–?Que amiga?
–Rosalinda Fox. Una clienta inglesa.
Nuevo trago de cafe.
–Esta al tanto de quien es, ?verdad? – dijo entonces.
–Si, lo estoy.
–Pues tenga cuidado.
–?Por que?
–Porque si. Tenga cuidado.
–Digame por que -insisti.
–Porque hay gente a la que no le gusta que ella este aqui con quien
–Ya lo se.
–?Que sabe?
–Que su situacion sentimental no resulta grata para algunas personas.
–?Que personas?
Nadie como el comisario para apretar, estrujar y sacar hasta la ultima gota de informacion; como nos ibamos ya conociendo.
–Algunas. No me pida que le cuente lo que usted ya sabe, don Claudio. No me haga que sea desleal a una clienta tan solo por oir de mi boca los nombres que usted ya conoce.
–De acuerdo. Solo confirmeme algo.
–?Que?
–Los apellidos de esas personas ?son espanoles?
–No.
–Perfecto -dijo simplemente. Termino su cafe y consulto de nuevo el reloj-. Debo irme, tengo trabajo.
–Yo tambien.
–Es verdad, olvidaba que es usted una mujer trabajadora. ?Sabe que se ha ganado una reputacion excelente?
–Usted se informa de todo, asi que tendre que creermelo.
Sonrio por primera vez y la sonrisa le quito cuatro anos de encima.
–Solo se lo que tengo que saber. Ademas, seguro que usted tambien se entera de cosas: entre mujeres siempre se habla mucho y en su taller atiende a senoras que tal vez tengan historias interesantes que contar.
Era cierto que mis clientas hablaban. Comentaban acerca de sus maridos, de sus negocios, de sus amistades; de las personas a cuyas casas iban, de lo que unos y otros hacian, pensaban o decian. Pero no le dije que si al comisario, tampoco que no. Simplemente me levante sin hacer caso a su apunte. El llamo al camarero y trazo una rubrica al aire. Asintio Abdul: no habia problema, los cafes quedaban cargados a la cuenta de don Claudio.
Saldar la deuda de Tanger fue una liberacion, como dejar de andar con una cuerda al cuello de la que alguien podria tirar en cualquier momento. Cierto era que aun tenia pendientes los turbios asuntos de Madrid pero, desde la distancia africana, aquello me parecia tremendamente lejano. El pago de lo debido en el Continental me sirvio para soltar el lastre de mi pasado con Ramiro en Marruecos y me permitio respirar de otra manera. Mas tranquila, mas libre. Mas duena ya de mi propio destino.
El verano avanzaba, pero mis clientas aun parecian tener pereza para pensar en la ropa de otono. Jamila seguia conmigo encargandose de la casa y de pequenas tareas del taller, Felix me visitaba casi todas las noches, de cuando en cuando me acercaba a ver a Candelaria a La Luneta. Todo tranquilo, todo normal hasta que un catarro inoportuno me dejo sin fuerzas para salir de casa ni energia para coser. El primer dia lo pase postrada en el sofa. El segundo en la cama. El tercero habria hecho lo mismo si alguien no hubiera aparecido inesperadamente. Tan inesperadamente como siempre.
–Sinora Rosalinda decir que sinorita Sira levantar de la cama inmediatamente.
Sali a recibirla en bata; no me moleste en ponerme mi sempiterno traje de chaqueta, ni en colgarme al cuello las tijeras de plata, ni siquiera en adecentarme el pelo revuelto. Pero si le extrano mi desalino, no lo dejo entrever: venia a resolver otros asuntos mas serios.
–Nos vamos a Tanger.
–?Quien? – pregunte moqueando tras el panuelo.
–Tu y yo.
–?A que?
–A intentar solucionar lo de tu madre.
La mire a medio camino entre la incredulidad y el alborozo, y quise saber mas.
–A traves de tu…
Un estornudo me impidio terminar la frase, algo que agradeci porque aun no tenia claro como
