consiguio que utilizara caracolas marinas como abalorios ni pedazos de esparto en los cinturones, ni que me negara a aceptar como clienta a cualquier senora exenta de glamour. Si le hice caso, sin embargo, en otras cosas.
Por iniciativa suya cambie, por ejemplo, mi manera de hablar. Desterre de mi castellano castizo los vulgarismos y las expresiones coloquiales y cree un nuevo estilo para obtener un mayor aire de sofisticacion. Empece a dejar caer palabras y formulas en frances que habia oido repetidamente en los locales de Tanger, cazadas al vuelo en conversaciones cercanas en las que
Por indicacion de Felix mande tambien hacer para la puerta una placa dorada con la inscripcion en letra inglesa
Para la pequena colonia de senoras selectas que formaban mis clientas dentro de aquel universo de expatriados, yo pase a ser una joven modista de alta costura, hija de un millonario arruinado, prometida con un aristocrata guapisimo con un leve punto de seductor y aventurero. Supuestamente siempre, habiamos vivido en varios paises y nos habiamos visto obligados a cerrar nuestras casas y negocios de Madrid asustados por la incertidumbre politica. En aquel momento, mi prometido andaba gestionando unas prosperas empresas en la Argentina mientras yo esperaba su regreso en la capital del Protectorado porque me habian aconsejado la benevolencia de aquel clima para mi delicada salud. Como mi vida habia sido siempre tan movida, tan ajetreada y tan mundana, me sentia incapaz de ver pasar el tiempo sin dedicarme a alguna actividad, asi que habia decidido abrir un pequeno taller en Tetuan. Por puro entretenimiento, basicamente. De ahi que no cobrara precios astronomicos ni me negara a recibir todo tipo de encargos.
Nunca desmenti ni un apice de la imagen que sobre mi se habia configurado gracias a las pintorescas sugerencias de mi amigo Felix. Tampoco lo incremente: simplemente me limite a dejarlo todo en suspense, a alimentar la incognita y hacerme menos concreta, mas indefinida: tremendo gancho para cebar el morbo y captar nueva clientela. Si me hubiera visto el resto de las modistillas del taller de dona Manuela. Si me hubieran visto las vecinas de la plaza de la Paja, si me hubiera visto mi madre. Mi madre. Intentaba pensar en ella lo menos posible, pero su recuerdo me asaetaba con fuerza de manera permanente. Sabia que era fuerte y resolutiva; sabia que sabria resistir. Pero aun asi, como ansiaba oir de ella, enterarme de que manera se las arreglaba en su dia a dia, como salia adelante sin compania ni ingresos. Anhelaba transmitirle que yo estaba bien, sola otra vez, de nuevo cosiendo. Por la radio me mantenia informada y cada manana Jamila se acercaba al estanco Alcaraz a comprar
A menudo recordaba tambien a Ignacio, mi primer novio. No echaba de menos su cercania fisica; la presencia de Ramiro habia sido tan brutalmente intensa que la suya, tan dulce, tan liviana, me parecia ya algo remoto y difuso, una sombra casi desvanecida. Pero no podia evitar el evocar con nostalgia su lealtad, su ternura y la certeza de que nada doloroso me habria ocurrido jamas a su lado. Y con mucha, muchisima mas frecuencia de lo deseable, el recuerdo de Ramiro me asaltaba de forma inesperada y me clavaba con furia un rejonazo en las entranas. Dolia, si, claro que dolia. Dolia inmensamente, pero logre acostumbrarme a convivir con ello como quien tira de un fardo: arrastrando una carga inmensa que, aunque ralentiza el paso y exige un sobreesfuerzo, no impide del todo seguir el camino.
Todas aquellas presencias invisibles -Ramiro, Ignacio, mi madre, lo perdido, lo pasado- se fueron transformando en companias mas o menos volatiles, mas o menos intensas con las que hube de aprender a convivir. Me invadian cuando estaba sola, en las tardes silenciosas de trabajo en el taller entre patrones e hilvanes, en la cama al acostarme o en la penumbra del salon en las noches sin Felix, ausente en sus andanzas clandestinas. El resto del dia solian dejarme tranquila: probablemente intuian que andaba demasiado ocupada como para pararme a hacerles caso. Bastante tenia con un negocio que sacar adelante y una personalidad tramposa que seguir construyendo.
17
Con la primavera aumento el volumen de trabajo. Cambiaba el tiempo y mis clientas demandaban modelos ligeros para las mananas claras y las noches venideras del verano marroqui. Aparecieron algunas caras nuevas, otro par de alemanas, mas judias. Gracias a Felix consegui obtener una idea mas o menos precisa de todas ellas. Solia cruzarse con las clientas en el portal y en la escalera, en el rellano y la calle al entrar o salir del taller. Las reconocia, las ubicaba; le entretenia buscar retazos de informacion aqui y alla para componer su perfil cuando le faltaba algun detalle: quienes eran ellas y sus familias, adonde iban, de donde venian. Mas tarde, en los ratos en que dejaba a su madre derrumbada en el sillon, con los ojos en blanco y la baba aguardentosa colgando de la boca, el me desgranaba sus averiguaciones.
