dejese de milongas, que el transito del Estrecho lleva semanas cortado y por alli no cruzan estos dias ni las gaviotas. Le guste o no, habra de hacerse cargo de lo que le pido; apuntelo a la cuenta de todas las que me debe. Y ademas, no solo tiene que darle alojamiento: tambien que ayudarla. No conoce a nadie en Tetuan y trae a rastras una historia bastante fea, asi que hagale un hueco en donde pueda porque aqui va a instalarse a partir de ahora mismo, ?esta claro?

Ella contesto sin el menor entusiasmo:

–Como el agua, senor mio; clarito como el agua.

–La dejo a su recaudo entonces. Si hay algun problema, ya sabe donde encontrarme. No me hace ninguna gracia que se quede aqui: ya viene maleada y poco bueno va a aprender de usted, pero en fin…

Interrumpio entonces la patrona con un punto de sorna bajo pose de aparente inocencia.

–?No sospechara usted de mi ahora, don Claudio?

No se dejo embaucar el comisario por la cadencia zumbona de la andaluza.

–Yo siempre sospecho de todo el mundo, Candelaria; para eso me pagan.

–Y si tan mala cree que soy, ?a santo de que me trae esta prenda a mi vera, mi comisario?

–Porque, como ya le he dicho, tal como estan las cosas, no tengo otro sitio a donde llevarla, no se vaya a creer que lo hago por gusto. En cualquier caso, la dejo responsable de ella, vaya imaginando alguna manera de que se busque la vida: no creo que pueda regresar a Espana en una buena temporada y necesita conseguir dinero porque tiene por ahi un asunto pendiente que arreglar. A ver si consigue que la contraten de dependienta en algun comercio, o en una peluqueria; en cualquier sitio decente, usted vera. Y haga el favor de dejar de llamarme «mi comisario», se lo he dicho ya quinientas veces.

Me observo ella entonces, prestandome atencion por primera vez. De arriba abajo, con rapidez y sin curiosidad; como si simplemente estuviera tasando el volumen de la losa que acababa de caerle encima. Volvio despues la vista a mi acompanante y, con resignacion burlona, acepto el cometido.

–Descuide, don Claudio, que la Candelaria se hace cargo. Ya vere en donde la meto, pero quedese tranquilo, que ya sabe usted que conmigo va a estar en la gloria bendita.

Las promesas celestiales de la duena de la pension no parecieron sonar del todo convincentes al policia porque aun necesito este apretar un poco mas la tuerca para terminar de negociar los terminos de mi estancia. Con voz modulada y el dedo indice erguido en vertical a la altura de la nariz, formulo un ultimo aviso que ya no admitio broma alguna por respuesta.

–Andese con ojo, Candelaria, con ojo y con cuidado, que la cosa esta muy revuelta y no quiero mas problemas de los estrictamente necesarios. Y a ver si se le va a ocurrir meterla en ninguno de sus lios. No me fio un pelo de ninguna de las dos, asi que voy a tenerlas vigiladas de cerca. Y como yo me entere de algun movimiento extrano, me las llevo a comisaria y de alli no las saca ni el sursum corda, ?estamos?

Musitamos ambas un sentido «si, senor».

–Pues lo dicho, a recuperarse y, en cuanto pueda, a empezar a trabajar.

Me miro a los ojos para despedirse y parecio dudar un instante entre tenderme o no la mano como despedida. Finalmente opto por no hacerlo y zanjo el encuentro con una recomendacion y un pronostico condensados en tres escuetas palabras: «Cuidese, ya hablaremos». Salio entonces de la vivienda y comenzo a descender los escalones con trote agil mientras se ajustaba el sombrero agarrandolo con la mano abierta por la corona. Lo observamos en silencio desde la puerta hasta que desaparecio de nuestra vista, y a punto estabamos de adentrarnos de nuevo en la vivienda cuando oimos sus pasos terminar el descenso y su voz retronar en el hueco de la escalera.

–?Me las llevo a las dos al calabozo y de alli no las saca ni el Santo Nino del Remedio!

–Tus muertos, cabron -fue lo primero que Candelaria dijo tras cerrar la puerta con un empujon propulsado por su voluminoso trasero. Despues me miro y sonrio sin ganas, intentando apaciguar mi desconcierto-. Demonio de hombre, me lleva loca perdida; no se como lo hace, pero no se le escapa una y lo

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