Nos cedio Logan el paso al comedor mientras el maitre senalaba una ostentosa mesa central, un ruedo vistoso para que nadie se quedara aquella noche sin contemplar de cerca a la querida inglesa de Beigbeder. El periodista la rechazo con educacion y senalo otra mas aislada al fondo. Todas estaban impecablemente preparadas con manteles impolutos, copas de agua y vino, y servilletas blancas dobladas sobre los platos de porcelana. Aun era temprano, no obstante, y apenas habia una docena de personas repartidas por la sala.
Elegimos el menu y nos sirvieron un jerez para entretener la espera. Rosalinda asumio entonces en cierta manera el papel de anfitriona y fue quien arranco la conversacion. El encuentro previo en el patio habia sido algo meramente protocolario, pero contribuyo a relajar la tension. El periodista se habia presentado y nos habia detallado las causas de su estado; nosotras, a cambio, nos tranquilizamos al ver que no se trataba de un individuo amenazante y comentamos con el algunas trivialidades sobre la vida en el Marruecos espanol. Los tres sabiamos, sin embargo, que aquello no era una simple reunion de cortesia para hacer nuevos amigos, charlar sobre enfermedades o dibujar estampas pintorescas del norte de Africa. Lo que nos habia llevado a encontrarnos aquella noche era una negociacion pura y dura en la que habia dos partes implicadas: dos flancos que en su momento habian dejado claramente expuestas sus demandas y sus condiciones. Habia llegado la hora de mostrarlas sobre la mesa y comprobar hasta donde podia llegar cada cual.
–Quiero que sepa que todo lo que me pidio el otro dia por telefono esta solucionado -adelanto Rosalinda en cuanto el camarero se alejo con la comanda.
–Perfecto -replico el periodista.
–Tendra su entrevista con el alto comisario, en privado y tan extensa como estime conveniente. Se le entregara ademas un permiso de residencia temporal en la zona del Protectorado espanol -continuo Rosalinda- y se extenderan a su nombre invitaciones a todos los actos oficiales de las proximas semanas; alguno de ellos, le adelanto, sera de gran relevancia.
Levanto el entonces la ceja del lado entero de la cara con gesto interrogativo.
–Esperamos en breve la visita de don Ramon Serrano Suner, el cunado de Franco; imagino que sabe de quien hablo.
–Si, claro -corroboro.
–Viene a Marruecos a conmemorar el aniversario del alzamiento, pasara aqui tres dias. Se estan organizando diversos actos para recibirle; ayer precisamente llego Dionisio Ridruejo, el director general de Propaganda. Ha venido a coordinar los preparativos con el secretario de la Alta Comisaria. Contamos con que usted asista a todos los eventos de caracter oficial en los que haya representacion civil.
–Se lo agradezco enormemente. Y, por favor, haga extensible mi gratitud al alto comisario.
–Sera un placer tenerle entre nosotros -respondio Rosalinda con un gracioso gesto de perfecta anfitriona que anticipo el desenvaine de un estoque-. Espero que comprenda que tambien tenemos algunas condiciones.
–Por supuesto -dijo Logan tras un trago de jerez.
–Toda la informacion que desee enviar al exterior debera ser antes supervisada por la oficina de prensa de la Alta Comisaria.
–No hay problema.
Los camareros se acercaron en ese momento con los platos y me invadio una grata sensacion de alivio. A pesar de la elegancia con la que ambos mantenian el pulso de la negociacion, a lo largo de toda la charla entre Rosalinda y el recien llegado no habia podido evitar sentirme un tanto incomoda, fuera de sitio, como si me hubiera colado en una fiesta a la que nadie me habia invitado. Hablaban de cuestiones que me eran del todo ajenas, de asuntos que tal vez no entranaran graves secretos oficiales pero que, desde luego, quedaban muy alejados de lo que se suponia que una simple modista deberia oir. Me repeti a mi misma varias veces que yo no estaba fuera de lugar, que aquel era tambien mi sitio porque la razon que habia provocado esa cena era la evacuacion de mi propia madre. Aun asi, me costo convencerme.
La llegada de la comida interrumpio unos instantes el intercambio de concesiones y requerimientos. Lenguados para las senoras, pollo con guarnicion para el senor, anunciaron. Comentamos brevemente las viandas, la frescura del pescado de la costa mediterranea, la exquisitez de las verduras de la vega del Martin. Tan pronto como los camareros se retiraron, la conversacion prosiguio por el lugar exacto en donde habia quedado apenas unos minutos atras.
–?Alguna condicion mas? – inquirio el periodista antes de llevarse el tenedor a la boca.
–Si, aunque yo no lo llamaria exactamente una condicion. Se trata mas bien de algo que nos conviene igualmente a usted y a nosotros.
–Sera facil de aceptar, entonces -dijo tras tragar el primer bocado.
–Eso espero -confirmo Rosalinda-. Vera, Logan: usted y yo nos movemos en dos mundos muy distintos, pero somos compatriotas y los dos sabemos que, en terminos generales, el bando nacional tiene sus simpatias volcadas en los alemanes e italianos, y no sienten el menor afecto por los ingleses.
–Asi es, ciertamente -corroboro el.
–Bien, por ese motivo, quiero proponerle que usted se haga pasar por amigo mio. Sin perder su identidad de periodista, por supuesto, pero un periodista afin a mi y, por extension, al alto comisario. De esta manera, creemos que sera recibido con un resquemor algo mas moderado.
–?Por parte de quien?
–De todos: autoridades locales espanolas y musulmanas, cuerpo consular extranjero, prensa… En ninguno de estos colectivos cuento con fervorosos admiradores, todo hay que decirlo pero, al menos formalmente, me guardan un cierto respeto por mi cercania al alto comisario. Si logramos introducirlo como amigo mio, tal vez podamos conseguir que ese respeto lo hagan extensivo a usted.
–?Que opina al respecto el coronel Beigbeder?
–Esta absolutamente de acuerdo.
