–… o lo que quiera que sea ese hijo de mala madre -complete con una mueca ironica tan debil como amarga.

–?Estaban casados? – pregunto.

Negue con la cabeza.

–Mejor para usted -concluyo tajante. Consulto entonces el reloj-. Bien, no quiero cansarla mas -dijo levantandose-, creo que por hoy es suficiente. Volvere manana, no se a que hora; cuando tenga un hueco, estamos hasta arriba.

Lo contemple mientras se dirigia hacia la salida del pabellon, andando con prisa, con el paso elastico y determinado de quien no esta acostumbrado a perder el tiempo. Antes o despues, cuando me recuperara, deberia averiguar si en verdad aquel hombre confiaba en mi inocencia o si simplemente deseaba librarse de la pesada carga que conmigo le habia caido como del cielo en el momento mas inoportuno. No pude pensarlo entonces: estaba exhausta y acobardada, y lo unico que ansiaba era dormir un sueno profundo y olvidarme de todo.

El comisario Vazquez regreso la tarde siguiente, a las siete, tal vez a las ocho, cuando el calor era ya menos intenso y la luz mas tamizada. Nada mas verle atravesar la puerta en el otro extremo del pabellon, me apoye sobre los codos y, con gran esfuerzo, arrastrandome casi, me incorpore. Cuando llego hasta mi, se sento en la misma silla del dia anterior. Ni siquiera le salude. Solo carraspee, prepare la voz y me dispuse a narrar todo lo que el queria oir.

7

Aquel segundo encuentro con don Claudio transcurrio un viernes de finales de agosto. El lunes a media manana regreso para recogerme: habia encontrado un sitio donde alojarme y se iba a encargar de acompanarme a emprender mi nueva mudanza. En distintas circunstancias, un comportamiento tan aparentemente caballeroso podria haberse interpretado de alguna otra manera; en aquel momento, ni el ni yo teniamos duda de que su interes por mi no era mas que el de un simple producto profesional al que convenia tener a buen recaudo para evitar mayores complicaciones.

A su llegada me encontro vestida. Con ropa descoordinada que se me habia quedado grande, peinada con un mono desabrido, sentada apenas en el extremo de la cama ya hecha. Con la maleta repleta de los miserables restos del naufragio a mis pies y los dedos huesudos entrelazados sobre el regazo, esforzandome sin suerte por hacer acopio de fuerzas. Al verle llegar intente levantarme; con un gesto, sin embargo, el me indico que permaneciera sentada. Se acomodo en el borde de la cama frente a la mia y tan solo dijo:

–Espere. Tenemos que hablar.

Me miro unos segundos con aquellos ojos oscuros capaces de taladrar una pared. Ya habia yo descubierto por entonces que no era ni un joven canoso ni un viejo juvenil: era un hombre a caballo entre los cuarenta y los cincuenta, educado en las maneras pero curtido en su trabajo, con buena planta y el alma baqueteada a fuerza de tratar con golfos de toda ralea. Un hombre, pense, con el que bajo ningun concepto me convenia tener el mas minimo problema.

–Mire, estos no son los procedimientos que acostumbramos a seguir en mi comisaria; con usted, debido a las circunstancias del momento, estoy haciendo una excepcion, pero quiero que le quede bien claro cual es su situacion real. Aunque personalmente creo que usted no es mas que la incauta victima de un canalla, esos asuntos los tiene que dirimir un juez, no yo. Sin embargo, tal como estan ahora mismo las cosas en la confusion de estos dias, me temo que un juicio es algo impensable. Y tampoco ganariamos nada teniendola detenida en una celda hasta sabe Dios cuando. Asi que, como le dije el otro dia, la voy a dejar en libertad, pero, ojo, controlada y con movimientos limitados. Y para evitar tentaciones, no voy a devolverle su pasaporte. Ademas, queda libre bajo la condicion de que, en cuanto se restablezca del todo, busque una manera decente de ganarse la vida y ahorre para liquidar su deuda con el Continental. Les he pedido en su nombre el plazo de un ano para saldar la cuenta pendiente y han aceptado, asi que ya puede usted espabilarse y hacer lo posible por sacar ese dinero de debajo de las piedras si hace falta, pero de forma limpia y sin escaramuzas, ?esta claro?

–Si, senor -musite.

–Y no me vaya a fallar; no me intente hacer ninguna jugarreta y no me fuerce a ir a por usted en serio porque como me busque las cosquillas, pongo en marcha la maquinaria, la embarco para Espana a la primera que pueda y le caen siete anos en la carcel de mujeres de Quinones antes de que quiera darse cuenta, ?estamos?

Ante tan funesta amenaza fui incapaz de decir nada coherente; solo asenti. Se levanto entonces; yo, un par de segundos despues. El lo hizo con rapidez y flexibilidad; yo tuve que imponer a mi cuerpo un esfuerzo inmenso para poder seguir su movimiento.

–Pues andando -concluyo-. Deje, ya le llevo yo la maleta, que usted no esta para tirar ni de su sombra. Tengo el auto en la puerta; despidase de las monjas, deles las gracias por lo bien que la han tratado y vamonos.

Recorrimos Tetuan en su vehiculo y, por primera vez, pude apreciar parcialmente aquella ciudad que durante un tiempo aun indeterminado habria de convertirse en la mia. El Hospital Civil estaba en las afueras; poco a poco fuimos adentrandonos en ella. A medida que lo haciamos crecia el volumen de cuerpos que la transitaban. Las calles estaban repletas en aquella hora cercana al mediodia. Apenas circulaban automoviles y el comisario tenia que hacer sonar constantemente la bocina para abrirse paso entre los cuerpos que se movian sin prisa en mil direcciones. Habia hombres con trajes claros de lino y sombreros de panama, ninos en pantalon corto dando carreras y mujeres espanolas con el cesto de la compra cargado de verdura. Habia musulmanes con turbantes y chilabas rayadas, y moras cubiertas con ropajes voluminosos que solo les permitian mostrar los ojos y los pies. Habia soldados de uniforme y muchachas con vestidos floreados de verano, ninos nativos descalzos jugando entre gallinas. Se oian voces, frases y palabras sueltas en arabe y espanol, saludos constantes al comisario cada vez que alguien reconocia su coche. Resultaba dificil creer que de aquel ambiente hubiera surgido apenas unas semanas atras lo que ya se intuia como una guerra civil.

No entablamos ninguna conversacion a lo largo del trayecto; aquel desplazamiento no tenia el objetivo de ser un grato paseo, sino el escrupuloso cumplimiento de un tramite que acarreaba la necesidad de trasladarme de un sitio a otro. Ocasionalmente, sin embargo, cuando el comisario intuia que algo de lo que aparecia ante nuestros ojos podria resultarme ajeno o novedoso, lo senalaba con la mandibula y, sin despegar la vista del frente, pronunciaba unas escuetas palabras para nombrarlo. «Las rifenas», recuerdo que dijo senalando un grupo de mujeres marroquies ataviadas con faldones a rayas y grandes gorros de paja de los que colgaban borlones colorados. Los escasos diez o quince minutos que duro el trayecto me fueron suficientes para absorber las formas, descubrir los olores y aprender los nombres de algunas de las presencias con las que a diario habria de convivir en aquella nueva etapa de mi vida. La Alta Comisaria, los higos chumbos, el palacio del jalifa, los aguadores en sus burros, el barrio moro, el Dersa y el Gorgues, los bakalitos, la hierbabuena.

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