–?Usted no es el que pinta divinamente? – le pregunto Candelaria de sopeton. Los dos sabian quien era cada cual, pero nunca antes habian hablado entre ellos.

–Como el mismisimo Murillo.

–Pues a ver que tal se le da hacerle a la nina los ojos -dijo tendiendole un estuche de cosmeticos que nunca supe de donde saco.

Felix jamas habia maquillado a nadie en su vida, pero no se achico. Todo lo contrario: recibio la orden de la matutera como un regalo y, tras consultar las fotografias de un par de numeros de Vanity Fair en busca de inspiracion, se volco en mi cara como si yo fuera un lienzo.

A las siete y cuarto seguia envuelta en la toalla con los brazos estirados, mientras Candelaria y la vecina se esforzaban por secar a soplidos el barniz de las unas. A las siete y veinte Felix termino de repasarme las cejas con los pulgares. A y veinticinco me coloco Remedios en el pelo la ultima horquilla y, apenas unos segundos despues, llego Jamila corriendo como una loca desde el balcon, anunciando a gritos que mi acompanante acababa de aparecer por la esquina de la calle.

–Y ahora, ya solo faltan un par de cosillas -anuncio entonces mi socia.

–Todo esta perfecto, Candelaria: no hay tiempo para mas -dije avanzando medio desnuda en busca del traje.

–Ni hablar -advirtio a mi espalda.

–Que no me puedo parar, Candelaria, de verdad… -insisti nerviosa.

–Calla y mira he dicho -ordeno agarrandome por un brazo en medio del pasillo. Me tendio entonces un paquete plano envuelto en papel arrugado.

Lo abri con prisa: supe que no podia seguir negandome porque tenia todas las de perder.

–?Dios mio, Candelaria, no me lo puedo creer! – dije desdoblando unas medias de seda-. ?Como las ha conseguido, si me habia dicho que no se encuentra un par desde hace meses?

–Callate ya de una vez y abre este ahora -dijo frenando mi agradecimiento y entregandome otro paquete.

Bajo el burdo papel del envoltorio encontre un hermoso objeto de concha brillante con un borde dorado.

–Es una polvera -aclaro con orgullo-. Para que te empolves la nariz bien empolvada, a ver si vas a ser tu menos que las senoronas importantes con las que te vas a codear.

–Es preciosa -susurre acariciando su superficie. La abri entonces: en su interior contenia una pastilla de polvos compactos, un pequeno espejo y una borla blanca de algodon-. Muchas gracias, Candelaria. No tendria que haberse molestado, bastante ha hecho ya por mi…

No pude hablar mas por dos razones: porque estaba a punto de echarme a llorar y porque en ese mismo instante, llamaron a la puerta. El timbrazo me hizo reaccionar, no habia tiempo para sentimentalismos.

–Jamila, abre volando -ordene-. Felix, traeme la combinacion de encima de la cama; Candelaria, ayudeme con las medias, a ver si con las prisas voy a hacerme una carrera. Remedios, coja usted los zapatos; Angelita, corra la cortina del pasillo. Vamos, al taller todos, que no se nos oiga.

Con la seda cruda me cosi finalmente un dos piezas de grandes solapas, con cintura cenida y falda evase. Ante la carencia de joyas, por todo complemento llevaba junto al hombro una flor de tela color tabaco, a juego con los zapatos con tacon de vertigo que me habia forrado un zapatero de la moreria. Remedios habia logrado convertir mi melena en un elegante mono destensado que enmarcaba con gracia el espontaneo trabajo de Felix como maquillador. A pesar de su inexperiencia, el resultado fue esplendido: me lleno de alegria los ojos y de carnosidad los labios, arranco luz de mi cara cansada.

Me vistieron entre todos, me calzaron, retocaron el peinado y el rouge. No tuve tiempo para mirarme siquiera en el espejo; apenas supe que estaba lista, sali al pasillo y lo recorri apresurada sosteniendome sobre las puntas de los zapatos. Al llegar a la entrada frene y, simulando un ritmo sosegado, entre al salon. Marcus Logan estaba de espaldas, contemplando la calle tras uno de los balcones. Se giro al oir mis pasos sobre las baldosas.

Habian pasado nueve dias desde nuestro ultimo encuentro y a lo largo de ellos debieron de ir quedando desmenuzados los despojos de los achaques con los que el periodista llego. Me esperaba con la mano izquierda en el bolsillo de un traje oscuro, ya no habia cabestrillo. En su rostro apenas quedaban ya mas que unas cuantas senales de lo que tiempo atras fueron heridas sangrantes, y su piel habia absorbido el sol de Marruecos hasta adquirir un color tostado que contrastaba fuertemente con el blanco impoluto de la camisa. Se mantenia erguido sin aparente esfuerzo, los hombros firmes, la espalda recta. Sonrio al verme, no le costo trabajo aquella vez estirar los labios hacia ambos lados de la cara.

–El cunadisimo no va a querer volver a Burgos despues de verla esta noche -fue su saludo.

Intente replicar con alguna frase igualmente ingeniosa, pero me distrajo una voz a mi espalda.

–Menudo bombon, nena -sentencio Felix con un ronco susurro desde su escondite en la entrada.

Disimule la risa.

–?Nos vamos? – dije tan solo.

Tampoco tuvo el opcion a contestar: en el mismo momento en que iba a hacerlo, una presencia arrolladura invadio el espacio.

–Un momentillo, don Marcos -requirio la matutera alzando la mano como si pidiera audiencia-. Un consejito nada mas quiero darle antes de que se vayan, si usted me lo permite.

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