El negocio prosperaba poco a poco, se fue corriendo la voz. Entraba dinero: en pesetas de Burgos, en francos franceses y marroquies, en moneda hassani. Lo guardaba todo en una pequena caja de caudales cerrada con siete llaves en el segundo cajon de la mesilla de noche. A treinta de cada mes entregaba el montante a Candelaria. El tiempo de decir amen tardaba la matutera en apartar un punado de pesetas para los gastos corrientes y liar el resto de los billetes en un rulo compacto que diestra se introducia en el canalillo. Con la ganancia del mes al cobijo caliente de sus opulencias, corria a buscar entre los hebreos al cambista que mejor apano le hiciera. Volvia al rato a la pension, sin resuello y con un monton tubular de libras esterlinas guarecido en el mismo escondite. Con el aliento aun entrecortado por la prisa, se sacaba de entre los pechos el botin. «A lo seguro, chiquilla, a lo seguro, que para mi que los mas listos son los ingleses. Pesetas de Franco no vamos a ahorrar tu y yo ni una, que como al cabo terminen perdiendo la guerra los nacionales, no van a servirnos ni para limpiarnos el culo.» Repartia con justicia: la mitad para mi, la mitad para ti. Y que nunca nos falte, mi alma.
Me acostumbre a vivir sola, serena, sin miedos. A ser responsable del taller y de mi misma. Trabajaba mucho, me distraia poco. El volumen de pedidos no exigia mas manos, segui sin ayuda. La actividad era por eso incesante, con los hilos, las tijeras, con imaginacion y la plancha. Salia a veces en busca de telas, a forrar botones o elegir bobinas y corchetes. Disfrutaba sobre todo de los viernes: me acercaba a la vecina plaza de Espana -el Feddan le decian los moros- para ver al jalifa salir de su palacio y dirigirse de la mezquita sobre un caballo blanco, bajo un parasol verde, rodeado por soldados indigenas con uniformes de ensueno, un espectaculo imponente. Solia caminar despues por la que ya comenzaba a llamarse calle del Generalisimo, continuaba el paseo hasta la plaza de Muley-el-Mehdi y pasaba frente a la iglesia de Nuestra Senora de las Victorias, la mision catolica, abarrotada de lutos y plegarias por la guerra.
La guerra: tan lejana, tan presente. Del otro lado del Estrecho llegaban noticias por las ondas, por la prensa y saltando de boca en boca. La gente, en sus casas, marcaba los avances con alfileres de colores sobre los mapas clavados en las paredes. Yo, en la soledad de la mia, me informaba sobre lo que en mi pais iba aconteciendo. El unico capricho que me permiti en esos meses fue la compra de un aparato de radio; gracias a el supe antes de fin de ano que el gobierno de la Republica se habia trasladado a Valencia y habia dejado al pueblo solo para defender Madrid. Llegaron las Brigadas Internacionales a ayudar a los republicanos, Hitler y Mussolini reconocieron la legitimidad de Franco, fusilaron a Jose Antonio en la carcel de Alicante, junte ciento ochenta libras, llego la Navidad.
Pase aquella primera Nochebuena africana en la pension. Aunque intente rechazar la invitacion, la duena me convencio una vez mas con su vehemencia arrolladura.
–Tu te vienes a cenar a La Luneta y no hay mas que hablar, que mientras la Candelaria tenga un sitio en su mesa, aqui no pasa nadie las pascuas solo.
No pude negarme, pero cuanto esfuerzo me costo. A medida que las fiestas se acercaban, los soplos de tristeza empezaron a colarse entre los resquicios de las ventanas y a filtrarse por debajo de las puertas, hasta dejar el taller invadido de melancolia. Como estaria mi madre, como soportaria la incertidumbre de no saber de mi, como se las arreglaria para mantenerse en aquellos tiempos atroces. Las preguntas sin respuesta me asaltaban a cada momento e incrementaban por dias mi desazon. El ambiente alrededor contribuia poco a mantener alto el optimismo: apenas se palpaba una pizca de alegria a pesar de que los comercios lucian algunos adornos, la gente intercambiaba parabienes y los ninos de los pisos vecinos tarareaban villancicos al trotar por la escalera. La certeza de lo que pasaba en Espana era tan densa y oscura que nadie parecia tener el animo para celebraciones.
Llegue a la pension pasadas las ocho de la tarde, apenas me cruce con nadie por la calle. Candelaria habia asado un par de pavos: los primeros ingresos del nuevo negocio habian aportado una cierta prosperidad a su despensa. Yo lleve dos botellas de vino gasificado y un queso de bola holandes traido de Tanger a precio de oro. Encontre a los huespedes desgastados, amargos, tan tristes. La patrona, en compensacion, se esforzaba por mantener elevada la moral de la parroquia cantando arremangada a voz en grito mientras terminaba de preparar la cena.
–Ya estoy aqui, Candelaria -anuncie al entrar en la cocina.
Dejo de cantar y de revolver la cazuela.
–Y ?que es lo que te pasa, si puede saberse, que vienes con esa cara de pena que parece que te llevan al mismito matadero?
–No me pasa nada, que me va a pasar -dije buscando un sitio donde dejar las botellas mientras intentaba esquivar su mirada.
Se limpio las manos en un trapo, me agarro del brazo y me obligo a volverme hacia ella.
–A mi no me enganas, nina. Es por tu madre, ?no?
No la mire ni conteste.
–La primera Nochebuena fuera del nido es muy requetejodida, pero hay que tragarse el sapo, chiquilla. Aun recuerdo la mia, y mira que en mi casa eramos pobres como las ratas y apenas haciamos otra cosa en toda la noche mas que cantar, bailar y darle a las palmas, que de echarse al coleto poca cosa habia. Con todo y con eso, la sangre tira mucho, aunque lo que hayas compartido con tu gente no hayan sido mas que fatiguitas y miserias.
Segui sin mirarla, simulando tener la atencion concentrada en encontrar un hueco para colocar las botellas entre el monton de trastos que ocupaban la superficie de la mesa. Un almirez, un puchero de sopa y una fuente de natillas. Un lebrillo lleno de aceitunas, tres cabezas de ajos, una rama de laurel. Prosiguio ella hablando, cercana, segura.
–Pero poco a poco todo se pasa, ya veras. Seguro que tu madre esta bien, que esta noche va a cenar con los vecinos y que, aunque se acuerde de ti y te eche en falta, estara contenta por saber que al menos tu tienes la suerte de estar fuera de Madrid, lejos de la guerra.
Tal vez Candelaria estuviera en lo cierto y mi ausencia fuera para ella un consuelo mas que una pena. Posiblemente creyera que yo aun estaba con Ramiro en Tanger, quiza imaginaba que pasariamos aquella noche cenando en un hotel deslumbrante, rodeados de extranjeros despreocupados que bailaban entre plato y plato ajenos al penar del otro lado del Estrecho. Aunque por carta habia intentado ponerla al dia, todo el mundo sabia que el correo de Marruecos no llegaba a Madrid, que probablemente aquellos mensajes nunca hubieran salido de Tetuan.
–Igual tiene usted razon -murmure sin apenas despegar los labios. Aun mantenia las botellas de vino en la mano y la vista fija en la mesa, incapaz de encontrarles una ubicacion. Tampoco tenia valor para mirar a Candelaria a la cara, temia no poder contener las lagrimas. – Seguro que si, criatura, no le des mas vueltas. Por
