–Lo siento enormemente, se lo prometo. Me encantaria poderla ayudar, pero me resulta del todo imposible. Como acabo de decirle, no tengo nada hecho en mi atelier y soy incapaz de terminar su vestido en apenas unas cuantas horas: necesito al menos tres o cuatro dias para ello.

Apago el pitillo en silencio, ensimismada. Se mordio el labio y se tomo unos segundos antes de levantar la vista y atacar de nuevo con una pregunta a todas luces incomoda.

–?Tal vez seria posible que usted me prestara uno de sus trajes de noite?

Hice un gesto negativo mientras intentaba inventar alguna excusa verosimil tras la que esconder el lamentable hecho de que, en realidad, no tenia ninguno.

–Creo que no. Toda mi ropa quedo en Madrid al estallar la guerra y me ha sido imposible recuperarla. Aqui apenas tengo unos cuantos trajes de calle, pero nada de noche. Hago muy poca vida social, ?sabe? Mi prometido esta en la Argentina y yo…

Para mi gran alivio, me interrumpio inmediatamente.

–I see, ya veo.

Permanecimos en silencio durante unos segundos eternos sin cruzarnos la mirada, escondiendo cada una su incomodidad con la atencion concentrada en puntos opuestos de la estancia. Una en direccion a los balcones, otra al arco que separaba el salon de la entrada. Fue ella quien rompio la tension.

–I think I must leave now. Tengo que irme.

–Creame que lo siento. Si hubieramos tenido algo mas de tiempo…

No conclui la frase: note de pronto que no tenia el menor sentido evocar lo irremediable. Intente cambiar de asunto, desviar la atencion de la triste realidad que anticipaba una larga noche de fracaso con quien sin duda era el hombre del que estaba enamorada. Me seguia intrigando la vida de aquella mujer otras veces tan resuelta y airosa que en aquel momento, con gesto concentrado, recogia sus cosas y se acercaba a la puerta.

–Manana estara todo listo para la segunda prueba, ?de acuerdo? – dije a modo de inutil consuelo.

Sonrio vagamente y, sin mas palabras, se fue. Y yo me quede sola, de pie, inmovil, en parte consternada por mi incapacidad para ayudar a una clienta en apuros y en parte aun intrigada por la extrana forma en la que ante mis ojos se iba configurando la vida de Rosalinda Fox, aquella joven madre trotamundos que perdia baules llenos de trajes de noche como quien, con las prisas de una tarde de lluvia, se deja olvidada la cartera en un banco del parque o encima de la mesa de un cafe.

Me asome al balcon medio tapada por una contraventana y la observe alcanzar la calle. Se dirigio sin prisa a un automovil rojo intenso aparcado ante mi mismo portal. Supuse que alguien la estaba esperando, tal vez el hombre a quien tanto interes tenia en complacer aquella noche. No pude resistir la curiosidad y me esforce por buscar su rostro, maquinando en mi mente escenas imaginarias. Supuse que se trataba de un aleman, posiblemente esa seria la razon de su anhelo por causar buena impresion entre sus compatriotas. Lo intuia joven, atractivo, vividor; mundano y resolutivo como ella. Apenas tuve tiempo para seguir elucubrando porque, en cuanto alcanzo el auto y abrio la puerta de la derecha - la que supuestamente deberia corresponder al lado del copiloto-, percibi con asombro que alli se encontraba el volante y que era ella misma quien tenia intencion de conducir. Nadie la esperaba en aquel coche ingles con volante a la derecha: sola arranco el motor y sola se fue tal como habia llegado. Sin hombre, sin vestido para aquella noche y, muy probablemente, sin la menor esperanza de poder encontrar remedio alguno a lo largo de la tarde.

Mientras intentaba diluir el mal sabor de boca del encuentro, me dispuse a restablecer el orden de los objetos que la presencia de Rosalinda habia alterado. Recogi el cenicero, sople las cenizas que habian caido sobre la mesa, enderece una esquina de la alfombra con la punta del zapato, ahueque los cojines sobre los que nos habiamos acomodado y me dispuse a reordenar las revistas que ella habia hojeado mientras yo terminaba de atender a Elvirita Cohen. Cerre un Harper's Bazaar abierto por un anuncio de barras de labios de Helena Rubinstein y a punto estaba de hacer lo mismo con el ejemplar de primavera de Madame Figaro cuando reconoci la fotografia de un modelo que me resulto remotamente familiar. A mi mente llegaron entonces mil recuerdos de otro tiempo como una bandada de pajaros. Sin ser apenas consciente de lo que hacia, grite con todas mis fuerzas el nombre de Jamila. Una alocada carrera la trajo al salon en un soplo.

–Vete volando a casa de Frau Langenheim y pidele que localice a la senora Fox. Tiene que venir a verme inmediatamente; dile que se trata de un asunto de maxima urgencia.

18

El creador del modelo, querida ignorante mia, es Mariano Fortuny y Madrazo, hijo del gran Mariano Fortuny, quien probablemente sea el mejor pintor del siglo XIX tras Goya. Fue un artista fantastico, muy vinculado con Marruecos, por cierto. Vino durante la guerra de Africa, quedo deslumbrado por la luz y el exotismo de esta tierra y se encargo de plasmarlo en muchos de sus cuadros; una de sus pinturas mas conocidas es, de hecho, La batalla de Tetuan. Pero si Fortuny padre fue un pintor magistral, el hijo es un autentico genio. Pinta tambien, pero en su taller veneciano disena ademas escenografias para obras de teatro, y es fotografo, inventor, estudioso de tecnicas clasicas y disenador de telas y vestidos, como el mitico Delphos que tu, pequena farsante, acabas de fusilarle en una reinterpretacion domestica intuyo que de lo mas lograda.

Hablaba Felix tumbado en el sofa mientras entre sus manos mantenia la revista con la fotografia que habia disparado mi memoria. Yo, agotada tras la intensidad de la tarde, escuchaba inmovil desde un sillon, sin fuerzas aquella noche para sostener siquiera una aguja entre los dedos. Acababa de relatarle todos los acontecimientos de las ultimas horas, empezando por el momento en que mi clienta anunciara su regreso al taller con un potente frenazo que hizo a los vecinos asomarse a los balcones. Subio corriendo, con la prisa resonando en los peldanos de la escalera. La esperaba con la puerta abierta y, sin pararme siquiera a saludarla, le propuse mi idea.

–Vamos a intentar hacer un Delphos de emergencia, ?sabe de que le hablo?

–?Un Delphos de Fortuny? – inquirio incredula.

–Un falso Delphos.

–?Piensa que va a ser posible?

Nos sostuvimos un instante la mirada. La suya reflejaba un golpe de ilusion de pronto recuperada. La

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату