La mire en silencio y frente a ella, inesperada, se cruzo la sombra de mi madre. Muy poco tenian que ver Dolores y la matutera. Mi madre era todo rigor y templanza, y Candelaria, a su lado, pura dinamita. Su forma de ser, sus codigos eticos y la forma en que enfrentaban ambas los envites del destino eran del todo dispares pero, por primera vez, aprecie entre ellas una cierta sintonia. Cada una a su manera y en su mundo, las dos pertenecian a una estirpe de mujeres valientes y luchadoras, capaces de abrirse paso en la vida con lo poco que la suerte les pusiera por delante. Por mi y por ellas, por todas nosotras, tenia que pelear para que aquel negocio saliera a flote.

–Me gusta mucho -respondi por fin sonriendo-. Es perfecto, Candelaria; no podria haber imaginado un sitio mejor.

Me devolvio la sonrisa y un pellizco en la mejilla, cargados los dos de afecto y de una sabiduria tan vieja como los tiempos. Ambas intuiamos que a partir de entonces todo seria distinto. Nos seguiriamos viendo, si, pero solo de cuando en cuando y discretamente. Ibamos a dejar de compartir techo, ya no presenciariamos juntas las broncas sobre el mantel; no recogeriamos la mesa al terminar la cena, ni hablariamos con susurros en la oscuridad de mi misera habitacion. Nuestros caminos estaban a punto de separarse, cierto. Pero las dos sabiamos que, hasta el fin de los dias, nos uniria algo de lo que jamas nadie iba a oirnos hablar.

14

En menos de una semana estaba instalada. Espoleada por Candelaria, fui organizando espacios y pidiendo muebles, aparatos y herramientas. Ella lo asumia todo con ingenio y billetes, dispuesta a dejarse hasta las pestanas en aquel negocio de azar aun borroso.

–Pide por esa boca, mi alma, que yo no he visto un gran taller de costura en toda mi punetera vida, asi que no tengo mucha idea de los aperos que necesita un negocio de semejante ralea. Si no anduvieramos con la maldita guerra encima, podriamos irnos tu y yo a Tanger, a comprar maravillas francesas en Le Palais du Mobilier y, ya de paso, media docena de bragas en La Sultana, pero como estamos en Tetuan con la pata quebrada y no quiero que te asocien mucho conmigo, lo que vamos a hacer es que tu vas a ir pidiendo cosas y yo me las voy a ingeniar para conseguirlas con mis contactos. Asi que dale carrete, criatura: dime que tengo que ir buscando y por donde empiezo.

–Primero el salon. Tiene que representar la imagen de la casa, dar una sensacion de elegancia y buen gusto -dije rememorando el taller de dona Manuela y todas aquellas residencias que conoci en mis entregas. Aunque el piso de Sidi Mandri, construido a la medida de la pequena Tetuan, era mucho menor en empaque y dimensiones que las buenas casas de Madrid, el recuerdo de los viejos tiempos podria servirme como ejemplo para estructurar el presente.

–?Y que le ponemos?

–Un sofa divino, dos pares de buenas butacas, una amplia mesa de centro y dos o tres mas pequenas para que sirvan de auxiliares. Cortinones de damasco para los balcones y una gran lampara. De momento, basta. Pocas cosas, pero con mucho estilo y la mejor calidad.

–No veo claro como conseguir todo eso, muchacha, que en Tetuan no hay tiendas con tanto tronio. Dejame que piense un poco; tengo yo un amigo que trabaja con un transportista, que a ver si consigo que me haga un porte… Bueno, tu no te preocupes, que yo me las arreglo de alguna manera, y si alguna de las cosas es de segunda o tercera mano pero de calidad de la buena, buena, no creo que importe mucho, ?verdad? Asi parecera que la casa tiene mas solera. Sigue arreando, nina.

–Figurines, revistas de moda extranjeras. Dona Manuela las tenia por docenas; cuando iban quedandose viejas nos las regalaba y yo me las llevaba a casa, nunca me cansaba de mirarlas.

–Eso va a ser tambien dificil de conseguir: ya sabes que desde el alzamiento las fronteras estan cerradas y es muy poco lo que se recibe de fuera. Pero bueno, se quien tiene un salvoconducto para Tanger, le tanteare a ver si me las puede traer como un favor; ya me pasara luego una buena factura a cambio pero, en fin, de eso ya Dios dira…

–A ver si hay suerte. Y encarguese de que sea un buen monton de las mejores. – Rememore los nombres de algunas de las que solia comprar yo misma en Tanger en los ultimos tiempos, cuando Ramiro empezaba a desentenderse de mi. En sus hermosos dibujos y fotografias me refugie noches enteras-. Las americanas Harper's Bazaar, Vogue y Vanity Fair, la francesa Madame Figaro -anadi-. Todas las que encuentre.

–Marchando. Mas cosillas.

–Para el cuarto de pruebas, un espejo de tres cuerpos. Y otro par de butacas. Y un banco tapizado para dejar las prendas.

–Mas.

–Telas. Trozos de tres o cuatro cuartas de los mejores tejidos que sirvan como muestras, no piezas enteras hasta que no veamos el asunto encaminado.

–Las mejores las tienen en La Caraquena; de las de la burrakia que venden los moros junto al mercado ni hablar, que son mucho menos elegantes. Voy a ver tambien que pueden conseguirme los indios de La Luneta, que son muy vivos y siempre andan con algo especial guardado en la trastienda. Y tambien tienen buenos contactos con la zona francesa, a ver si por alli tambien podemos sacar alguna cosilla interesante. Sigue pidiendo, morena.

–Una maquina de coser, una Singer americana a ser posible. Aunque casi todo el trabajo se haga a mano, convendra tenerla. Tambien una buena plancha con su tabla. Y un par de maniquies. Del resto de las herramientas mejor me encargo yo en un minuto, solo digame donde esta la mejor merceria.

Y asi nos fuimos organizando. Yo encargaba primero y Candelaria despues, desde la retaguardia, recurria incansable a sus artes del trapicheo para lograr lo que necesitabamos. A veces venian cosas camufladas y a deshora, tapadas con mantas y cargadas por hombres de rostro cetrino. A veces los trajines se hacian a las claras del dia, observados por todo aquel que pasara por la calle. Llegaron muebles, pintores y electricistas; recibi paquetes, instrumentos de trabajo y pedidos diversos sin fin. Enfundada en mi nueva imagen de mujer de mundo llena de glamour y desenvoltura, desde mis taconazos supervise el proceso de principio a fin. Con aire resuelto, las pestanas cuajadas de mascara y atusandome sin cesar la nueva melena, ventile oportunamente cuantos imprevistos se presentaron y me di a conocer entre los vecinos. Todos me saludaron discretos cada vez que me cruce con ellos en el portal o la escalera. En el bajo habia una sombrereria y un estanco; en el principal, frente a mi, vivian una senora mayor enlutada y un hombre joven con gafas y cuerpo regordete que intui como su hijo. Arriba, sendas familias con multitud de ninos que intentaban curiosear todo lo posible a fin de averiguar quien iba a ser su proxima vecina.

Todo estuvo listo en unos cuantos dias: ya solo nos faltaba ser capaces de hacer algo con ello.

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