Apenas pudo terminar la frase antes de que mediara la madre de la criatura.
–Por eso ha tenido que levantarse el ejercito, para acabar con tantas risas, tanta alegria y tanto libertinaje que estaban llevando a Espana a la ruina…
Y entonces parecio haberse declarado abierta la veda. Los tres hombres en un flanco y las tres mujeres en el otro alzaron sus seis voces de manera casi simultanea en un gallinero en el que nadie escuchaba a nadie y todos se desganitaban soltando por sus bocas improperios y atrocidades. Rojo vicioso, vieja meapilas, hijo de Lucifer, tia vinagre, ateo, degenerado y otras decenas de epitetos destinados a vilipendiar al comensal de enfrente saltaron por los aires en un fuego cruzado de gritos colericos. Los unicos callados eramos Paquito y yo misma: yo, porque era nueva y no tenia conocimiento ni opinion sobre el devenir de la contienda y Paquito, probablemente por miedo a los mandobles de su furibunda madre, que en ese mismo momento acusaba al maestro de mason asqueroso y adorador de Satanas con la boca llena de patatas a medio masticar y un hilo aceitoso cayendole por la barbilla. En el otro extremo de la mesa, Candelaria, entretanto, iba transmutando segundo a segundo su ser: la ira amplificaba su volumen de jaca y su semblante, poco antes amable, empezo a enrojecer hasta que, incapaz de contenerse mas, propino un punetazo sobre la mesa con tal potencia que el vino salto de los vasos, los platos chocaron entre si y por el mantel se derramo a borbotones la salsa del estofado. Como un trueno, su voz se alzo por encima de la otra media docena.
–?Como vuelva a hablarse de la puta guerra en esta santa casa, los pongo a todos en lo ancho de la calle y les tiro las maletas por el balcon!
De mala gana y lanzandose miradas asesinas, replegaron todos velas y se dispusieron a terminar el primer plato conteniendo a duras penas sus furores. Los jureles del segundo transcurrieron casi en silencio; la sandia del postre amago peligro por aquello de lo encarnado de su color, pero la tension no llego a estallar. El almuerzo termino sin mayores incidentes; para encontrarlos de nuevo, hubo solo que esperar a la cena. Volvieron entonces como aperitivo las ironias y las bromas de doble sentido; despues los dardos cargados de veneno y el intercambio de blasfemias y persignaciones y, finalmente, los insultos sin parapeto y el lanzamiento de curruscos de pan con el ojo del contrario como objetivo. Y como colofon, de nuevo los gritos de Candelaria advirtiendo del inminente desahucio de todos los huespedes si persistian en su afan de replicar los dos bandos sobre el mantel. Descubri entonces que aquel era el natural discurrir de las tres comidas de la pension un dia si y otro tambien. Nunca, sin embargo, llego la patrona a desprenderse de uno solo de aquellos hospedados a pesar de que todos ellos mantuvieron siempre alerta el nervio belico y afiladas la lengua y la punteria para cargar sin piedad contra el flanco contrario. No estaban las cosas en la vida de la matutera en aquellos momentos de menguadas transacciones como para deshacerse voluntariamente de lo que cada uno de aquellos pobres diablos sin casa ni amarre pagaba por manutencion, pernocta y derecho a bano semanal. Asi que, a pesar de las amenazas, rara fue la jornada en la que de un lado al otro de la mesa no volaron oprobios, huesos de aceituna, proclamas politicas, pieles de platano y, en los momentos mas calientes, algun que otro salivazo y mas de un tenedor. La vida misma a escala de batalla domestica.
8
Y asi fueron pasando mis primeros tiempos en la pension de La Luneta, entre aquella gente de la que nunca supe mucho mas que sus nombres de pila y -muy por encima- las razones por las que alli se alojaban. El maestro y el funcionario, solteros y anosos, eran residentes longevos; las hermanas viajaron desde Soria a mediados de julio para enterrar a un pariente y se vieron con el Estrecho cerrado al trafico maritimo antes de poder regresar a su tierra; algo similar ocurrio al comercial de productos de peluqueria, retenido involuntariamente en el Protectorado por el alzamiento. Mas oscuras eran las razones de la madre y el hijo, aunque todos suponian que andaban a la busqueda de un marido y padre un tanto huidizo que una buena manana salio a comprar tabaco a la toledana plaza de Zocodover y decidio no volver mas a su domicilio. Con conatos de bronca casi a diario, con la guerra real avanzando sin piedad a traves del verano y aquel contubernio de seres descolocados, iracundos y asustados siguiendo al milimetro su desarrollo, asi fui yo acomodandome a esa casa y su submundo, y asi fue tambien estrechandose mi relacion con la duena de aquel negocio en el que, por la naturaleza de la clientela, poco rendimiento presuponia yo que alcanzaria ella a recoger.
Sali poco aquellos dias: no tenia sitio alguno adonde ir ni nadie a quien ver. Solia quedarme sola, o con Jamila, o con Candelaria cuando por alli paraba, que no era mucho. A veces, cuando no andaba con sus prisas y tejemanejes, insistia en sacarme con ella para que buscaramos juntas alguna ocupacion para mi, que se te va a quedar la cara de pergamino, muchacha, que no te da ni miajita la luz del sol, decia. A veces me sentia incapaz de aceptar la propuesta, aun me faltaban las fuerzas, pero en otras ocasiones accedia, y entonces me llevaba por aqui y por alla, recorriendo el laberinto endemoniado de callejas de la moreria y las vias cuadriculadas y modernas del ensanche espanol con sus casas hermosas y su gente bien arreglada. En cada establecimiento a cuyo dueno conocia preguntaba ella si podian colocarme, si sabian de alguien que tuviera un empleo para esa chica tan aplicada y dispuesta a trabajar de dia y de noche que se suponia que era yo. Pero corrian tiempos dificiles y aunque los tiros sonaban lejos, todo el mundo parecia consternado por el incierto transcurrir de la contienda, preocupados por los suyos en su tierra, por el paradero de unos y otros, los avances de las tropas en el frente, los vivos, los muertos y lo que quedaba por venir. En aquellas circunstancias apenas nadie tenia interes en expandir negocios ni contratar nuevo personal. Y a pesar de que soliamos culminar aquellas salidas con un vaso de te moruno y una bandeja de pinchitos en algun cafetin de la plaza de Espana, cada intentona frustrada suponia para mi otra paletada mas de angustia sobre mi angustia y para Candelaria, aunque no lo dijera, un mordisco nuevo de preocupacion.
Mi estado de salud mejoraba al mismo ritmo que el de mi animo, con paso de caracol. Seguia en los huesos y el tono mortecino de mi tez contrastaba con los rostros tostados por el sol del verano de mi alrededor. Mantenia agarrotados los sentidos y fatigada el alma; aun sentia casi como el primer dia el desgarro causado por el abandono de Ramiro. Continuaba anorando al hijo de cuya existencia prenatal solo tuve constancia durante unas horas y me recomia la preocupacion por el devenir de mi madre en el Madrid sitiado. Seguia asustada por las denuncias que sobre mi existian y por las advertencias de don Claudio, atemorizada ante la idea de no poder hacer frente a la deuda pendiente y la posibilidad de acabar en la carcel. Aun tenia el panico por companero y me seguian escociendo con rabia las heridas.
Uno de los efectos del enamoramiento loco y obcecado es que anula los sentidos para percibir lo que acontece a tu alrededor. Corta al ras la sensibilidad, la capacidad para la percepcion. Te obliga a concentrar tanto la atencion en un ser unico que te aisla del resto del universo, te aprisiona dentro de una coraza y te mantiene al margen de otras realidades aunque estas transcurran a dos palmos de tu cara. Cuando todo salto por los aires, me di cuenta de que aquellos ocho meses que habia pasado junto a Ramiro habian sido de tal intensidad que apenas habia tenido contacto cercano con nadie mas. Solo entonces fui consciente de la magnitud de mi soledad. En Tanger no me moleste en establecer relaciones con nadie: no me interesaba ningun ser mas alla de Ramiro y lo que con el tuviera que ver. En Tetuan, sin embargo, el ya no estaba, y consigo se habian marchado mi asidero y mis referencias; hube por ello de aprender a vivir sola, a pensar en mi y a pelear para que el peso de su ausencia fuera poco a poco haciendose menos desolador. Como decia el folleto de las Academias Pitman, larga y escarpada es la senda de la vida.
Termino agosto y llego septiembre con sus tardes menos largas y las mananas mas frescas. Los dias transcurrian lentos sobre el ajetreo de La Luneta. La gente entraba y salia de las tiendas, los cafes y los bazares, cruzaba la calle, se detenia en los escaparates y charlaba con conocidos en las esquinas. Mientras contemplaba desde mi atalaya el cambio de luz y aquel dinamismo imparable, era plenamente consciente de que yo tambien necesitaba cada vez con mas urgencia ponerme en movimiento, iniciar una actividad productiva para dejar de vivir de la caridad de Candelaria y comenzar a juntar los duros destinados a solventar mi deuda. No daba, sin embargo, con la manera de hacerlo y, para compensar mi inactividad y mi nula contribucion a la
