consiguio que utilizara caracolas marinas como abalorios ni pedazos de esparto en los cinturones, ni que me negara a aceptar como clienta a cualquier senora exenta de glamour. Si le hice caso, sin embargo, en otras cosas.

Por iniciativa suya cambie, por ejemplo, mi manera de hablar. Desterre de mi castellano castizo los vulgarismos y las expresiones coloquiales y cree un nuevo estilo para obtener un mayor aire de sofisticacion. Empece a dejar caer palabras y formulas en frances que habia oido repetidamente en los locales de Tanger, cazadas al vuelo en conversaciones cercanas en las que yo casi nunca participe y en encuentros sobrevenidos con gente con la que jamas llegue a cruzar mas de tres frases. No eran mas que unas cuantas expresiones, apenas media docena, pero el me ayudo a pulir su pronunciacion y a calcular los momentos mas oportunos para hacer uso de ellas. Todas estaban destinadas a mis clientas, a las presentes y las venideras. Pediria permiso para prender alfileres con vous permettez?, confirmaria con voila tout y alabaria los resultados con tres chic. Hablaria de maisons de haute couture de cuyos duenos tal vez podria suponerse que alguna vez fui amiga y de gens du monde que quiza hubiera conocido en mis supuestas andanzas por aca y alla. A todos los estilos, modelos y complementos que propusiera les colgaria la etiqueta verbal de a la francaise; todas las senoras serian tratadas como madame. Para agasajar la dimension patriotica del momento, decidimos que cuando tuviera clientas espanolas recurriria oportunamente a referencias a personas y lugares conocidos en mis viejos tiempos trotando por las mejores casas de Madrid. Soltaria nombres y titulos como quien deja caer un panuelo: levemente, sin estruendo ni aparatosidad. Que tal traje estaba inspirado en aquel modelo que un par de anos atras cosi para que mi amiga la marquesa de Puga lo luciera en la fiesta del polo de Puerta de Hierro; que tal tela era identica a la que uso para su puesta de largo la hija mayor de los condes del Encinar en su palacete de la calle Velazquez.

Por indicacion de Felix mande tambien hacer para la puerta una placa dorada con la inscripcion en letra inglesa Chez Sirah - Grand couturier. En La Papelera Africana encargue una caja de tarjetas en blanco marfileno con el nombre y direccion del negocio. Asi era, segun el, como se denominaban las mejores casas de la moda francesa de entonces. Lo de la h final fue otro toque suyo para dotar al taller de un mayor aroma internacional, dijo. Le segui el juego, por que no; al fin y al cabo, a nadie danaba con aquella pequena folie de grandeur. En eso le hice caso y en mil detalles mas gracias a los cuales, como en una pirueta de circo de tres pistas, no solo fui capaz de adentrarme con mayor seguridad en el futuro, sino que tambien logre, tachan, tachan, sacarme de la chistera un pasado. No necesite demasiado esfuerzo: con tres o cuatro poses, un punado de pinceladas precisas y unas cuantas recomendaciones de mi pigmalion particular, mi aun reducida clientela se encargo de montarme toda una vida en apenas un par de meses.

Para la pequena colonia de senoras selectas que formaban mis clientas dentro de aquel universo de expatriados, yo pase a ser una joven modista de alta costura, hija de un millonario arruinado, prometida con un aristocrata guapisimo con un leve punto de seductor y aventurero. Supuestamente siempre, habiamos vivido en varios paises y nos habiamos visto obligados a cerrar nuestras casas y negocios de Madrid asustados por la incertidumbre politica. En aquel momento, mi prometido andaba gestionando unas prosperas empresas en la Argentina mientras yo esperaba su regreso en la capital del Protectorado porque me habian aconsejado la benevolencia de aquel clima para mi delicada salud. Como mi vida habia sido siempre tan movida, tan ajetreada y tan mundana, me sentia incapaz de ver pasar el tiempo sin dedicarme a alguna actividad, asi que habia decidido abrir un pequeno taller en Tetuan. Por puro entretenimiento, basicamente. De ahi que no cobrara precios astronomicos ni me negara a recibir todo tipo de encargos.

Nunca desmenti ni un apice de la imagen que sobre mi se habia configurado gracias a las pintorescas sugerencias de mi amigo Felix. Tampoco lo incremente: simplemente me limite a dejarlo todo en suspense, a alimentar la incognita y hacerme menos concreta, mas indefinida: tremendo gancho para cebar el morbo y captar nueva clientela. Si me hubiera visto el resto de las modistillas del taller de dona Manuela. Si me hubieran visto las vecinas de la plaza de la Paja, si me hubiera visto mi madre. Mi madre. Intentaba pensar en ella lo menos posible, pero su recuerdo me asaetaba con fuerza de manera permanente. Sabia que era fuerte y resolutiva; sabia que sabria resistir. Pero aun asi, como ansiaba oir de ella, enterarme de que manera se las arreglaba en su dia a dia, como salia adelante sin compania ni ingresos. Anhelaba transmitirle que yo estaba bien, sola otra vez, de nuevo cosiendo. Por la radio me mantenia informada y cada manana Jamila se acercaba al estanco Alcaraz a comprar La Gaceta de Africa. Segundo ano triunfal bajo la egida de Franco, rezaban ya las portadas. A pesar de que toda la actualidad venia tamizada por el filtro del bando nacional, me mantenia mas o menos enterada de la situacion en Madrid y de su resistencia. Con todo y con eso, seguia resultando imposible tener noticias directas de mi madre. Cuanto la echaba de menos, cuanto habria dado por poder compartir todo con ella en aquella ciudad extrana y luminosa, por haber montado juntas el taller, haber vuelto a comer sus guisos, a escuchar sus sentencias siempre certeras. Pero Dolores no estaba alli y yo si. Entre desconocidos, sin poder regresar a ningun sitio, luchando por sobrevivir mientras inventaba una existencia impostada sobre la que poner los pies al levantarme cada manana; peleando porque nadie llegara a saber que un vividor sin escrupulos me habia machacado el alma y un monton de pistolas habian servido para crear el negocio gracias al cual lograba comer todos los dias.

A menudo recordaba tambien a Ignacio, mi primer novio. No echaba de menos su cercania fisica; la presencia de Ramiro habia sido tan brutalmente intensa que la suya, tan dulce, tan liviana, me parecia ya algo remoto y difuso, una sombra casi desvanecida. Pero no podia evitar el evocar con nostalgia su lealtad, su ternura y la certeza de que nada doloroso me habria ocurrido jamas a su lado. Y con mucha, muchisima mas frecuencia de lo deseable, el recuerdo de Ramiro me asaltaba de forma inesperada y me clavaba con furia un rejonazo en las entranas. Dolia, si, claro que dolia. Dolia inmensamente, pero logre acostumbrarme a convivir con ello como quien tira de un fardo: arrastrando una carga inmensa que, aunque ralentiza el paso y exige un sobreesfuerzo, no impide del todo seguir el camino.

Todas aquellas presencias invisibles -Ramiro, Ignacio, mi madre, lo perdido, lo pasado- se fueron transformando en companias mas o menos volatiles, mas o menos intensas con las que hube de aprender a convivir. Me invadian cuando estaba sola, en las tardes silenciosas de trabajo en el taller entre patrones e hilvanes, en la cama al acostarme o en la penumbra del salon en las noches sin Felix, ausente en sus andanzas clandestinas. El resto del dia solian dejarme tranquila: probablemente intuian que andaba demasiado ocupada como para pararme a hacerles caso. Bastante tenia con un negocio que sacar adelante y una personalidad tramposa que seguir construyendo.

17

Con la primavera aumento el volumen de trabajo. Cambiaba el tiempo y mis clientas demandaban modelos ligeros para las mananas claras y las noches venideras del verano marroqui. Aparecieron algunas caras nuevas, otro par de alemanas, mas judias. Gracias a Felix consegui obtener una idea mas o menos precisa de todas ellas. Solia cruzarse con las clientas en el portal y en la escalera, en el rellano y la calle al entrar o salir del taller. Las reconocia, las ubicaba; le entretenia buscar retazos de informacion aqui y alla para componer su perfil cuando le faltaba algun detalle: quienes eran ellas y sus familias, adonde iban, de donde venian. Mas tarde, en los ratos en que dejaba a su madre derrumbada en el sillon, con los ojos en blanco y la baba aguardentosa colgando de la boca, el me desgranaba sus averiguaciones.

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