mia, no lo supe. Tal vez determinacion y arrojo, ganas de triunfar, de salir con exito de aquel trance. Probablemente tambien hubiera en el fondo de mis ojos cierto terror al fracaso, pero intente que se intuyera lo menos posible.

–Ya lo he probado antes; creo que podremos conseguirlo.

Le mostre la tela que tenia prevista, una gran pieza de raso de seda azul grisaceo que Candelaria habia conseguido en una de sus ultimas piruetas con el caprichoso arte del cambalache. Obviamente, me guarde de mencionar su origen.

–?A que hora es el compromiso al que debe asistir?

–A las ocho.

Consulte la hora.

–Bien, esto es lo que vamos a hacer. Ahora mismo es casi la una. En cuanto acabe con la prueba que tengo en apenas diez minutos, voy a mojar la tela y la voy a secar. Necesitare entre cuatro y cinco horas, lo cual nos pone en las seis de la tarde. Y al menos tendre que disponer de otra hora y media para la confeccion: es muy simple, tan solo unas costuras lineales y ademas, ya tengo todas sus medidas, no precisara probarse. Aun asi, necesitare un tiempo para ello y para los remates. Eso nos lleva hasta casi la hora limite. ?Donde vive usted? Disculpe la pregunta, no es curiosidad…

–En el paseo de las Palmeras.

Debi de haberlo supuesto: muchas de las mejores residencias de Tetuan estaban alli. Una zona distante y discreta al sur de la ciudad, cerca del parque, casi a los pies del Gorgues imponente, con grandes viviendas rodeadas de jardines. Mas alla, las huertas y los canaverales.

–Entonces sera imposible que le pueda hacer llegar el vestido hasta su domicilio.

Me miro interrogativa.

–Tendra que venir aqui a vestirse -aclare-. Llegue sobre las siete y media, maquillada, peinada, lista para salir, con los zapatos y las joyas que vaya a ponerse. Le aconsejo que no sean muchas ni excesivamente vistosas: el vestido no las demanda, quedara mucho mas elegante con complementos sobrios, ?me entiende?

Entendio a la perfeccion. Entendio, agradecio mi esfuerzo aliviada y se marcho de nuevo. Media hora mas tarde y ayudada por Jamila, aborde la tarea mas imprevista y temeraria de mi breve carrera de modista en solitario. Sabia lo que hacia, no obstante, porque en mis tiempos en casa de dona Manuela habia ayudado a aquella misma labor en otra ocasion. Lo hicimos para una clienta con tanto estilo como dispares recursos economicos, Elena Barea se llamaba. En sus epocas prosperas, cosiamos para ella modelos suntuosos en las telas mas nobles. A diferencia, sin embargo, de otras senoras de su entorno y condicion, quienes en tiempos de mermada opulencia monetaria inventaban viajes, compromisos o enfermedades para excusar su imposibilidad de hacer frente a nuevos pedidos, ella nunca se ocultaba. Cuando las vacas flacas hacian su entrada en el irregular negocio de su marido, Elena Barea jamas dejaba de visitar nuestro taller. Volvia, se reia sin pudor de la volatilidad de su fortuna y, mano a mano con la duena, ingeniaba la reconstruccion de viejos modelos para hacerlos pasar por nuevos alterando cortes, anadiendo adornos y recomponiendo las partes mas insospechadas. O, con gran tino, elegia telas poco costosas y hechuras que requirieran una mas simple elaboracion: conseguia asi adelgazar hasta el extremo el montante de las facturas sin mermar en demasia su elegancia. El hambre agudiza el ingenio, concluia siempre con una carcajada. Ni mi madre ni dona Manuela ni yo dimos credito a lo que nuestros ojos vieron el dia en que llego con el mas peculiar de sus encargos.

–Quiero una copia de esto -dijo sacando de una pequena caja lo que parecia un tubo reliado de tela color sangre. Rio ante nuestras caras de asombro-. Esto, senoras, es un Delphos, un vestido unico. Es una creacion del artista Fortuny: se hacen en Venecia y se venden solo en algunos establecimientos selectisimos en las grandes ciudades europeas. Miren que maravilla de color, miren que plisado. Las tecnicas para conseguirlos son secreto absoluto del creador. Sienta como un guante. Y yo, mi querida dona Manuela, quiero uno. Falso, por supuesto.

Tomo entre los dedos la tela por uno de sus extremos y como por arte de magia aparecio un vestido de raso de seda roja, suntuosa y deslumbrante, que se prolongaba hasta el suelo con caida impecable y terminaba en forma redonda y abierta en la base; a toda rueda, soliamos denominar a aquel tipo de remate. Era una especie de tunica llena de miles de pliegues verticales diminutos. Clasica, simple, exquisita. Habian pasado cuatro o cinco anos desde aquel dia, pero en mi memoria permanecia intacto todo el proceso de realizacion del vestido porque participe de manera activa en todas sus fases. De Elena Barea a Rosalinda Fox, la tecnica seria la misma; el unico problema, sin embargo, era que apenas contabamos con tiempo y habria que trabajar a marcha forzada. Ayudada en todo momento por Jamila, calente ollas de agua que al hervir volcamos en la banera. Escaldandome las manos, introduje en ella la tela y la deje en remojo. El cuarto de bano se lleno de humo mientas nosotras observabamos nerviosas el experimento a medida que el sudor nos llenaba de gotas la frente y el vaho hacia desaparecer nuestras imagenes del espejo. Al cabo de un rato decidi que se podia extraer el tejido, ya oscuro e irreconocible. Vaciamos el agua y, tomando cada una un extremo, retorcimos la banda con todas nuestras fuerzas, a lo largo, apretando en distinto sentido como tantas veces habiamos hecho con las sabanas de la pension de La Luneta para eliminar hasta la ultima gota de agua antes de tenderlas al sol. Solo que esta vez no ibamos a desplegar la pieza en toda su dimension, sino precisamente lo contrario: el objetivo era mantenerla estrujada al maximo a lo largo del secado para que, una vez desprovista de humedad, permanecieran fijos todos los pliegues posibles en aquel gurruno en que la seda se habia convertido. Metimos entonces el material retorcido en un barreno y nos dirigimos a la azotea cargandolo entre las dos. Volvimos a apretar los dos extremos en direcciones opuestas hasta que este tomo el aspecto de una cuerda gruesa y se enrollo sobre si mismo con la forma de un gran muelle; dispusimos despues una toalla en el suelo y, como una serpiente enroscada, colocamos sobre ella el anticipo del vestido que pocas horas despues habria de lucir mi clienta inglesa en su primera aparicion publica del brazo del enigmatico hombre de su vida.

Dejamos la tela secar al sol y entretanto volvimos a bajar a casa, cargamos de carbon la cocina economica y la hicimos funcionar con toda su potencia hasta conseguir la temperatura de un cuarto de calderas. Cuando la estancia se convirtio en un horno y calculamos que el sol de la tarde empezaba a flojear, regresamos a la azotea y recuperamos el genero retorcido. Extendimos una nueva toalla sobre el hierro colado de la cocina y, encima de ella, la tela aun estrujada, anillada en si misma. Cada diez minutos, sin extenderla nunca, le fui dando la vuelta para que el calor del carbon la secara de forma uniforme. Con un resto del tejido no usado, entre paseo y paseo a la cocina confeccione un cinturon consistente en una triple capa de entretela forrada por una simple banda ancha de seda planchada. A las cinco de la tarde retire el gurruno de la superficie de hierro y lo traslade al taller. Tenia el aspecto de una morcilla caliente: nadie podria haber imaginado lo que en poco mas de una hora pensaba hacer con aquello.

Lo extendi sobre la mesa de cortar y poco a poco, con cuidado extremo, fui deshaciendo el engendro tubular. Y, magicamente, ante mis ojos nerviosos y el estupor de Jamila, la seda fue apareciendo plisada y brillante, hermosa. No habiamos conseguido pliegues permanentes como las del autentico modelo de Fortuny

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