reconocimiento, Franco lo designo alto comisario. Ya se conocian de antes, los dos habian coincidido en algun destino. Pero no eran exactamente amigos, no, no, no. De hecho, y a pesar de haber acompanado a Sanjurjo a Berlin meses antes, Juan Luis, initially, estaba fuera de todos los complots del alzamiento; los organizadores, no se por que, no habian previsto contar con el. En aquellos dias ocupaba un puesto mas bien administrativo como subdelegado de Asuntos Indigenas, vivia al margen de los cuarteles y las conspiraciones, en su propio mundo. El es muy especial, un intelectual mas que un hombre de accion militar, you know what I mean: le gusta leer, charlar, debatir, aprender otras lenguas… Dear Juan Luis, tan, tan romantico.
Seguia resultandome dificil casar la idea del hombre encantador y romantico que mi clienta dibujaba con la de un resolutivo alto mando del ejercito sublevado, pero ni por lo mas remoto se me ocurrio hacerselo saber. Llegamos entonces a un puesto de control vigilado por soldados indigenas armados hasta los dientes.
–Dame tu pasaporte, please.
Lo saque del bolso junto con el permiso para cruzar el paso fronterizo que don Claudio me habia facilitado el dia anterior. Le tendi ambas acreditaciones; tomo el primer documento y descarto el segundo sin ni siquiera mirarlo. Junto mi pasaporte con el suyo y con un papel doblado que probablemente fuera un salvoconducto de poder ilimitado capaz de facilitarle acceso hasta el mismo fin del mundo si hubiera tenido interes en visitarlo. Acompano el lote con su mejor sonrisa y lo entrego a uno de los soldados moros, mejanis los llamaban. Se lo llevo el todo consigo dentro de una caseta encalada. Inmediatamente salio un militar espanol, se cuadro ante nosotras con el mas marcial de sus saludos y, sin una palabra, nos indico que siguieramos nuestro camino. Ella continuo con su monologo, retomandolo en un punto distinto a donde lo habia dejado unos minutos atras. Yo, entretanto, me esforce por recuperar la serenidad. Sabia que no tenia por que estar nerviosa, que todo estaba oficialmente en orden pero, con todo, no pude evitar que ante el paso de aquel control la sensacion de angustia me cubriera el cuerpo como un sarpullido.
–So, en octubre del ano pasado embarque en Liverpool en un barco cafetero con destino a las West Indies y escala en Tanger. Y alli me quede, tal como ya habia previsto. El desembarco fue absolutely crazy, una locura total, porque el puerto de Tanger es tan, tan awful, tan espantoso; lo conoces, ?verdad?
Esta vez si asenti con conocimiento de causa. Como iba a haber olvidado mi llegada a el junto a Ramiro mas de un ano atras. Sus luces, sus barcos, la playa, las casas blancas descendiendo desde el monte verde hasta llegar al mar. Las sirenas y aquel olor a sal y brea. Volvi a concentrarme en Rosalinda y sus aventuras viajeras: aun no era momento para empezar a abrir el saco de la melancolia.
–Imagina, yo llevaba a Johnny, mi hijo, y a J
–?Un ataque al corazon?
–That's it, un ataque al corazon. Asi que hice amigos ingleses en seguida gracias a mis cartas: viejos funcionarios retirados de las colonias, oficiales del ejercito, gente del cuerpo diplomatico, you know, los de siempre once again. Bastante aburridos en su mayoria, to tell you the truth, aunque gracias a ellos conoci a alguna otra gente encantadora. Alquile una preciosa casita junto a la Dutch Legation, busque una sirvienta y me instale durante unos meses.
Pequenas construcciones blancas y dispersas empezaron a salpicar el camino anticipando la inminencia de nuestra llegada a Tanger. Aumento tambien el numero de gente andando por el borde de la carretera, grupos de mujeres musulmanas cargadas de fardos, ninos corriendo con las piernas al aire bajo las cortas chilabas, hombres cubiertos con capuchas y turbantes, animales, mas animales, burros con cantaros de agua, un flaco rebano de ovejas, de vez en cuando unas cuantas gallinas que corrian alborotadas. La ciudad, poco a poco, fue tomando forma y Rosalinda condujo diestramente hacia el centro, girando en las esquinas a toda velocidad mientras seguia describiendo aquella casa tangerina que tanto le gustaba y de la que no hacia mucho que se fue. Yo, entretanto, empece a reconocer lugares familiares y a hacer esfuerzos por no recordar con quien los transite en un tiempo que crei feliz. Aparco por fin en la plaza de Francia con un frenazo que hizo a decenas de transeuntes volver la vista hacia nosotras. Ajena a todos ellos, se quito el panuelo de la cabeza y se retoco el
–Me muero por tomar un morning cocktail en el bar del El Minzah. Pero antes debo resolver un pequeno asunto. ?Me acompanas?
–?Adonde?
–Al Bank of London and South America. A ver si el odioso de mi marido me ha enviado la pension de una maldita vez.
Me despoje yo tambien del panuelo a la vez que me preguntaba cuando dejaria aquella mujer de dar quiebros a mis suposiciones. No solo resulto ser una madre amorosa cuando yo la intuia una joven alocada. No solo me pedia ropa prestada para ir a recepciones con nazis expatriados cuando yo le imaginaba un guardarropa de lujo cosido por grandes modistas internacionales; no solo tenia por amante a un poderoso militar que le doblaba la edad cuando yo la habia previsto enamorada de un galan frivolo y extranjero. Todo aquello no era bastante para tumbar mis conjeturas, que va. Ahora tambien resultaba que en su vida existia un marido ausente pero vivo, el cual no parecia demostrar excesivo entusiasmo por seguir proporcionandole sustento.
–Creo que no puedo ir contigo, yo tambien tengo cosas que hacer -dije en respuesta a su invitacion-. Pero podemos quedar mas tarde.
–A1I right. – Consulto el reloj-. ?A la una?
Acepte. Aun no eran las once, tendria tiempo de sobra para lo mio. Suerte tal vez no, pero tiempo al menos si tenia.
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